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martes, 18 de junio de 2013

La voluntad

El problema del Ser y del destino

León Denis

LAS POTENCIAS DEL ALMA


Hay en toda alma humana dos centros o, mejor, dos esferas de acción y expresión. Una de ellas, circunscrita a la otra, manifiesta la personalidad, el "yo", con sus pasiones, sus debilidades, su morbilidad, su insuficiencia.

Mientras ella sea la reguladora de nuestro proceder, tendremos la vida inferior sembrada de pruebas y males. La otra, interna, profunda, inmutable, es, al mismo tiempo, la sede de la conciencia, la fuente de la vida espiritual el templo de Dios en nosotros. Y solo cuando este centro de acción domina al otro, cuando sus impulsos nos dirigen, es que se revelan nuestras potencias ocultas y que el Espíritu se afirma en su brillo y belleza. Es por él que estamos en comunión con "el Padre que habita en nosotros", según las palabras de Cristo, con el Padre que es el foco de todo el amor, el principio de todas las acciones.
Por uno, nos perpetuamos en mundos materiales, donde todo es inferioridad, incertidumbre y dolor; por el otro, tenemos entrada en los mundos celestes, donde todo es paz, serenidad, grandeza. Es solo por la manifestación creciente del Espíritu divino en nosotros que llegamos a vencer al "yo" egoísta, a asociarnos plenamente a la obra universal y eterna, a crear una vida feliz y perfecta.
¿Por que medio pondremos en movimiento las potencias internas y las orientaremos hacia un ideal elevado? Por la voluntad. El uso persistente, tenaz, de esta facultad soberana nos permitirá modificar nuestra naturaleza, vencer todos los obstáculos, dominar a la materia, a la enfermedad y a la muerte.
Es por la voluntad que dirigimos nuestros pensamientos hacia un fin determinado. En la mayor parte de los hombres los pensamientos fluctúan sin cesar. Su morbilidad constante y su variedad infinita pequeño acceso ofrecen a las influencias superiores. Es preciso saber concentrarse, poner el pensamiento acorde con el pensamiento divino. Entonces el alma humana es fecundada por el Espíritu divino, que la envuelve y penetra, tornándola apta para realizar nobles tareas, preparándola para la vida del Espacio, cuyos esplendores ella, débilmente, comienza a entrever desde este mundo. Los Espíritus elevados ven y oyen sus pensamientos unos de otros, con los cuales son armonías penetrantes, mientras que los nuestros son, la mayoría de las veces, solo discordancias y confusión. Aprendamos, pues, a servirnos de nuestra voluntad y por ella, a unir nuestros pensamientos a todo lo que es grande, a la armonía universal, cuyas vibraciones llenan el espacio y encantan a los mundos.
La voluntad es la mayor de todas las potencias; es, en su acción, comparable al imán. La voluntad de vivir, de desarrollar en nosotros la vida, atraernos nuevos recursos vitales; tal es el secreto de la ley de evolución. La voluntad puede actuar con intensidad sobre el cuerpo fluídico, activarle las vibraciones y de esta manera, adaptarlo para un estado cada vez más elevado de sensaciones, prepararlo para un mayor grado de existencia.
El principio de evolución no está en la materia, está en la voluntad, cuya acción tanto se extiende al orden invisible de las cosas como al orden visible y material. Esta es simplemente la consecuencia de aquella. El principio superior, el motor de la existencia, es la voluntad. La Voluntad Divina es el supremo motor de la Vida Universal.
Lo que importa, antes que nada, es comprender que podemos realizar todo en el dominio psíquico; ninguna fuerza queda estéril, cuando se ejerce de manera constante, con vistas a alcanzar un designio conforme al Derecho y a la Justicia.
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Con la preservación se da lo mismo que con la acción. La voluntad, la confianza y el optimismo son otras tantas fuerzas preservadoras, otros tantos baluartes nuestros opuestos a toda causa de desasosiego, de perturbación, interna y externa. Bastan, a veces, por si solos, para desviar el mal; mientras que el desanimo, el miedo y el mal humor nos desarman y entregan a él sin defensa. El simple hecho de mirar de frente a lo que llamamos el mal, el peligro, el dolor, la resolución con que los enfrentamos, y los vencemos, le disminuyen la importancia y el efecto.
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Si el hombre conociese la extensión de los recursos que en él germinan, tal vez quedase deslumbrado y en vez de juzgarse débil y temer al futuro, comprendería su fuerza, sentiría que él mismo puede crear ese futuro. Cada alma es un foco de vibraciones que la voluntad pone en movimiento. Una sociedad es una agrupación de voluntades que, cuando están unidas, concentradas en un mismo fin, constituyen el centro de fuerzas irresistibles.
Las humanidades son focos más poderosos que todavía vibran a través de la inmensidad.
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¡Querer es poder! El poder de la voluntad es ilimitado. El hombre, consciente de sí mismo, de sus recursos latentes, siente crecer sus fuerzas en la razón de sus esfuerzos. Sabe que todo lo que de bien y de bueno desee, tarde o temprano, se realizará inevitablemente, o en la actualidad o en la serie de sus existencias, cuando su pensamiento se ponga de acuerdo con la ley Divina. Y es en eso que se verifica la palabra celeste: "La Fe mueve montañas."
No es consolador y bello poder decir: Soy una inteligencia y una voluntad libre; me hice a mí mismo, inconscientemente, a través de las edades; edifiqué lentamente mi individualidad y libertad y ahora conozco la grandeza y la fuerza que hay en mí. He de ampararme en ellas; no dejaré que una simple duda las empañe por un instante siquiera y haciendo uso de ellas con el auxilio de Dios y de mis hermanos del Espacio, me elevaré por encima de todas las dificultades; venceré el mal en mí; me despegaré de todo lo que me encadena a las cosas groseras para levantar vuelo hacia los mundos felices.
Veo claramente el camino que se extiende y que tengo que recorrer. Este camino atraviesa una extensión ilimitada y no tiene fin; para guiarme en el Camino Infinito, tengo un guía seguro - la comprensión de las leyes de la vida, progreso y amor que rigen todas las cosas; - aprendí a conocerme, a creer en mi y en Dios. Poseo la llave de toda elevación y en la vida inmensa que tengo ante mí, me conservaré firme, constante en la voluntad de enoblecerme y elevarme, cada vez más; atraeré, con el auxilio de mi inteligencia, que es hija de Dios, todas las riquezas morales y participaré de todas las maravillas del Cosmos. Mi voluntad me llama: "Hacia el frente, siempre hacia el frente, cada vez más conocimiento, más vida, vida divina " Y con ella conquistaré la plenitud de la existencia, construiré para mí una personalidad mejor, más radiosa y amante. Salí para siempre del estado inferior del ser ignorante, inconsciente de su valor y poder; me afirmo en la independencia y la dignidad de mi conciencia y extiendo la mano a todos mis hermanos, diciéndoles: Despertad de vuestro pesado sueño; rasgad el velo material que os envuelve, aprended a conoceros, a conocer las potencias de vuestra alma y a utilizarlas. Todas las voces de la Naturaleza, todas las voces del Espacio os gritan: " Levantaos y marchad. Apresuraos para la conquista de vuestros destinos"
A todos vosotros que os dobláis al peso de la vida, que, juzgandoos solos y débiles, os entregáis a la tristeza, a la desesperación o que aspiráis a la nada, vengo a deciros: "La nada no existe; la muerte es un nuevo nacimiento, un encaminarse para nuevas tareas, nuevos trabajos, nuevas cosechas; la vida es una comunión universal y eterna que une a Dios a todos sus hijos"
A todos vosotros, que os creéis abatidos por los sufrimientos y decepciones, pobres seres afligidos, corazones que el viento áspero de las pruebas secó; Espíritus quebrados, dilacerados por la rueda de hierro de la adversidad, vengo a deciros: "No hay alma que no pueda renacer, haciendo brotar nuevos florecimientos. Os basta querer para sentir el despertar en vosotros de fuerzas desconocidas. Creed en vosotros, en vuestro rejuvenecimiento en nuevas vidas; creed en vuestros destinos inmortales. Creed en Dios, Sol de Soles, foco inmenso, del cual brilla en vosotros una centella, que se puede convertir en llama ardiente y generosa.

