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sábado, 3 de agosto de 2013

La crisis moral

Después de la muerte

León Denis

Capitulo VIII

Del examen precedente (ver Materialismo y Positivismo) resulta que dos sistemas contradictorios y enemigos se reparten el mundo del pensamiento. Nuestra época es, desde este punto de vista, una época de turbación y de transición. La fe religiosa se entibia, y las grandes líneas de la filosofía del porvenir no se aparecen aún más que a una minoría de los indagadores.
Ciertamente, la época en que vivimos es grande por la suma de los progresos realizados. La civilización moderna, poderosamente provista de medios, ha transformado la faz de la tierra, ha aproximado a los pueblos, suprimiendo las distancias. La instrucción ha sido difundida; las instituciones se han mejorado. El derecho ha reemplazado al privilegio, y la libertad triunfa del espíritu de rutina y del principio de autoridad. Una gran batalla se libra entre el pasado, que no quiere morir, y el porvenir, que se esfuerza por nacer a la vida. En favor de esta lucha, el mundo se agita y marcha; un impulso irresistible le guía, y, recorrido el camino, los resultados adquiridos nos hacen presagiar conquistas más maravillosas aún.
Sin embargo, si los progresos de orden material y de orden intelectual son notables, el avance moral es nulo. En este punto, el mundo parece más bien retroceder; las sociedades humanas, febrilmente absorbidas por las cuestiones políticas, por las empresas industriales y financieras, sacrifican al bienestar sus intereses morales.

Si la obra de la civilización se nos aparece bajo magníficos aspectos, como todas las cosas humanas, también presenta sombras. Sin duda, ha mejorado, en una cierta medida, las condiciones de la existencia, pero ha multiplicado las necesidades en fuerza de satisfacerlas; aguzando los apetitos y los deseos, ha favorecido al sensualismo y ha aumentado la depravación. El amor al placer, al lujo y a las riquezas se ha hecho cada vez más ardiente. Se quiere adquirir o se quiere poseer a toda costa.
 
De ahí esas especulaciones vergonzosas que se entablan en plena luz. De ahí ese decaimiento de los caracteres y de las conciencias, ese culto ferviente que se rinde a la fortuna, verdadero ídolo cuyos altares han reemplazado a los de las divinidades caídas.
La ciencia y la industria han centuplicado las riquezas de la humanidad; pero esas riquezas no han aprovechado directamente más que a una débil parte de sus miembros. La suerte de los insignificantes ha continuado siendo precaria, y la fraternidad tiene más bien su puesto en los discursos que en los corazones. En medio de las ciudades opulentas se puede aún morir de hambre. Las Fábricas, las aglomeraciones de obreros, centros de corrupción física y moral, han venido a ser como los infiernos del trabajo.
La embriaguez, la prostitución, el libertinaje difunden por todas partes sus venenos, empobrecen a las generaciones y agotan la fuente de la vida, en tanto que las hojas públicas siembran a porfía la injuria y la mentira y una literatura malsana excita los cerebros y debilita las almas.
 
Todos los días hace nuevos estragos la desesperanza; el número de suicidios que, en 1820, era de 1.500 en Francia, es ahora de más de 8.000. Ocho mil seres todos los años, faltos de energía y de sentido moral, desertan de las luchas fecundas de la vida y se refugian en lo que creen ser la nada. El número de crímenes y delitos se ha triplicado desde hace cincuenta años. Entre los condenados, la proporción de adolescentes es considerable. ¿Deben verse en este estado de cosas los efectos del contagio del ambiente, de los malos ejemplos recibidos desde la infancia, la falta de firmeza de los padres y la ausencia de educación en la familia? Hay todo eso y mucho más.
Nuestros males provienen de que, a pesar del progreso de la ciencia y del desenvolvimiento de la instrucción, el hombre se ignora aún a sí mismo. Sabe poco de las leyes del universo; no sabe nada de las fuerzas que están en él. El "conócete a ti mismo" del filósofo griego ha continuado siendo para la mayoría inmensa de los humanos una llamada estéril. Como no lo sabía hace veinte siglos, menos quizá, el hombre de hoy no sabe lo que es, de dónde viene, adónde va, cuál es el objeto real de la existencia. Ninguna enseñanza ha venido a proporcionarle la noción exacta de su papel en este mundo ni de sus destinos.
 
El espíritu humano flota, indeciso, entre las solicitaciones de dos potencias.
De un lado, las religiones, con su cortejo de errores y de supersticiones, su espíritu de dominación y de intolerancia, pero también con los consuelos de los cuales son el origen y los débiles resplandores que han conservado de las verdades primordiales.
Del otro lado, la ciencia, materialista en sus principios como en sus fines, con sus frías negaciones y su inclinación desmedida al individualismo, pero también con el prestigio de sus descubrimientos y de sus beneficios.
Y estas dos cosas, la religión sin pruebas y la ciencia sin ideal, se desafían, se acercan, se combaten sin poder vencerse, pues cada una de ellas responde a una necesidad imperiosa del hombre, la una hablando a su corazón, y la otra dirigiéndose a su espíritu y a su razón. Alrededor de ambas se acumulan las ruinas de numerosas esperanzas y de aspiraciones destruidas; los sentimientos generosos se debilitan, la división y el odio reemplazan a la benevolencia y a la concordia.
En medio de esta confusión de ideas, la conciencia ha perdido su camino.