"Sabed que todo hombre puede ser bueno y feliz; para serlo basta que lo quiera con energía y constancia. La concepción mental del ser, elaborada en la oscuridad de las existencias dolorosas, preparada por la demorada evolución de las edades, se expandirá a la luz de las vidas superiores y todos conquistarán la magnífica individualidad que les está reservada.

"Dirigid incesantemente vuestro pensamiento hacia esta verdad: - que podéis venir a ser lo que quisiereis. Y sabed querer ser cada vez mayores y mejores. Tal es la noción del progreso eterno y el medio de realizarlo; tal es el secreto de la fuerza mental, de la cual emanan todas las fuerzas magnéticas y físicas. Cuando hubiereis conquistado este dominio sobre vosotros mismos, no tendréis más que temer los retrasos ni las caídas, ni las enfermedades, ni la muerte; habréis hecho de vuestro "yo" inferior y frágil una elevada y poderosa individualidad"

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

martes, 28 de mayo de 2013

La disciplina del pensamiento y la reforma del carácter

El problema del Ser y del destino

León Denis

CAPITULO XXIV

El pensamiento, decíamos, es creador. No actúa solo alrededor de nosotros, influenciando a nuestros semejantes hacia el bien o hacia el mal; actúa principalmente en nosotros; genera nuestras palabras, nuestras acciones y con él, construimos, día a día, el edificio grandioso o miserable de nuestra vida presente y futura.

Modelamos nuestra alma y su envoltorio con nuestros pensamientos; estos producen formas, imágenes que se imprimen en la materia sutil, de la que el cuerpo fluídico está compuesto. Así, poco a poco, nuestro ser se puebla de formas frívolas o austeras, graciosas o terribles, groseras o sublimes; el alma se ennoblece, embellece o crea una atmósfera de fealdad. Según el ideal que visa, a llama interior se aviva u oscurece.
No hay asunto más importante que el estudio del pensamiento, sus poderes y acción. Es la causa inicial de nuestra elevación o de nuestro rebajamiento; prepara todos los descubrimientos de la Ciencia, todas las maravillas del Arte, y también todas las miserias y todas las vergüenzas de la Humanidad. Según el impulso dado, funda o destruye las instituciones como los imperios, los caracteres como las conciencias. El hombre sólo es grande, sólo tiene valor por su pensamiento; por él sus obras irradian y se perpetúan a través de los siglos.
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Las vibraciones de nuestros pensamientos, de nuestras palabras, renovándose en sentido uniforme, expulsan de nuestro envoltorio los elementos que no pueden vibrar en armonía con ellas; atraen elementos similares que acentúan las tendencias del ser. Una obra, muchas veces inconsciente, se elabora; mil obreros misteriosos trabajan en la sombra; en las profundidades del alma se esboza un destino entero; en su ganga el diamante se purifica o pierde el brillo.
Si meditáramos en asuntos elevados, en la sabiduría, en el deber, en el sacrificio, nuestro ser se impregna, poco a poco, de las cualidades de nuestro pensamiento. Es por eso que la oración improvisada, ardiente, el impulso del alma hacia las potencias infinitas, tiene tanta virtud. En ese diálogo solemne del ser con su causa, el influjo de lo Alto nos invade y despierta sentidos nuevos. La comprensión, la conciencia de la vida aumenta y sentimos, mejor de lo que se puede expresar, la gravedad y la grandeza de la más humilde de las existencias. La oración, la comunión por el pensamiento con el universo espiritual y divino es el esfuerzo del alma hacia la Belleza y hacia la Verdad eternas; es la entrada, por un instante, en las esferas de la vida real y superior, aquella que no tiene fin.
Si, al contrario, nuestro pensamiento es inspirado por malos deseos, por la pasión, por los celos, por el odio, las imágenes que crea se realizan, se acumulan en nuestro cuerpo fluídico y lo oscurecen. Así, podemos a voluntad hacer en nosotros la luz o la sombra. Es lo que afirman tantas comunicaciones del Más Allá. Somos lo que pensamos, con la condición de pensarlo con fuerza, voluntad y persistencia. Pero casi siempre, nuestros pensamientos pasan constantemente de uno a otro asunto. Pensamos raras veces por nosotros mismos, reflexionamos los mil pensamientos incoherentes del medio en que vivimos. Pocos hombres saben vivir del propio pensamiento, beber en las fuentes profundas, en ese gran reserva de inspiración que cada uno trae consigo, pero que la mayor parte ignora. Por eso crean un envoltorio poblado de las más disparatadas formas. Su Espíritu es como una habitación libre a todos los que pasan. Los rayos del bien y las sombras del mal allá se confunden, en un caos perpetuo. Es el combate incesante de la pasión y del deber en que, casi siempre, la pasión sale victoriosa. Antes que nada, es preciso aprender a fiscalizar los pensamientos, a disciplinarlos, a imprimirles una dirección determinada, un fin noble y digno.
La fiscalización de los pensamientos implica la fiscalización de los actos, porque, si unos son buenos, los otros lo serán igualmente, y todo nuestro procedimiento estará regulado por una concatenación armónica. Mientras que, si nuestros actos son buenos y nuestros pensamientos malos, apenas habrá una falsa apariencia del bien y continuaremos atrayendo a nosotros un foco malo, cuyas influencias, tarde o temprano, se volcarán fatalmente sobre nuestra vida.
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El estudio silencioso y recogido es siempre fecundo para el desarrollo del pensamiento. Es en el silencio que se elaboran las obras fuertes. La palabra es brillante, pero degenera demásiadas veces en conversaciones estériles, a veces maléficas; con eso, el pensamiento se debilita y el alma vacía. Mientras que en la meditación el Espíritu se concentra, se vuelve hacia el lado grave y solemne de las cosas; la luz del mundo espiritual lo baña con sus ondas.
Hay alrededor del pensador grandes seres invisibles que sólo quieren inspirarlo; es a la media luz de las horas tranquilas o sino a la claridad discreta de la lampara de trabajo que mejor pueden entrar en comunión con él. En todas partes y siempre una vida oculta se mezcla con la nuestra.
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Dijimos que el alma oculta profundidades donde el pensamiento rara vez baja, porque mil objetos externos lo ocupan incesantemente. Su superficie, como la del mar, es muchas veces agitada; pero por debajo, se extienden regiones inaccesibles a las tempestades. Ahí duermen las potencias ocultas, que esperan nuestro llamado para emerger y aparecer. El llamado raras veces se hace oír y el hombre se agita en su indigencia, ignorante de los tesoros inapreciables que en él reposan.
Es necesario el choque de las pruebas, las horas tristes y desoladas para hacerle comprender la fragilidad de las cosas externas y encaminarlo hacia el estudio de sí mismo, hacia el descubrimiento de sus verdaderas riquezas espirituales.
Es por eso que las grandes almas se ennoblecen y embellecen más cuanto más vivos son sus dolores. A cada nueva desgracia que las hiere tienen la sensación de haberse aproximado un poco más a la verdad y a la perfección y a este pensamiento, experimenta como una voluptuosidad amarga. Se levantó una nueva estrella en el cielo de su destino, estrella cuyos rayos trémulos penetran en el santuario de su conciencia y le iluminan lo más recóndito. En las inteligencias de cultura elevada hace vivero la desgracia: cada dolor es un surco donde se levanta un sembradío de virtud y de belleza.
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No hay progreso posible sin observación atenta de nosotros mismos. Es necesario vigilar todos nuestros actos impulsivos para llegar a saber en que sentido debemos dirigir nuestros esfuerzos para perfeccionarnos. Primero, regular la vida física, reducir las exigencias materiales a lo necesario, a fin de garantir la salud del cuerpo, instrumento indispensable para el desempeño de nuestro papel terrestre. Después de disciplinar las impresiones, las emociones, ejercitándonos en dominarlas, en utilizarlas como agentes de nuestro perfeccionamiento moral; aprender principalmente a olvidar, a hacer el sacrificio del "yo", a desprendernos de todo sentimiento de egoísmo.
La verdadera felicidad en este mundo está en la proporción del olvido propio. No basta creer y saber, es necesario vivir nuestra creencia, o sea, hacer entrar en la práctica diaria de la vida los principios superiores que adoptamos; es necesario habituarnos a comulgar por el pensamiento y por el corazón con los Espíritus eminentes que fueron los reveladores, con todas las almas elite que sirvieron de guías a la Humanidad, vivir con ellas en una intimidad cotidiana, inspirarnos en sus vistas y sentir su influencia por la percepción íntima que nuestras relaciones con el mundo invisible desarrolla.
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Concentremos pues, muchas veces, nuestros pensamientos, para dirigirlos por la voluntad en dirección al ideal soñado. Meditemos en él todos los días, a la hora cierta, de preferencia por la mañana, cuando todo está sosegado y reposa aun a nuestro alrededor, en ese momento al que el poeta llama "la hora divina", cuando la Naturaleza, fresca y descansada, despierta para las claridades del día.
En las horas matinales, el alma, por la oración y por la meditación, se eleva con más fácil impulso hasta las alturas de donde se ve y comprende que todo - la vida, los actos, los pensamientos - está unido a alguna cosa grande y eterna y que habitamos un mundo en que potencias invisibles viven y trabajan con nosotros. En la vida más simple, en la tarea más modesta, en la existencia más apagada, se muestran, entonces, voces profundas, una reserva de ideal, fuentes posibles de belleza. Cada alma puede crear con sus pensamientos una atmósfera espiritual tan bella, tan resplandeciente, como en los paisajes más encantadores; y en la morada más mezquina, en el más miserable tugurio, hay grietas para Dios y para el Infinito.


Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

Revelación por el dolor

El Problema del Ser y del destino

León Denis

Capitulo XXVI

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Si el Universo no es más que un campo cerrado, únicamente accesible a las fuerzas caprichosas y ciegas de la Naturaleza, una odiosa fatalidad que nos tritura; si no hay en él ni conciencia, ni justicia, ni bondad, entonces el dolor no tiene sentido, no tiene utilidad, no admite consuelo; sólo resta imponer silencio a nuestro corazón despedazado, porque sería pueril y vano importunar a los hombres y al Cielo con nuestros lamentos.

Para todos aquellos cuya vida es limitada por los estrechos horizontes del materialismo, el problema del dolor es insoluble; no hay esperanza para aquel que sufre.
No es verdaderamente cosa extraña la impotencia de tantos sabios, filósofos, pensadores, desde hace millares de años, para explicar y consolar el dolor, para hacernos aceptarlo cuando es inevitable. Unos lo negaron, lo que es pueril; otros aconsejaran el olvido, la distracción, lo que es vano, lo que es cobarde, cuando se trata de la pérdida de los que amamos. En general, nos han enseñado a temerlo, a recelar y a detestarlo. Bien pocos lo han comprendido, bien pocos lo han explicado.
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Juzgáis sufrir solos, pero no es así. Junto a vosotros, a vuestro alrededor y hasta en la extensión sin límites, hay seres que vibran con vuestro sufrir y participan de vuestro dolor. No lo tornéis demásiado vivo, por amor a ellos. Al dolor, a la tristeza humana, Dios dio por compañera a la simpatía celeste, y esa simpatía toma muchas veces la forma de un ser amado que, en los días de pruebas baja lleno de solicitud y recoge cada una de nuestros dolores para con ellos tejernos una corona de luz en el Espacio.
Cuantos esposos, novios, amantes, separados por la muerte, viven en nueva unión más estrecha e infinita. En las horas de aflicción, el Espíritu de un padre, de una madre, todos los amigos del Cielo se inclinan a nosotros y nos bañan la frente con sus fluidos suaves y afectuosos; nos envuelven los corazones en tibias palpitaciones de amor.
Cómo entregarnos al mal o a la desesperación, en presencia de tales testigos, ciertos de que ellos ven nuestras inquietudes, leen nuestros pensamientos, nos esperan y se aprontan para recibirnos en los umbrales de la Inmensidad.
AL dejar la Tierra, iremos a encontrarlos a todos y con ellos, todavía un mayor número de Espíritus amigos, que habíamos olvidado durante nuestra estada en la Tierra, la multitud de aquellos que compartieran nuestras vidas pasadas y componen nuestra familia espiritual.
Todos nuestros compañeros del gran viaje eterno se agruparan para acogernos, no como pálidas sombras, vagos fantasmás, animados de una vida indecisa y sí en la plenitud de sus facultades aumentadas, como seres activos, continuando a interesarse por las cosas de la Tierra, tomando parte en la obra universal, cooperando en nuestros esfuerzos, en nuestros trabajos, en nuestros proyectos.
Los lazos del pasado se reataran con mayor fuerza. El amor, la amistad, la paternidad, en otro tiempo esbozado en múltiples existencias, se cimentaran con los compromisos nuevos tomados, en vista del futuro, a fin de aumentar incesantemente y de elevar a la suprema potencia los sentimientos que nos unen a todos. Y las tristezas de las separaciones pasajeras, el alejamiento aparente de las almas, causado por la muerte, se fundirán en efusiones de felicidad en el éxtasis de los regresos y de las reuniones inefables.
No deis, ningún crédito a las sombrías doctrinas que os hablan de leyes inflexibles o sino de condenación, de infierno y paraíso, alejando unos de otros y para siempre de aquellos que se amaran. No hay abismo que el amor no pueda llenar. Dios, que es todo amor, no podía condenar a la extinción el sentimiento más bello, el más noble de todos los que vibran en el corazón del hombre. El amor es inmortal como la propia alma.
En las horas de sufrimiento, de angustia, de desaliento, concentras y por invocación ardiente, atraed a vosotros los seres que fueron, como nosotros, hombres y que son ahora Espíritus celestes y fuerzas desconocidas penetraran en vosotros y os ayudarán a soportar vuestras miserias y males.
Hombres, pobres viajeros que recorréis penosamente la subida dolorosa de la existencia, sabed que por todas partes en nuestro camino seres invisibles, poderosos buenos, caminan a nuestro lado. En los pasajes difíciles sus fluidos amparadores sustentan nuestra marcha vacilante. Abridles vuestras almas, poned vuestros pensamientos de acuerdo con los suyos y luego sentiréis la alegría de su presencia; una atmósfera de paz y bendición os envolverá; suaves consuelos bajaran para vosotros.
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En medio de las pruebas, las verdades que acabamos de recordar no nos dispensan de las emociones y de las lágrimas; seria contra la Naturaleza. Os enseñaran por lo menos a no murmurar, a no quedar abatidos bajos el peso del dolor, alejan de nosotros los funestos pensamientos de rebeldía, de desesperación o de suicidio que muchas veces pululan en el cerebro de los nihilistas. Si continuamos llorando, es sin amargura y sin blasfemia.