Marcha, ansiosa, al azar, y, en la incertidumbre que pesa sobre ella, se velan el bien y lo justo. La situación moral de todos los desgraciados que se doblegan al peso de la vida se ha hecho intolerable entre dos doctrinas que no ofrecen como perspectiva a sus dolores, como término a sus males, más que la nada, una de ellas, y, la otra, un paraíso casi inaccesible o una eternidad de suplicios.
Las consecuencias de este conflicto se dejan sentir en todas partes, en la familia, en la enseñanza y en la sociedad. La educación viril ha desaparecido. Ni la ciencia ni la religión saben ya hacer las almas fuertes y bien armadas para los combates de la vida. La filosofía misma, al dirigirse solamente a algunas inteligencias abstractas, abdica sus derechos sobre la vida social y pierde toda influencia.
 
¿Cómo saldrá la humanidad de este estado de crisis? Sólo existe para eso un medio: hallar un terreno de conciliación donde las dos fuerzas enemigas, el sentimiento y la razón, puedan unirse para el bien y la salvación de todos. Porque todo ser humano lleva en sí esas dos fuerzas bajo el imperio de las cuales piensa y obra alternativamente. Su acuerdo proporciona a las facultades el equilibrio y la armonía, centuplica sus medios de acción y da a su vida la rectitud y la unidad de tendencias y de opiniones, en tanto que sus contradicciones y sus luchas producen en él el desorden. Y lo que se produce en cada uno de nosotros se manifiesta en la sociedad entera y causa la perturbación moral de la cual sufre aquélla.
Para poner fin a esto, es preciso que se haga la luz a los ojos de todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, hombres, mujeres y niños; es preciso que una nueva enseñanza popular venga a iluminar las almas acerca de su origen, de sus deberes y de su destino.
Porque todo estriba en eso. Sólo las soluciones formuladas por tal enseñanza pueden servir de base a una educación viril y tornar a la humanidad verdaderamente fuerte y libre. Su importancia es capital, tanto para el individuo, al que dirigirán en su tarea cotidiana, como para la sociedad, cuyas instituciones y relaciones regularizarán.

Continuará...

AMOR FRATERNAL

miércoles, 31 de julio de 2013

Justicia y Progreso

El porqué de la Vida

León Denis

Capitulo VI
 
La ley superior del Universo, es el progreso incesante, la ascensión de los seres hacia Dios, hogar de las perfecciones. Profundidades del abismo de vida, por un camino infinito y una evolución constante, nos le acercamos. En el fondo de cada alma es depositado el germen de todas las facultades, de todas las fuerzas; le corresponde a ella hacerlos nacer por sus esfuerzos y sus trabajos. Contemplado bajo este aspecto, nuestro adelanto, nuestra felicidad futura es nuestra obra. La gracia no tiene más razón de ser. La justicia irradia sobre el mundo; porque, si todos nosotros luchamos y sufrimos, todos nosotros seremos salvados.
 

También se revela aquí en toda su grandeza el papel del dolor, su utilidad para el adelanto de los seres. Cada globo que rueda en el espacio es un vasto taller donde la sustancia espiritual es trabajada sin cesar. Así como un mineral grosero, bajo el efecto del fuego y las aguas, se convierte poco a poco en un metal puro, así el alma humana, bajo los martillos pesados del dolor se transforma y se fortifica. Es en medio de las pruebas que se forjan los grandes caracteres. El dolor es la purificación suprema, el horno donde funden todos los elementos impuros que nos manchan: el orgullo, el egoísmo, la indiferencia. Es la sola escuela donde se afinan las sensaciones, donde se aprenden la piedad y la resignación estoica. Los goces sensuales, atándonos a la materia, retrasan nuestra elevación, mientras que el sacrificio y la abnegación, nos sueltan con anticipación de esta pesada carga, nos preparan para nuevas etapas, a una ascensión más alta. El alma, purificada, santificada por las pruebas, ve terminar las encarnaciones dolorosas. Abandona para siempre los globos materiales y se eleva en la escala magnífica de mundos felices. Recorre el campo ilimitado de los espacios y de las edades. A cada paso adelante, ve ensanchar su horizonte y aumentar su radio de acción; percibe cada vez más, de forma distinta, la gran armonía de las leyes y de las cosas, participa en ellas de forma más estrecha, más efectiva. Entonces el tiempo se borra para ella; los siglos fluyen como las horas. Unida a sus hermanas, compañeras de eterno viaje, persigue su ascensión intelectual y moral en el seno de una luz siempre creciente.
De nuestras observaciones y de nuestras búsquedas se deduce así una gran ley: la pluralidad de las existencias del alma. Vivimos antes del nacimiento y reviviremos después de la muerte. Esta ley da la clave de problemas hasta ahora insolubles. Sólo ella explica la desigualdad de las condiciones, la variedad infinita de las aptitudes y de los caracteres. Conocimos o conoceremos sucesivamente todas las fases de la vida social, atravesaremos todos los medios. En el pasado, estábamos como estos salvajes que pueblan los continentes retrasados; en el futuro, podremos elevarnos a la altura de los genios inmortales, los espíritus gigantes que, semejantes a faros luminosos, alumbran la marcha de la humanidad. La historia de ésta es nuestra historia. Con ella, recorrimos las vías arduas, sufrimos las evoluciones seculares que relatan los anales de las naciones. El tiempo y el trabajo: he aquí los elementos de nuestros progresos.
 