Aun cuando se trata del suicidio de jóvenes arrebatados por el ardor de sus pasiones, ante el dolor inmenso de una madre, el nuevo Espiritualismo no queda impotente, derrama también la esperanza en los corazones angustiados, proporcionándoles, por la oración y por el pensamiento ardiente, la posibilidad de aliviar esas almas, que flotan o quedan agarradas por sus fluidos groseros en las tinieblas espirituales, entre la Tierra y el Espacio, a los medios donde vivieran; les atenúa la aflicción, diciéndoles que nada hay de irreparable, nada definitivo en el mal. Toda evolución contrariada retoma su curso cuando el culpable pagó su deuda a la justicia.
Por todas partes y en toda esa doctrina nos ofrece una base, un punto de apoyo, donde el alma puede levantar vuelo hacia el futuro y consolarse de las cosas presentes con la perspectiva de las futuras. La confianza y la fe en nuestros destinos proyectan a nuestro frente una luz que ilumina el sendero de la vida, nos fija el deber, ensancha nuestra esfera de acción y nos enseña como debemos proceder con los otros. Sentimos que hay en el Universo una fuerza, un poder, una sabiduría incomparables y sentimos también que nosotros mismos formamos parte de esa fuerza de ese poder del que descendemos.
Comprendemos que el proyecto de Dios para nosotros, su plan, su obra, su objetivo, todo tiene principio y origen en su amor. En todas las cosas Dios quiere nuestro bien y para alcanzarlo sigue caminos, ora claros, ora misteriosos, constantemente apropiados a nuestras necesidades. Si nos separa de aquellos que amamos, es para hacernos encontrar más vivas las alegrías del regreso. Si deja que pasemos por decepciones, abandonos, enfermedades, reveses, es para obligarnos a despegar la vista de la Tierra y elevarla hacia Él, a buscar alegrías superiores a aquellas que podemos probar en este mundo.
El Universo es Justicia, es Amor. En la espiral infinita de las ascensiones, la suma de los sufrimientos, divina alquimia, se convierte, allá en cumbre, en ondas de luz y torrentes de felicidad. ¿No habéis notado en el fondo de ciertos dolores un amargor particular tan característico que no es posible dejar de reconocer una intervención benéfica? Algunas veces el alma herida ve brillar una claridad desconocida, es más viva cuanto mayor es el desastre. Con un sólo golpe del dolor se levanta a tales alturas donde serian necesarios veinte años de estudios y esfuerzos para llegar.
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Hombre, hermano mío, aprende a sufrir, porque el dolor es santo. El es el más noble agente de la perfección. Penetrante y fecundo, es indispensable a la vida de todo aquel que no quiere quedar petrificado en el egoísmo y en la indiferencia. Es una verdad filosófica que Dios envía el sufrimiento a aquellos a quienes ama: "Yo soy esclavo, mutilado, decía Epicteto, otro Irus en pobreza y miseria y todavía amado de los dioses."
Aprende a sufrir. No te diré: busca el dolor. Pero cuando él se yergue inevitable en tu camino, acógelo como a un amigo. Aprende a conocerlo, a apreciar su belleza austera, a entender sus secretas enseñanzas. Estudia su obra oculta. En vez de revelarte contra él, o en vez, de quedar postrado, inerte y débil ante su acción, asocia tu voluntad, tu pensamiento al blanco que él visa, trata de sacar de ella, en su paso por tu vida, todo el provecho que él puede ofrecer al espíritu y el corazón.
Esfuérzate por ser a tu turno un ejemplo para los otros; por tu actitud ante el dolor, por el modo voluntario y corajudo con que lo aceptes, por tu confianza en el futuro, hazlo más aceptable a los ojos de los otros.
En una palabra, haz al dolor más bello. La armonía y la Belleza son leyes universales y en ese conjunto, el Dolor tiene su papel estético. Seria pueril rabiarnos contra este elemento necesario a la belleza del mundo. Exaltémoslo antes, con visión y esperanzas más elevadas. Veamos en él el remedio para todos los vicios, para todas las decadencias, para todas las caídas.
Vosotros que os dobláis bajo el peso del fardo de vuestras pruebas o que lloráis en silencio, acontezca lo que acontezca, nunca os desesperéis. Recordaos de que nada sucede de balde, ni sin causa; casi todas nuestros dolores vienen de nosotros mismos, de nuestro pasado y nos abren los caminos del Cielo. El sufrimiento es un iniciador; nos revela el sentido grave, el lado serio e imponente de la vida. Esta no es una comedia frívola, es una tragedia conmovedora; es la lucha para la conquista de la vida espiritual y en esa lucha, lo mayor que hay es la resignación, la paciencia, la firmeza, el heroísmo. En el fondo, las leyendas alegóricas de Prometeo, de los Argonautas, dos Nibelungos, los misterios sagrados del Oriente no tienen otro sentido.
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Vivimos en tiempos de crisis. Para que las inteligencias se abran a las nuevas verdades, para que los corazones hablen, serán necesarios avisos ruidosos; serán precisas las duras lecciones de la adversidad.
Conoceremos días sombríos y períodos difíciles. La desgracia aproximará a los hombres sólo el dolor les hará verdaderamente sentir que son hermanos.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

martes, 21 de mayo de 2013

¿Es necesario el dolor?

El Problema del Ser y del destino

León Denis

Tercera Parte: LAS POTENCIAS DEL ALMA

XXVI: EL DOLOR

..."A las almas débiles, la enfermedad enseña la paciencia, la sabiduría, el gobierno de sí mismas. A las almas fuertes puede ofrecerles compensaciones de ideal, dejando al Espíritu el libre vuelo de sus aspiraciones hasta el punto de olvidar los sufrimientos físicos.

La acción del dolor no es menos eficaz para las colectividades que para los individuos. ¿No fue gracias a él que se constituyeran los primeros grupos humanos? ¿No fue la amenaza de las fieras, del hambre, de los flagelos que obligó al individuo a buscar a su semejante para asociársele? Fue de la vida común, de los sufrimientos comunes, de la inteligencia y labor comunes que salió toda la Civilización, con su arte, ciencia e industrias!
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El sufrimiento, por su acción química, tiene siempre un resultado útil, y ese resultado varía infinitamente según los individuos y su estado de adelantamiento. Perfeccionando nuestro envoltorio material, se da más fuerza al ser interior, más facilidad para desapegarse de las cosas terrenas. En otros, más adelantados en su grado de evolución, actuará en el sentido moral. El dolor es como un ala dada al alma esclavizada por la carne para ayudarla a desprenderse y a elevarse más alto.
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El primer movimiento del hombre infeliz es revelarse ante los golpes de la suerte. Más tarde, sin embargo, después de que el Espíritu haya subido la ladera y cuando contempla el escabroso camino recorrido, el desfiladero movedizo de sus existencias, es con un enternecimiento alegre que se recuerda de las pruebas, de las tribulaciones con cuyo auxilio pudo alcanzar la cima.
Si en las horas de prueba, supiésemos observar el trabajo interno, la acción misteriosa del dolor en nosotros, en nuestro "yo", en nuestra conciencia, comprenderíamos mejor su obra sublime de educación y perfeccionamiento. Veríamos que él hiere siempre la cuerda sensible. La mano que dirige el cincel es la de un artista incomparable, no se cansa de trabajar, mientras no haya redondeado, pulido, desbastado las aristas de nuestro carácter. Para eso volverá tantas veces a la carga cuantas sea necesario. Y bajo la acción de los martillazos repetidos, forzosamente la arrogancia y la excesiva personalidad han de caer en este individuo; la apatía, la pereza y la indiferencia desaparecerán en otro; la dureza, el cólera y el furor, en un tercero. Para todos tendrá procesos diferentes, infinitamente variados según los individuos, pero en todos actuará con eficacia, de modo a provocar o desarrollar la sensibilidad, la delicadeza, la bondad, la ternura, a hacer salir de las dilaceraciones y de las lágrimas alguna cualidad desconocida que dormía silenciosa en el fondo del ser o sino una nobleza nueva, adorno del alma, para siempre adquirida.
El alma cuanto más sube, crece, se hace más bella, se espiritualiza y el dolor se vuelve sutil. Los malos precisan de numerosas operaciones como los árboles de muchas flores para producir algunos frutos. Sin embargo, cuanto más el ser humano se perfecciona, más admirables se tornan en él los frutos del dolor. Las almas gastadas, mal desbastadas, le tocan los sufrimientos físicos, los dolores violentos; a las egoístas, a las avarientas les han de caber las perdidas de fortuna, las negras inquietudes, los tormentos del espíritu. Después, a los seres delicados, a las madres, a las hijas, a las esposas, las torturas ocultas, las heridas del corazón. A los nobles pensadores, a los inspiradores, el dolor sutil y profundo que hace brotar el grito sublime, el relámpago del genio.
Así, detrás del dolor, hay alguien invisible que dirige su acción y la regula según las necesidades de cada uno, con un arte, una sabiduría infinita, trabajando por aumentar nuestra belleza interior nunca acabada, siempre continuada, de luz en luz, de virtud en virtud, hasta que nos hayamos convertido en Espíritus celestes.
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A todos aquellos que preguntan: ¿Para que sirve el dolor? respondo: Para pulir la piedra, esculpir el mármol, fundir el vidrio, martillar el hierro. Sirve para edificar y ornar el templo magnífico, lleno de rayos, de vibraciones, de himnos, de perfumes, donde se combinan todas las artes para expresar lo divino, preparar la apoteosis del pensamiento consciente, celebrar la liberación del Espíritu.
Y ver cual es el resultado obtenido. Con lo que en nosotros eran elementos dispersos, materiales informes y a veces hasta en el vicioso y decrépito, ruinas y destrozos, el dolor levantó, construyó en el corazón del hombre un altar espléndido a la Belleza Moral, a la Verdad Eterna.
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Por mucho tiempo todavía la Humanidad terrestre, ignorante de las leyes superiores, inconsciente del futuro y del deber, precisará del dolor para estimularla en su camino, para transformar lo que en ella predomina, los instintos primitivos y groseros, en sentimientos puros y generosos. Por mucho tiempo el hombre tendrá el que pasar por la iniciación amarga para llegar al conocimiento de sí mismo y del blanco al que debe mirar. Actualmente él sólo piensa en aplicar sus facultades y energías en combatir el sufrimiento en el plano físico, a aumentar el bienestar y la riqueza, en volver más agradables las condiciones de la vida material; pero será en vano. Los sufrimientos podrán variar, desviarse, mudar de aspecto; el dolor persistirá, mientras el egoísmo y el interés rijan las sociedades terrestres, mientras el pensamiento se desvíe de las cosas profundas, mientras la flor del alma no haya florecido.
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El mal moral existe en el alma solamente en sus disonancias con la armonía divina. A medida que ella sube hacia una claridad más viva, hacia una verdad más amplia, hacia una sabiduría más perfecta, las causas del sufrimiento se van atenuando, al mismo tiempo que se disipan las ambiciones vanas, los deseos materiales. Y de estancia en estancia, de vida en vida, ella entra en la gran luz y en la gran paz donde el mal es desconocido y donde sólo reina el bien.
...
Muchas veces he oído decir a ciertas personas, cuya existencia no fue generosa y erizada de pruebas: Yo no querría renacer en una vida nueva; no quiero volver a la Tierra. Cuando se sufrió mucho, cuando se fue violentamente sacudido por las tempestades del mundo, es muy legítima la aspiración al descanso. Comprendo que un alma abatida recule ante el pensamiento de volver a comenzar esta batalla de la vida en que recibió heridas que aun sangran. Pero la ley es inexorable. Para subir un poco en la jerarquía de los mundos, es preciso haber dejado en este el embarazoso bagaje de los gustos y de los apetitos que nos prenden a la Tierra. Estos lazos muchas veces los llevamos con nosotros para el Más Allá; y son ellos los que nos retienen en las bajas regiones. A veces nos juzgamos capaces y dignos de llegar a las grandes altitudes y sin saberlo, mil cadenas nos mantienen todavía en este planeta inferior. No comprendemos el amor en su esencia sublime, ni el sacrificio como es practicado en las Humanidades purificadas, en que nadie vive para sí o para algunos, y sí para todos. Ahora, sólo los que están preparados para tal vida pueden poseerla. Para nosotros volvernos dignos de ella, será preciso descender de nuevo al crisol, a la hornalla, donde se fundirán como cera las durezas de nuestro corazón. Y cuando hayan sido rechazadas y eliminadas las escorias de nuestra alma, cuando nuestra esencia este libre de aleaciones, entonces Dios nos llamará para una vida más elevada y para una tarea más bella.
Antes que nada es preciso aquilatar en su justo valor las responsabilidades y las tristezas de este mundo. Para nosotros son cosas muy crueles; pero como todo esto se deprecia y borra, si es observado de lejos, si el Espíritu, elevándose por encima de las menudencias de la existencia, abarca con una sola mirada las perspectivas de su destino. Sólo este sabe pesar y medir las cosas que existen en los dos océanos del Espacio y del Tiempo - la inmensidad y la eternidad, océanos que el pensamiento sonda sin perturbarse.

Oh! Vosotros que os quejáis amargamente de las decepciones, de las pequeñas miserias, de las tribulaciones de las que está sembrada toda la existencia y que os sentís invadidos por el cansancio y por el desanimo: si queréis nuevamente encontrar la resolución y el coraje perdidos, si queréis aprender a afrontar alegremente la adversidad, a soportar resignados la suerte que os toca, lanzad una mirada atenta alrededor de vosotros.
Considerad los dolores tantas veces ignorados de los pequeños, de los desheredados, los sufrimientos de millares de seres que son hombres como vosotros; considerad estas aflicciones sin cuenta; ciegos privados del rayo que guía y conforta, paralíticos impotentes, cuerpos que la existencia torció, quebró y que padecen de males hereditarios. Los que carecen de lo necesario, sobre quien sopla, glacial, el invierno.  

Pensad en todas esas vidas tristes, oscuras, miserables; comparad vuestros males muchas veces imaginarios con las torturas de vuestros hermanos de dolor y os juzgareis menos infelices, ganareis paciencia y coraje y de vuestro corazón bajará sobre todos los peregrinos de la vida, que se arrastran quebrados en el camino árido, el sentimiento de una piedad sin limites y de un inmenso amor.


Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

miércoles, 17 de abril de 2013

EL DOLOR - II

XXVI. – El Dolor

Todo lo que vive en este mundo, naturaleza, animal, hombre, sufre y aun así, el amor es la ley del Universo y por amor fue que Dios formó a los seres. Contradicción aparentemente horrible, problema angustioso, que perturbóa tantos pensadores y los llevó a la duda y al pesimismo.
En cuanto a la Humanidad, su historia no es más que un largo martirologio. A través de los tiempos, a travésde los siglos, rueda la triste melopea de los sufrimientos humanos; el lamento de los desgraciados sube con una intensidad dilacerante, que tiene la regularidad de una ola.
El dolor sigue todos nuestros pasos; nos acecha en todas las vueltas del camino. Y, ante esta esfinge que lo observa con su extraña mirada, el hombre hace la eterna pregunta: ¿Por que existe el dolor? Es, en lo que le concierne, ¿un castigo, una expiación, como dicen algunos? ¿Es la reparación del pasado, el pago de las faltas cometidas?
Fundamentalmente considerado, el dolor es una ley de equilibrio y educación. Sin duda, las fallas del pasado recaen sobre nosotros con todo su peso y determinan las condiciones de nuestro destino. El sufrimiento no es, muchas veces, más que la repercusión de las violaciones del orden eterno cometidas; y siendo compartidas por todos, debe ser considerado como una necesidad de orden general, como agente de desarrollo, condición de progreso. Todos los seres tienen que, a su vez, pasar por él. Su acción es benéfica para quien sabe comprenderlo; pero solo pueden comprenderlo aquellos que sintieran sus poderosos efectos. 
*
El dolor y el placer son las dos formas externas de la sensación. Para suprimir una u otra seria preciso suprimir la sensibilidad. Son, pues, inseparables en principio y ambos necesarios para la educación del ser, que, en su evolución, debe experimentar todas las formas ilimitadas, tanto del placer como del dolor.
El dolor físico produce sensaciones; el sufrimiento moral produce sentimientos. Pero como ya vimos , en el sensorio íntimo, sensación y sentimiento se confunden y son una sola y misma cosa. El placer y el dolor están mucho menos en las cosas externas que en nosotros mismos; incumbe, pues, a cada uno de nosotros, regulando sus sensaciones, disciplinando sus sentimientos, dominar unos y otros y limitarles los efectos.
Epicteto decía: "Las cosas son apenas lo que imaginamos que son." Así, por la voluntad podemos domar, vencer el dolor o, por lo menos, hacerlo redundar en nuestro provecho, hacer de él un medio de elevación.
La idea que nos hacemos de la felicidad y de la desgracia, de la alegría y del dolor, varía al infinito según la evolución individual. El alma pura, buena y sabia no puede ser feliz a la manera del alma vulgar. Lo que encanta a una, deja a la otra indiferente. A medida que se sube, el aspecto de las cosas muda. Como la criatura que, creciendo, deja de lado los juguetes que la cautivaran, el alma que se eleva busca satisfacciones cada vez más nobles, graves y profundas. El Espíritu que juzga con superioridad y considera el fin grandioso de la vida encontrará más felicidad, más serena paz en un pensamiento bello, en una buena obra, en un acto de virtud hasta en la desgracia que purifica, que en todos los bienes materiales y en el brillo de las glorias terrestres, porque estas lo perturban, corrompen, embriagan ficticiamente.
Es muy difícil hacer entender a los hombres que el sufrimiento es bueno. Cada cual querría rehacer y embellecer la vida a su voluntad, adornarla con todos los deleites, sin pensar que no hay bien sin dolor, ascensión sin sudores y esfuerzos.
La tendencia general consiste en cerrarnos en el estrecho círculo del individualismo, de cada uno para sí; de esta forma, el hombre se derrumba, se reduce a estrechos limites cuando todo en él es grande, cuando está destinado a desarrollarse, a extenderse, a dilatarse, a abrir vuelo; el pensamiento, la conciencia, en una palabra, toda su alma. Ahora, los goces, los placeres y la ociosidad estéril no hacen más que disminuir esos límites, atrofiar nuestra vida y nuestro corazón. Para quebrar ese circulo, para que todas las virtudes ocultas se expandan a la luz, es necesario el dolor. La desgracia y las pruebas hacen chorrear en nosotros las fuentes de una vida desconocida y más bella. La tristeza y el sufrimiento nos hacen ver, oír, sentir mil cosas, delicadas o fuertes, que el hombre feliz o el hombre vulgar no pueden percibir. Se oscurece el mundo material; se traza otro, vagamente al principio, pero que cada vez se tornará más diferente, a medida que nuestras vistas se desprendan de las cosas inferiores y se sumerjan en lo ilimitado.
...
Suprimid el dolor y suprimiréis, al mismo tiempo, lo que es más digno de admiración en este mundo, o sea, el coraje de sopórtalo. La más noble enseñanza que se puede presentar a los hombres no es la mejoría de aquellos que sufrieran y murieran por la verdad y por la justicia? ¿Hay cosa más augusta, más venerable que sus tumbas? Nada iguala al poder moral que de ahí proviene. Las almas que dieran tales ejemplos se engrandecen ante nuestros ojos con los siglos y parecen, de lejos, más imponentes todavía; son otras tantas fuentes de fuerza y belleza donde van a retemplarse las generaciones. A través del tiempo y del espacio, su irradiación, como la luz de los astros, se extiende sobre la Tierra. Su muerte generó la vida y su recuerdo, como aroma sutil, va a lanzar por todas partes la simiente de los entusiasmos futuros. Y como nos enseñaran esas almas, por la dedicación, por el sufrimiento dignamente soportado que se suben los caminos del Cielo. La historia del mundo no es otra cosa más que la consagración del espíritu por el dolor. Sin él, no puede haber virtud completa, ni gloria Imperecedera. Es necesario sufrir para adquirir y conquistar. Los actos de sacrificio aumentan las radiales psíquicas. Hay como que una estela luminosa que siguen, en el Espacio, los Espíritus de los héroes y de los mártires.
Aquellos que no sufrieron, mal pueden comprender estas cosas, porque en ellos, sólo la superficie del ser esta cultivado y valorado. Hay falta de generosidad en sus corazones, de efusión en sus sentimientos; su pensamiento abarca horizontes estrechos. Son necesarios los infortunios y las angustias para dar al alma su lustre, su belleza moral, para despertar sus sentidos adormecidos. La vida dolorosa es un alambique donde se destilan los
seres para mundos mejores. La forma, como el corazón, se embellece todo por haber sufrido. Hay, ya en esta vida, algo de grave y tierno en los rostros que las lágrimás surcaran muchas veces. Toman una expresión de belleza austera, una especie de majestad que impresiona y seduce.

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El dolor no hiere solo a los culpables. En nuestro mundo, el hombre honrado sufre tanto como el malo, lo que es explicable. En primer lugar, el alma virtuosa es más sensible por ser más adelantado su grado de evolución; después, estima muchas veces y busca el dolor, por conocer él todo su valor.
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Para que una vida sea completa y fecunda, no es necesario que en ella superabunden los grandes actos de sacrificio, ni que la remate una muerte que la consagre a los ojos de todos. Tal existencia, aparentemente apagada y triste, indistinta y desapercibida, es en realidad un esfuerzo continuo, una lucha de todos los instantes contra la desgracia y el sufrimiento. No somos jueces de todo lo que pasa en lo recóndito de las almas; muchas, por pudor, esconden llagas dolorosas, males crueles, que las volverían tan interesantes a nuestros ojos como los mártires más célebres. Las hace también grandes y heróicas, a esas almas, el combate ininterrumpido que pelean contra el destino. Sus triunfos quedan ignorados, todos los tesoros de energía, de pasión generosa, de paciencia o amor, que ellas acumulan en ese esfuerzo de cada día, constituye para ellas un capital de fuerza, de belleza moral que puede, en el Más Allá, hacerlas iguales a las más nobles figuras de la Historia.
En el augusto taller, donde se forjan las almas, no son suficientes el genio y la gloria para hacerlas verdaderamente hermosas. Para darles el último trazo sublime ha sido siempre necesario el dolor. Si ciertas existencias se hicieran, de oscuras que eran, tan santas y sagradas como abnegaciones célebres, es que en ellas fue continuo el sufrimiento. No fue solamente una vez, en tal circunstancia o en la hora de la muerte, que el dolor las elevó encima de sí mismas y las presentó a la admiración de los siglos; fue porque toda su vida ha sido una inmolación constante.
Y esta obra de largo perfeccionamiento, este lento desfilar de las horas dolorosas, esta afinación misteriosa de los seres que se preparan, así, para las ultimás ascensiones, fuerza la admiración de los mismos Espíritus. Y ese espectáculo conmovedor que les inspira la voluntad de renacer entre nosotros, a fin de sufrir y morir otra vez por todo lo que es grande, por todo lo que aman y para, que con este nuevo sacrificio, hagan más vivo su propio brillo.