Esta ley de la reencarnación muestra de manera brillante la justicia suma que reina sobre todos los seres. Por turno forjamos y quebramos nosotros mismos nuestras cadenas.
Las pruebas horrorosas entre las que sufren algunos de nosotros son, en general, la consecuencia de su conducta pasada. El déspota renace esclavo; la mujer alta, la vanidosa de su belleza, repetirá un cuerpo informe y miserable; el ocioso volverá mercenario, encorvado a una tarea ingrata. El que hizo sufrir sufrirá a su vuelta. Inútil buscar el infierno en regiones desconocidas o lejanas, el infierno está en nosotros, se esconde en los pliegues
ignorados del alma culpable, y sólo la expiación puede dar término a sus dolores.
No hay penas eternas. ¿Pero, diremos, si otras vidas precedieron al nacimiento, por qué perdimos la memoria? ¿Cómo podremos expiar con éxito las faltas olvidadas?
¡La memoria! ¿No sería un pesado grillete atado a nuestros pies? ¿Saliendo apenas de etapas de furor y de bestialidad, que debió ser este pasado de cada uno de nosotros? ¡A través de las etapas pasadas, cuantas lágrimas vertidas, cuanta sangre derramada por nuestros hechos! Conocimos el odio y practicamos la injusticia. ¡Qué carga moral sería esta perspectiva larga de faltas para un espíritu todavía endeble e inseguro!
 
¿Y además, la memoria de nuestro propio pasado no estaría vinculada íntimamente a la memoria del pasado de los demás? ¡Qué situación para el culpable, señalado al hierro candente para la eternidad! Por la misma razón, los odios, los errores se perpetuarían, cavando divisiones profundas e imborrables, en el seno de esta humanidad ya tan desgarrada. Dios hizo bien de borrar de nuestros cerebros débiles la memoria de un pasado temible. Después de haber bebido el brebaje del olvido, renacemos a una nueva vida. Una educación diferente, una civilización más amplia hacen desvanecerse las quimeras que frecuentaron en otro tiempo nuestros espíritus. Aliviados de tan pesado equipaje avanzamos con paso más rápido por las vías que nos son abiertas.
Sin embargo, este pasado no es borrado tanto que no pudiéramos entrever algunos vestigios. Si, separándonos de influencias exteriores, descendemos al fondo de nuestro ser; si analizamos con cuidado nuestros gustos, nuestras aspiraciones, descubrimos cosas que nada en nuestra existencia actual y con la educación recibida puede explicar. Por lo tanto, de ahí logramos reconstituir este pasado, si no en sus detalles, por lo menos en sus grandes líneas. En cuanto a las faltas arrastran en esta vida una expiación necesaria, aunque momentáneamente sean borradas de nuestra vista, la causa primera no deja de subsistir, siempre visible, es decir nuestras pasiones, nuestro carácter fogoso, que las nuevas encarnaciones tienen por objeto amaestrar, suavizar.
 


Así pues, si dejamos en las puertas de la vida los recuerdos más peligrosos, traemos por lo menos con nosotros el fruto y las consecuencias de trabajos realizados, es decir una conciencia, un juicio, un carácter tales como les dimos forma nosotros mismos. Lo innato no es más que la herencia intelectual y moral que nos legan las vidas desvanecidas.
Y cada vez que se abren para nosotros las puertas de la muerte; cuando, liberada del yugo material, nuestra alma escapa de su prisión de carne para volver al mundo de los Espíritus, entonces el pasado reaparece poco a poco delante de ella. Una tras otra, sobre la ruta seguida, revisa sus existencias, las caídas, las paradas, las marchas rápidas. Ella misma se juzga midiendo el camino recorrido. En el espectáculo de sus vergüenzas o de sus méritos, mostrados ante ella, encuentra su castigo o su recompensa.
¿Siendo el fin de la vida el perfeccionamiento intelectual y moral del ser, qué condición, qué medio es el más conveniente mejor para conseguir este fin? El hombre puede trabajar en este perfeccionamiento en todas las condiciones, en todos medios sociales; sin embargo, tendrá éxito más fácilmente en ciertas condiciones determinadas.
 

La riqueza proporciona al hombre medios poderosos de estudio; le permite dar a su espíritu una cultura más desarrollada y más perfecta; pone entre sus manos las facilidades más grandes para aliviar a sus hermanos desgraciados, de participar, con vistas al mejoramiento de su suerte en fundaciones útiles. Pero son raros los que consideran un deber trabajar en el alivio de la miseria, en la instrucción y en la mejora de sus semejantes.
La riqueza deseca demasiado a menudo el corazón humano; extingue esta llama interior, este amor al progreso y a las mejoras sociales que alberga toda alma generosa; eleva una barrera entre los poderosos y los humildes; hace vivir en un medio que no alcanzan los desheredados de este mundo y donde, por consiguiente, las necesidades, los dolores de éstos son casi ignorados, desconocidos siempre.
 