Continuará...
AMOR FRATERNAL

martes, 2 de abril de 2013

El libre albedrío

El problema del Ser y del destino

León Denis

Tercera parte: LAS POTENCIAS DEL ALMA


XXII. - El libre-albedrío

La libertad es la condición necesaria al alma humana que, sin ella, no podría construir su destino. 
Es en vano que los filósofos y los teólogos han argumentado largamente al respecto de esta cuestión. A primera vista, la libertad del hombre parece muy limitada en el círculo de fatalidades que lo encierra: necesidades físicas, condiciones sociales, intereses o instintos. Pero considerando la cuestión más de cerca, se ve que esta libertad es siempre suficiente para permitir que el alma quiebre este círculo y escape de las fuerzas opresoras.
La libertad y la responsabilidad son correlativas en el ser y aumentan con su elevación; es la responsabilidad del hombre que hace su dignidad y moralidad. Sin ella, no sería él más que un autómata, un juguete de las fuerzas ambientales: la noción de moralidad es inseparable de la de libertad.
La responsabilidad es establecida por el testimonio de la consciencia, que nos aprueba o censura según la naturaleza de nuestros actos. La sensación de remordimiento es una prueba más demostrativa que todos los argumentos filosóficos. Para todo Espíritu, por pequeño que sea su grado de evolución, la ley del deber brilla como un farol, a través de la neblina de las pasiones e intereses. Por eso, vemos todos los días hombres en las posiciones más humildes y difíciles, al preferir aceptar duras pruebas a rebajarse a cometer actos indignos.
Si la libertad humana es restricta, está por lo menos en vías de un perfecto desarrollo, porque el progreso no es otra cosa más que la extensión del libre-albedrío en el individuo y en la colectividad. La lucha entre la materia y el espíritu tiene precisamente como objetivo liberar a este último cada vez más del yugo de las fuerzas ciegas. La inteligencia y la voluntad llegan, poco a poco, a predominar sobre lo que a nuestros ojos representa la fatalidad. El libre-albedrío es pues, la expansión de la personalidad y de la conciencia. Para ser libres es necesario querer serlo y hacer el esfuerzo para ello, liberándonos de la esclavitud de la ignorancia y de las pasiones bajas, substituyendo el imperio de las sensaciones y de los instintos por el de la razón.
Esto sólo se puede obtener por una educación y una preparación prolongada de las facultades humanas: liberación física por la limitación de los apetitos; liberación intelectual por la conquista de la verdad; liberación moral por la búsqueda de la virtud. Es esta la obra de los siglos. En todos los grados de su ascensión, en la repartición de los bienes y de los males de la vida, al lado de la concatenación de las cosas, sin perjuicio de los destinos que nuestro pasado nos inflige, hay siempre lugar para la libre voluntad del hombre.
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Dios, cuya ciencia infinita abarca todas las cosas, conoce la naturaleza de cada hombre y los impulsos, las tendencias, de acuerdo con las cuales podrá determinarse. Nosotros mismos, conociendo el carácter de una persona, podríamos fácilmente prever el sentido en que, en una circunstancia dada, ella decidirá si es por el interés o por el deber. Una resolución no puede nacer de la nada. Está forzosamente unida a una serie de causas y efectos anteriores de las que deriva y que la explican. Dios, conociendo a cada alma en sus menores particularidades, puede, pues, rigurosamente deducir, con la certeza, del conocimiento que tiene de esa alma y de las condiciones en que ella es llamada a actuar, las determinaciones que, libremente, ella tomará.
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La cuestión del libre-albedrío tiene una importancia capital y graves consecuencias para toda la sociedad, por su acción y repercusión en la educación, en la moralidad, en la justicia, en la legislación, etc. Determinó dos corrientes opuestas de opinión - los que niegan el libre -albedrío y los que lo admiten con restricción.
  1. Los argumentos de los fatalistas y deterministas se resumen así: "El hombre está sometido a los impulsos de su naturaleza, que lo dominan y obligan a querer, a determinarse en un sentido, de preferencia a otro; luego, no es libre." 
  2. La escuela adversa, que admite la libre voluntad del hombre, ante ese sistema negativo, exalta la teoría de las causas indeterminadas. Su más ilustre representante, en nuestra época, fue Ch. Renouvier.
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Suplida, al principio, por el instinto, que poco a poco desaparecerá para dar lugar a la razón, nuestra libertad es muy escasa en los grados inferiores y en todo el período de nuestra educación primaria. Toma extensión considerable, desde que el Espíritu adquiere la comprensión de la ley. Y siempre, en todos los grados de su ascensión, en la hora de las resoluciones importantes, será asistido, guiado, aconsejado por Inteligencias superiores, por Espíritus mayores y más iluminados que él.
El libre-albedrío; la libre voluntad del Espíritu se ejerce principalmente en la hora de las reencarnaciones. Escogiendo tal familia, cierto medio social, él sabe de antemano cuales son las pruebas que lo aguardan y comprende igualmente la necesidad de estas pruebas para desarrollar sus cualidades, curar sus defectos, desnudar sus preconceptos y vicios. Estas pruebas pueden ser también consecuencia de un pasado nefasto, que es preciso reparar y él las acepta con resignación y confianza, porque sabe que sus grandes hermanos del Espacio no lo abandonarán en las horas difíciles.
El futuro se le aparece entonces, no en sus pormenores, sino en sus trazos más salientes, o sea, en la medida en que ese futuro es la resultante de actos anteriores. Estos actos representan la parte de fatalidad o "la predestinación" que ciertos hombres son llevados a ver en todas las vidas. Son simplemente, como vimos, efectos o reacciones de causas remotas. En realidad, nada hay de fatal y cualquiera que sea el peso de las responsabilidades en que haya incurrido, se puede siempre atenuar, modificar la suerte con obras de dedicación, de bondad, de caridad, por un largo sacrificio al deber.
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Todo lo que se eleva hacia la luz se eleva hacia la libertad. Esta se expande plena y entera en la vida superior. El alma sufre tanto más el peso de las fatalidades materiales, cuanto más atrasada e inconsciente es, en cambio será más libre cuanto más se eleva y aproxima de lo divino. En estado de ignorancia, es una felicidad para ella estar sometida a una dirección. Pero cuando es sabia y perfecta, goza de su libertad en la luz divina.
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En resumen, en vez de negar o afirmar el libre-albedrío, según la escuela filosófica a que se pertenezca, seria más exacto decir: "El hombre es el obrero de su liberación." El estado completo de libertad lo alcanza con el cultivo íntimo y en la valorización de sus potencias ocultas. Los obstáculos acumulados en su camino son meramente medios de obligarlo a salir de la indiferencia y a utilizar sus fuerzas latentes. Todas las dificultades materiales pueden ser vencidas.
Somos todos solidarios y la libertad de cada uno se liga a la libertad de los otros. Liberándose de las pasiones y de la ignorancia, cada hombre libera sus semejantes. Todo lo que contribuye para disipar las tinieblas de la inteligencia y hacer recular el mal, hace a la Humanidad más libre, más consciente de sí misma, de sus deberes y potencias.
Elevemos pues, la consciencia de nuestro papel y fin, y seremos libres. Aseguraremos con nuestros esfuerzos, enseñanzas y ejemplos la victoria de la voluntad así como del bien y en vez de formar seres pasivos, curvados al yugo de la materia, expuestos a la incertidumbre e inercia, habremos hecho almas verdaderamente libres, sueltas de las cadenas de la fatalidad y volando encima del mundo por la superioridad de las cualidades conquistadas.