La miseria tiene también sus peligros espantosos: la degradación de los caracteres, la desesperación, el suicidio. Pero mientras que la riqueza nos hace indiferentes, egoístas, la
pobreza, acercándonos a humildes, nos hace compadecernos con su dolor. Sí, hay que haber sufrido para apreciar los sufrimientos de otro. Mientras que los poderosos, en el seno de los honores, se envidien entre ellos y procuren rivalizar en brillantez, los humildes, vecinos por la necesidad, viven a veces en conmovedora confraternidad.
Mira a las aves de nuestros climas durante los meses de invierno, cuando el cielo es sombrío, cuando la tierra está cubierta de un abrigo blanco de nieve; apretadas unas contra otras, al borde de un tejado, se calientan mutuamente en silencio. La necesidad les une. Pero vienen los bellos días, el sol resplandeciente, la comida abundante, pían a cual mejor, se persiguen, se pelean, se hieren. Así es el hombre. Dulce, afectuoso para sus semejantes en los días de tristeza; la posesión de los bienes materiales lo hace demasiado a menudo duro y olvidadizo.
Una condición modesta convendrá mejor al espíritu deseoso de progresar, de adquirir las virtudes necesarias para su ascensión moral. Lejos del remolino de los placeres mentirosos, juzgará mejor la vida. Preguntará a la materia qué es necesario para la conservación de sus órganos, pero evitará caer en costumbres perniciosas, hacerse presa de las necesidades innumerables y ficticias que son las plagas de la humanidad. Será sobrio y laborioso, contentándose con poco, atándose por encima de todo a los placeres de la inteligencia y a las alegrías del corazón.
 

Tan fortificado contra los asaltos de la materia, el sabio, bajo la luz pura de la razón, verá resplandecer su destino. Alumbrado sobre el fin de la vida y el por qué de las cosas, se mantendrá firme, resignado ante el dolor; sabrá usarla para su depuración, para su adelanto.
Se enfrentará a la prueba con coraje, sabiendo que la prueba es saludable, que es el choque que desgarra nuestras almas, y que, por este rasgón solo, puede derramarse la hiel que está en nosotros. Si los hombres se ríen de él, si es víctima de la injusticia y de la intriga, aprenderá a soportar pacientemente sus dolores trasladando sus miradas hacia nuestros hermanos mayores, hacia Sócrates bebiendo la cicuta, hacia Jesús en la cruz, hacia Juana de Arco en la hoguera. Se consolará en el pensamiento que los más grandes, más virtuosos, los más dignos, sufrieron y murieron para la humanidad.



Y cuando por fin, después de una existencia bien cumplida, vendrá la hora solemne, será con calma y sin pesar que acogerá a la muerte; la muerte, a la que los humanos rodean de un aparato siniestro; la muerte, el espanto de los poderosos y de los sensuales, y que, para el pensador austero, es sólo la liberación, la hora de la transformación, la puerta que se abre al imperio luminoso de los Espíritus.
Este umbral de las regiones supraterrenales, lo atravesará con serenidad. Su conciencia, libre de las sombras materiales, se levantará delante de él como un juez, representante de Dios, pidiéndole: "¿que hiciste de tu vida? Y responderá: luché, sufrí, amé, enseñé el bien, la verdad, la justicia; les di a mis hermanos el ejemplo de la rectitud, de la dulzura; alivié a los que sufren, consolé a los que lloran. Y ahora, que El Eterno me juzga, ¡heme aquí en sus manos!"


AMOR FRATERNAL

Armonia del Universo

El porqué de la Vida

León Denis
Capitulo IV

Siendo dada en nosotros la existencia de un principio inteligente y razonable, el encadenamiento de las causas y de los efectos nos hace remontar, para explicar su origen, hasta la fuente de donde emana. A esta fuente, en nuestro limitado e insuficientes lenguaje, los hombres le llamamos Dios.
 
Dios, diremos, ha sido presentado bajo aspectos tan extraños, a veces tan escandalosos por los hombres de secta, que el espíritu moderno se apartó de Él. ¡Pero qué importan estas divagaciones de los sectarios! Pretender que Dios puede ser aminorado por las declaraciones de los hombres equivale a decir que el Montblanc y el Himalaya pueden ser manchados por el soplo de una mosca. La verdad plana radiante y deslumbrante, está por encima de las oscuridades teológicas.
 
Dios es el centro de donde emanan y donde desembocan todas las fuerzas del Universo. Es el hogar de donde irradia toda idea de justicia, de solidaridad y de amor; el fin común hacia el cual todos los seres se encaminan, a sabiendas o inconscientemente. Es de nuestras relaciones con el gran Arquitecto de los mundos de donde emanan la armonía universal, la comunidad, la fraternidad. Para ser hermanos, en efecto, hay que tener un padre común, y este padre sólo puede ser Dios.
 
Para divisarlo, es verdad, el pensamiento debe librarse de preceptos estrechos, prácticas vulgares, rechazar formas pueriles con las que ciertas religiones envolvieron el ideal supremo. Se debe estudiar a Dios en la majestad de sus obras.
Cuando todo reposa en nuestras ciudades, cuando la noche es transparente y cuando se hace el silencio sobre la tierra adormecida; ¡entonces, oh hombre! Mi hermano, eleva tu mirada y contempla el infinito de los cielos.
 

Procurarás en vano contarlos; se multiplican hasta en las regiones más infinitas; se confunden en la lejanía, como un polvo luminoso. Observa también sobre los mundos vecinos de la Tierra dibujarse los valles y las montañas, ahuecarse los mares, moverse las nubes. Reconoce que las manifestaciones de la vida se producen por todas partes, y que un orden admirable une, bajo leyes uniformes y por destinos comunes, la Tierra y sus hermanos, los planetas que yerran en el infinito. Sepas que todos esos mundo, habitados por otras sociedades humanas, se agitan, se alejan, se acercan puestos en movimiento a velocidades diversas, recorriendo espacios inmensos; qué por todas partes el movimiento, la actividad, la vida, se muestran en un espectáculo grandioso. Observa nuestro mismo globo, esta Tierra, nuestra madre, la cual parece decirnos: vuestra carne es la mía, vosotros sois mis hijos. Observa allí, esta gran nodriza de la humanidad; mira la armonía de sus contornos, sus continentes, en el seno de los cuales las naciones tienen su germen y su grandeza, sus vastos océanos siempre móviles; son la renovación de las estaciones que la reviste por turno de verdes adornos o de rubias cosechas; contempla los vegetales, los seres vivos que la pueblan: aves, insectos, plantas y flores; cada una de estas cosas es una cincelada maravillosa, una joya del estuche divino. Sé circunspecto tú mismo; ve el juego admirable de tus órganos, el mecanismo maravilloso y complicado de tus sentidos. Qué genio humano podría imitar estas obras maestras delicadas: ¿el ojo y la oreja?
Observa la marcha rítmica de los astros, evolucionando en las profundidades. Estos fuegos innumerables son mundos al lado de los cuales la Tierra es sólo un átomo, sol prodigioso que rodea comitivas de esferas y cuyo curso rápido se mide a cada minuto por millones de años de luz. Distancias terribles nos separan de eso. Es por ello que nos parecen puntos simples y luminosos. Pero, dirige hacia ellos el ojo colosal de la ciencia, el radiotelescopio, distinguirás sus superficies semejantes a océanos en llama. 

Considera todas estas cosas y pide a tu razón, a tu juicio, si tanta belleza, esplendor, armonía, pueden resultar del azar, o si no es más bien una causa inteligente que dirige el orden del mundo y la evolución de la vida. Y si me objetas las plagas, las catástrofes, todo lo que viene para turbar este orden admirable, te responderé: escudriña los problemas de la naturaleza, no te detengas en la superficie, desciende al fondo de las cosas y descubrirás con asombro que contradicciones aparentes sólo confirman la armonía general, que son útiles para el progreso de los seres, que es el fin único de la existencia. 

¿Si Dios hizo el mundo, replican triunfalmente ciertos materialistas, quien hizo pues a Dios? Esta objeción no tiene sentido. Dios no es un ser que se añada a la serie de los seres. Es el Ser universal e ilimitado en el tiempo y en el espacio, por consiguiente infinito, eterno. No puede haber allí ningún ser encima ni al lado de Él. Dios es la fuente y el principio de toda vida. Es por Él que se enlazan, se unen, se armonizan todas las fuerzas individuales, sin Él aisladas y divergentes. 

Abandonadas a ellas mismas, no siendo regidas por una ley, una voluntad superior, estas fuerzas habrían producido sólo confusión y caos. La existencia de un plano general, de un fin común, en los cuales participan todas las potencias del universo prueba la existencia de una causa, de una inteligencia suprema, que es Dios.


AMOR FRATERNAL

martes, 30 de julio de 2013

Materialismo y Positivismo - última parte

Después de la Muerte

León Denis

Capitulo VII

Con la convicción de que no hay nada más allá de la vida presente ni otra justicia que la de los hombres, cada uno puede decirse: ¿Para qué luchar y sufrir? ¿Para qué la piedad, el valor y la rectitud? ¿Para qué mortificarse y dominar los apetitos y los deseos? Si la humanidad está abandonada a sí misma, si no existe en ninguna parte un poder inteligente y equitativo que la juzgue, que la guíe y la sostenga, ¿qué socorro puede esperar? ¿Qué ayuda le hará menos pesada la carga de sus sufrimientos?
 
Si no hay en el universo razón, ni justicia ni amor; nada más que la fuerza ciega,  oprimiendo a los seres y a los mundos bajo el Jugo de una fatalidad sin pensamiento, sin alma y sin conciencia, entonces, el ideal, el bien, la belleza moral son otras tantas ilusiones y mentiras. No se trata ya de eso, sino de la realidad brutal; no es en el deber, sino en el placer donde el hombre debe ver la finalidad de la vida, y, para realizarla, debe pasar por encima de toda vana sentimentalidad.
Si venimos de la nada para volver a la nada; si la misma suerte, el mismo olvido espera al criminal y al sabio, al egoísta y al hombre abnegado; si, según las combinaciones de la casualidad, unos deben estar sujetos exclusivamente a la pena y otros al placer y al honor, entonces -es preciso atreverse a proclamarlo- la esperanza es una quimera; no hay ya consuelos para los afligidos ni justicia para las víctimas de la suerte. La humanidad camina, llevada por el movimiento del globo, sin finalidad, sin claridad, sin ley moral, renovándose por el nacimiento y por la muerte, dos fenómenos entre los cuales el ser se agita y pasa sin dejar más huella que una centella en la noche.


Bajo la influencia de tales doctrinas, la conciencia no tiene ya más que callarse y dejar su puesto al instinto brutal; el espíritu de cálculo debe suceder al entusiasmo, y el amor al placer reemplazar a las generosas aspiraciones del alma. Entonces, cada uno sólo pensará en sí. El disgusto de la vida y la idea del suicidio acudirán a frecuentar a los desgraciados. Los desheredados no sentirán más que odio hacia aquellos que poseen algo, y, en su furor, harán pedazos esta civilización grosera y material.
 