AMOR FRATERNAL

LA CONCIENCIA - El sentido íntimo

El problema del Ser y del destino

León Denis.

Capitulo XXI : LA CONCIENCIA - El sentido íntimo.

El alma es, como nos demostraran las enseñanzas precedentes, una emanación, una partícula de lo Absoluto.
Sus vidas tienen por objetivo la manifestación cada vez más grandiosa de lo que en ella hay de divino, el aumento del dominio que está destinado a ejercer dentro y fuera de sí, por medio de sus sentidos y energías latentes. Puede alcanzarse ese resultado por procesos diferentes, por la Ciencia o por la meditación, por el trabajo o por el ejercicio moral. El mejor proceso consiste en utilizar todos esos modos de aplicación, en completarlos unos a otros; el más eficaz, sin embargo, de todos, es el examen íntimo, la introspección. Acrecentemos el desapego de las cosas materiales, la firme voluntad de mejorar nuestra unión con Dios en espíritu y verdad, y veremos que toda religión verdadera, toda filosofía profunda ahí va a buscar su origen y en esas fórmulas se resume. El resto, doctrinas culturales, ritos y prácticas no son más que el vestuario externo que encubre, a los ojos de las turbas, el alma de las religiones.
Víctor Hugo escribia en el "Post scriptum de ma vie ": "Es dentro de nósotros que devemos mirar el exterior... Inclinandonos sobre este pozo, nuestro espíritu, avistamos, a una distancia de abismo, en estrecho círculo, un mundo inmenso."

La consciencia es, pues, como diría W. James, el centro de la personalidad, centro permanente, indestructible, que persiste y se mantiene a través de todas las transformaciones del individuo. La consciencia no es solo la facultad de percibir, sino también el sentimiento que tenemos de vivir, actuar, pensar, querer. Es una e indivisible. La pluralidad de sus estados nada prueba, como vimos, contra esa unidad. Aquellos estados son sucesivos, como las percepciones correlativas y no son simultáneos. Para demostrar que existen en nosotros varios centros autónomos de conciencia, seria necesario probar también que hay acciones y percepciones simultáneas y diferentes; pero eso no es exacto y no puede ser.
Sin embargo, la consciencia presenta, en su unidad, como sabemos, varios planos, varios aspectos. Físico, se confunde con lo que la Ciencia llama el "sensorium", o sea, la facultad de concentrar las sensaciones externas, coordinarlas, definirlas, percibir las causas y determinar sus efectos. Poco a poco, por el propio hecho de la evolución, esas sensaciones se van multiplicando y purificando, y la conciencia intelectual despierta. De ahí en más no tendrá límite su desarrollo, puesto que podrá abrazar todas las manifestaciones de la vida infinita. Entonces brotando el sentimiento y el juicio el alma se comprenderá a sí misma; se tornará, al mismo tiempo, sujeto y objeto.
En la multiplicidad y variedad de sus operaciones mentales tendrá siempre conciencia de lo que piensa y quiere. El "yo" se afirma, se desarrolla, y la personalidad se completa por la manifestación de la conciencia moral o espiritual. La facultad de percibir los efectos del mundo sensible se ejercerá de manera más elevada; se convertirá en la posibilidad de sentir las vibraciones del mundo moral, de discriminar sus causas y leyes.
Es con los sentidos internos que el ser humano percibe los hechos y las verdades de orden transcendental. Los sentidos físicos engañan, apenas distinguen la apariencia de las cosas y nada serian sin el "sensorium", que agrupa, centraliza sus percepciones y las transmite al alma; esta registra todo y saca el efecto útil. Bajo, todavía, de este "sensorium" superficial, hay otro más hondo, que distingue las reglas y las cosas del mundo metafísico. Es a ese sentido profundo, desconocido, inutilizado para la mayor parte de los hombres, que ciertos experimentadores designaran por el nombre de conciencia subliminal.

Así como existe un organismo y un "sensorium" físicos, que nos ponen en relación con los seres y las cosas del plano material, así también hay un sentido espiritual por medio del cual ciertos hombres penetran desde ya en el dominio de la vida invisible. Así que, después de la muerte, cae el velo de la carne, ese sentido se tornará el único centro de nuestras percepciones.
Es en la extensión y desarrollo creciente de ese sentido espiritual que está la ley de nuestra evolución psíquica, la renovación del ser, el secreto de su iluminación interior y progresiva. Por él nos despegamos de lo relativo y de lo ilusorio, de todas las contingencias materiales, para vincularnos cada vez más a lo inmutable y absoluto.

Cuanto más puros y desinteresados son los pensamientos y los actos, en una palabra, cuanto más intensa es la vida espiritual y cuanto más ella predomina sobre la vida física, mucho más se desarrollan los sentidos interiores. El velo que nos esconde el mundo fluídico se atenúa, se torna transparente y tras él, el alma distingue un conjunto maravilloso de armonías y bellezas, al mismo tiempo que se torna más apta para recoger y transmitir las revelaciones, las inspiraciones de los seres superiores, porque el desarrollo de los sentidos internos coincide, generalmente, con una extensión de las facultades del espíritu, con una atracción más enérgica de las radiaciones etéreas.
Cada plano del Universo, cada círculo de la vida, corresponde a un número de vibraciones, que se acentúan y se vuelven más rápidas, más sutiles, a medida que se aproximan a la vida perfecta. Los seres dotados de débil poder de radiación no pueden percibir las formas de vida que les son superiores, pero todo Espíritu es capaz de obtener por la preparación de la voluntad y por la educación de los sentidos íntimos un poder de vibración que le permite actuar en planos muy extensos. Encontramos una prueba de la intensidad de esta forma de emisión mental en el hecho de haberse visto moribundos o personas en peligro de muerte impresionar telepáticamente, a grandes distancias, a varios individuos, al mismo tiempo.
En realidad, cada uno de nosotros podría, si quisiese, comunicarse en todo momento con el mundo invisible. Somos Espíritus. Por la voluntad podemos gobernar la materia y desprendernos de sus lazos para vivir en una esfera más libre, la esfera de la vida superconciente. Para eso es menester una cosa, espiritualizarnos, volver a la vida del espíritu por una concentración perfecta de nuestras fuerzas interiores. Entonces, nos encontramos cara a cara con un orden de cosas que ni el instinto, ni la experiencia, ni aun la razón puede percibir.
El alma, en su expansión, puede quebrar la pared de carne que la encierra y comunicarse por sus propios sentidos con los mundos superiores y divinos. Es lo que han podido hacer los videntes y los verdaderos santos, los grandes místicos de todos los tiempos y de todas las religiones.
 
Continuará...
 
AMOR FRATERNAL