¡Pero no! El pensamiento, la razón se levantan y protestan contra esas doctrinas desoladoras. El hombre -nos dicen- no ha luchado, trabajado y sufrido para sumergirse en la nada; la materia no lo es todo; hay leyes superiores a ella, leyes de orden y de armonía, y el universo no es solamente un mecanismo inconsciente.

 
¿Cómo la materia ciega podría gobernarse por leyes inteligentes y sabias? ¿Cómo, desprovista de razón y de sentimiento, podría producir seres razonables y sensibles, capaces de discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto? ¡Cómo! ¿El alma humana es susceptible de amar hasta el sacrificio, el sentido de lo bello y del bien está grabado en ella y ella desciende a un elemento que no posee estas cualidades en ningún grado? Sentimos, amamos, sufrimos ¿y hemos de proceder de una causa que es sorda, inexorable y amoral? ¿Seríamos entonces más perfectos y mejores que ella?
Tal razonamiento es un ultraje a la lógica. No se puede admitir que la parte sea superior al todo, que la inteligencia pueda derivar de una causa ininteligente, que de una naturaleza sin finalidad puedan salir seres susceptibles de perseguir una finalidad.
El sentido común nos dice, por él contrario, que si la inteligencia y el amor al bien y a lo bello están en nosotros, es preciso que provengan de una causa que los posea en un grado superior. Si el orden se manifiesta en todas las cosas, si un plan se revela en el mundo, es que un pensamiento los ha elaborado, que una razón los ha concebido.
No insistamos en problemas cuyo examen hemos de reanudar más adelante, y hagamos referencia a una doctrina que tiene muchos puntos de contacto con el materialismo. Queremos hablar del positivismo.(1)

Esta filosofía, más sutil o menos franca que el materialismo, no afirma nada ni niega nada. Prescindiendo de todo estudio metafísico, de toda indagación de las causas primarias, establece que el hombre no puede saber nada acerca del principio de las cosas; por consiguiente, el estudio de las causas del mundo y de la vida sería superfluo. Todo su método se relaciona con la observación de los hechos comprobados por los sentidos y de las leyes que los rigen. No admite más que la experiencia y el cálculo.
Sin embargo, el rigor de este método ha tenido que doblegarse ante las exigencias de la ciencia, y el positivismo, como el materialismo, a pesar de su horror a la hipótesis, se ha visto obligado a admitir teorías no verificables por medio de los sentidos. Así es que razona sobre la materia y la fuerza, cuya íntima naturaleza le es desconocida; que admite la ley de atracción, el sistema astronómico de Laplace, la correlación de las fuerzas, cosas todas imposibles de demostrar experimentalmente.
Más aún: se ha visto al fundador del positivismo, Augusto Comte, después de haber eliminado todos los problemas religiosos y metafísicos, volver a las cualidades ocultas y misteriosas de las cosas y terminar su obra fundando el culto a la Tierra. Este culto tenía sus ceremonias y sus sacerdotes asalariados. Verdad es que los positivistas han renegado de tales aberraciones. No insistiremos sobre este punto, ni tampoco sobre el hecho de que Littré, el sabio eminente, el jefe venerado del ateísmo moderno, se hiciese bautizar en su lecho de muerte, después de haber aceptado las frecuentes visitas de un sacerdote católico. Tal retracción infligida a los principios de toda una vida, debe, no obstante, ser señalada. 

Estos dos ejemplos, dados por los maestros del positivismo, demuestran la impotencia de unas doctrinas que se desinteresan de las aspiraciones del ser moral y religioso. Prueban que no se funda nada con las negaciones y con la indiferencia; que, a pesar de todos los sofismas, llega una hora en la que el pensamiento del más allá se levanta ante los escépticos más empedernidos.
Sin embargo, no se puede desconocer que el positivismo ha tenido su razón de ser y ha proporcionado incontestables servicios al espíritu humano, al obligar a éste a estrechar cada vez más sus argumentos, a precisar sus teorías y a dar una parte más amplia a la demostración. Cansados de abstracciones metafísicas y de vanas discusiones de escuela, sus fundadores han querido colocar a la ciencia sobre un terreno sólido; pero la base escogida por ellos era tan estrecha, que a su edificio le faltó a la vez amplitud y solidez. Al querer restringir el dominio del pensamiento, aniquilaron las más hermosas facultades del alma; al rechazar las ideas de espacio, de infinito, de absoluto, quitaron a algunas ciencias -a las matemáticas, a la geometría, a la astronomía- toda posibilidad de desarrollarse y de progresar. Se vio este hecho significativo: en el campo de la astronomía estelar, ciencia proscripta por Augusto Comte como perteneciente al dominio de lo "incognoscible", es donde se ha realizado los mejores descubrimientos.


El positivismo se halla en la imposibilidad de proporcionar una base moral a la conciencia. El hombre, aquí abajo, no tiene sólo que ejercer derechos; tiene también deberes que cumplir; ésta es la condición esencial de todo arden social. Ahora bien; para cumplir con los deberes es preciso conocerlos, ¿y cómo conocerlos si se hace caso omiso de la finalidad de la vida, de los orígenes y de los fines del ser? ¿Cómo ponernos de acuerdo con las cosas, según la propia expresión de Littré, si prescindimos de explorar el dominio del mundo moral y el estudio de los hechos de la conciencia?
Con un propósito plausible, algunos pensadores materialistas y positivistas han querido fundar lo que han llamado la moral independiente, es decir, la moral fuera de toda concepción teológica, de toda influencia religiosa. Han creído encontrar en ello un terreno neutral donde todos los buenos espíritus podrían reunirse. Pero los materialistas no han reflexionado que negando la libertad hacían toda moral impotente y vana. Desprovisto de libertad, el hombre no es más que una máquina y una máquina no tiene para qué ser moral. Hubiera sido preciso también que la noción del deber fuera aceptada por todos para que fuese eficaz; y ¿sobre qué puede apoyarse la noción del deber en una teoría mecánica del mundo y de la vida?
 
La moral no puede ser tomada por base, por punto de partida. Es una consecuencia de los principios, la coronación de una concepción filosófica. Por esto es por lo que la moral independiente ha seguido siendo una teoría estéril, una ilusión generosa, sin influencia sobre las costumbres.
En su estudio atento y minucioso de la materia, las escuelas positivistas han contribuido a enriquecer ciertas ramas de los conocimientos humanos; pero han perdido de vista el conjunto de las cosas y las leyes superiores del universo. Al encerrarse en su dominio exclusivo, han imitado al minero que se sume cada vez más en las entrañas del suelo, descubre los tesoros ocultos y no ve el gran espectáculo de la naturaleza que se manifiesta bajo los rayos del sol.
Estas escuelas no han sido siquiera fieles a su programa, pues después de haber proclamado el método experimental como el único medio de llegar a la verdad, se las ha visto darse un mentís a sí mismas negando “a priori” todo un orden de fenómenos, de manifestaciones psíquicas que hemos de examinar. Conviene hacer notar que la ciencia positiva ha manifestado tanta incredulidad desdeñosa ante estos hechos que venían a echar por tierra sus teorías, como los hombres de iglesia más intolerantes.
El positivismo no puede ser considerado como la última etapa de la Ciencia. Ésta es progresiva por esencia, y sabrá completarse. El positivismo no es más que una de las formas temporales de la evolución filosófica. Los siglos no han sucedido a los siglos; las obras de los sabios y de los filósofos no han sido acumuladas para terminar en la teoría de lo "desconocible". El pensamiento evoluciona, se desenvuelve, y cada día penetra más adelante. Lo que era desconocido ayer, será conocido mañana. La marcha del espíritu humano no tiene término. Fijarle uno, es negar la ley del progreso, es desconocer la verdad.


AMOR FRATERNAL

lunes, 29 de julio de 2013

Espíritu y materia

El por qué de la vida

León Denis

Capitulo III

No hay efecto sin causa; nada procede de nada. Estos son los axiomas, es decir las verdades indiscutibles. Entonces, como se comprueba en cada uno de nosotros la existencia de fuerzas, de potencias que no pueden estar consideradas como materiales, es necesario, para explicar la causa, remontarnos a otra fuente distinta a la materia, a este principio que nombramos alma o espíritu.
Cuando, descendiendo en el fondo de nosotros mismos queremos aprender a conocernos, a analizar nuestras facultades; cuando, apartando de nuestra alma la espuma que acumula allí la vida, el envoltorio espeso cuyos perjuicios, errores y sofismas revistieron nuestra inteligencia, penetramos en los dobleces más íntimos de nuestro ser, nos encontramos allí cara a cara con estos principios augustos sin los cuales no habríagrandeza para la humanidad: el amor al bien, el sentimiento de la justicia y del progreso.
 
Estos principios, que se reencuentran en grados diversos, tanto en casa del ignorante como en casa del hombre sabio, no pueden provenir de la materia, que está privada de tales atributos. Y si la materia no posee estas cualidades, ¿cómo podría formar, ella sola, seres dotados de ellas? El sentido de lo bello y de la verdad, la admiración que experimentamos hacia las obras grandes y generosas, no podrían tener el mismo origen que la carne de nuestros miembros o la sangre de nuestras venas. Estos son más bien como los reflejos de una luz alta y pura que brilla en cada uno de nosotros, lo mismo que el sol se refleja sobre las aguas, sean estas aguas fangosas o límpidas.
 
En vano pretenderíamos que todo es materia. Nosotros que sentimos realces poderosos de amor y de bondad, que amamos la virtud, la devoción, el heroísmo; el sentimiento de la belleza moral está grabado en nosotros; la armonía de las cosas y de las leyes nos penetra, nos arrebata; ¡y nada de todo eso nos distinguiría de la materia!
Sentimos, amamos, poseemos la conciencia, la voluntad y la razón; ¡y procederíamos de una causa qué no encierra estas calidades en ningún grado, de una causa que no siente, no ama ni sabe nada, que es ciega y muda! ¡Superiores a la fuerza qué nos produce, estaríamos más perfeccionados y seríamos mejores que ella!
 
Tal forma de ver las cosas no se sostiene. El hombre participa de dos naturalezas. Por su cuerpo, por sus órganos, deriva de la materia; por sus facultades intelectuales y morales, es espíritu. Digamos más exactamente todavía, respecto al cuerpo humano, que los órganos que componen esta admirable máquina son semejantes a ruedas incapaces de actuar sin un motor, sin una voluntad que los ponga en movimiento. Este motor, es el alma. El tercer elemento conecta a la vez a los otros dos, transmitiendo a los órganos las órdenes del pensamiento. Este elemento es el periespíritu, la materia etérea que escapa a nuestros sentidos. Envuelve al alma, la acompaña después de la muerte en sus peregrinaciones infinitas, depurándose, progresando con ella, dotándola de un cuerpo diáfano y vaporoso. Iremos más lejos sobre la existencia de este periespíritu, llamado también doble fluídico. 

El espíritu yace en la materia como un preso en su celda; los sentidos son las aberturas a través de las cuales comunica con el mundo exterior. Pero, mientras que la materia decae tarde o temprano y se descompone, el espíritu crece en fuerza, se fortifica por la educación y la experiencia. Sus aspiraciones aumentan, se extienden allende la tumba; su necesidad de saber, de conocer, de vivir no tiene límite. Todo muestra que el ser humano pertenece sólo temporalmente a la materia. El cuerpo es sólo un traje prestado, una forma pasajera, un instrumento con la ayuda del cual el alma persigue en este mundo su obra de depuración y de progreso. La vida espiritual es la vida normal, verdadera e infinita.


AMOR FRATERNAL

Materialismo y Positivismo - 2° Parte

Después de la Muerte

León Denis

El espíritu es más aún; es la fuerza oculta, la voluntad que gobierna y dirige a la materia -"Mens agitat molem"- y le da vida. Todas las moléculas, todos los átomos -hemos dicho- se agitan y se renuevan incesantemente. El cuerpo humano es como un torrente vital en el que las aguas suceden a las aguas. Cada partícula es reemplazada por otras partículas. El cerebro mismo está sometido a estos cambios, y nuestro cuerpo entero se renueva, en el transcurso de algunos años.
No puede decirse que el cerebro produce el pensamiento. No es más que el instrumento de él. A través de las modificaciones perpetuas de la carne, se mantiene nuestra personalidad, y, con ella, nuestra memoria y nuestra voluntad. Hay en el ser humano una fuerza inteligente y consciente que regula el movimiento armonioso de los átomos materiales según las necesidades de la existencia; un principio que domina a la materia y sobrevive a ella.
Lo mismo ocurre con las cosas consideradas en conjunto. El mundo material no es más que el aspecto exterior, la apariencia cambiante, la manifestación de una realidad substancial y espiritual que se encuentra dentro de él. Del mismo modo que el "yo" humano no está en la materia variable, sino en el espíritu, el "yo" del universo no está en el conjunto de los globos y de los astros que lo componen, sino en la Voluntad oculta, en la Potencia invisible e inmaterial que dirige sus secretos resortes y regula su evolución.
La ciencia materialista no ve más que un lado de las cosas. En su impotencia para determinar las leyes del universo y de la vida, después de haber proscrito la hipótesis, se ve obligada a volver a ella y a salir de la experiencia para dar una explicación de las leyes naturales. Esto es lo que ha hecho al tomar como base del mundo físico al átomo, que no cae bajo el dominio de los sentidos.
J. Soury, uno de los escritores materialistas más autorizados, no vacila en confesar esta contradicción en su análisis de los trabajos de Haeckel: "No podemos conocer nada -dice- de la constitución de la materia".
 
Si el mundo no fuese más que un compuesto de materia gobernado por la fuerza ciega, es decir, por la casualidad, no se veda esa sucesión regular y continua de los mismos fenómenos produciéndose según el orden establecido; no se vería esa adaptación inteligente de los medios al fin, esa armonía de las leyes, de las fuerzas, de las proporciones que se manifiesta en toda la naturaleza. La vida sería un accidente, un hecho de excepción y no de orden general. No se podría explicar esa tendencia, ese impulso que, en todas las edades del mundo, desde la aparición de los seres elementales, dirige la corriente vital, por progresos sucesivos, hacia formas cada vez más perfectas. Ciega, inconsciente, sin finalidad, ¿cómo podría la materia diferenciarse, desenvolverse en el plano grandioso cuyas líneas aparecen a todo observador atento? ¿Cómo podría coordinar sus elementos, sus moléculas de manera que formasen todas las maravillas de la naturaleza, desde las esferas que pueblan el espacio hasta los órganos del cuerpo humano, tan delicados, hasta en los insectos, hasta en el pájaro, hasta en la flor? ..
Los progresos de la geología y de la antropología prehistórica han arrojado vivas luces sobre la historia del mundo primitivo; pero es un error que los materialistas hayan creído encontrar en la ley de evolución de los seres un punto de apoyo, un auxilio para sus teorías. Una cosa esencial se desprende de estos estudios: la certidumbre de que la fuerza ciega no domina en ninguna parte de una manera absoluta. Por el contrario, es la inteligencia, la voluntad, la razón quienes triunfan y reinan. La fuerza brutal no ha bastado para asegurar la conservación y el desarrollo de las especies. De todos los seres, el que ha tomado posesión del globo y ha dominado a la naturaleza, no es el más fuerte, no es el mejor armado físicamente, sino el mejor dotado desde el punto de vista intelectual.
A partir de su origen, el mundo se encamina hacia un estado de cosas cada vez más elevado. La ley del progreso se afirma a través de los tiempos, en las transformaciones sucesivas del globo y en las etapas de la humanidad. Una finalidad se revela en el universo; una finalidad hacia la cual marcha todo, todo evoluciona -los seres como las cosas-; y esta finalidad es el Bien, es el Mejoramiento. La historia de la tierra es el testimonio de ello más elocuente.
 
Se nos objetará, sin duda, que la lucha, el sufrimiento y la muerte están en el fondo de todo. Responderemos que el esfuerzo, la lucha y el sufrimiento son las condiciones mismas del progreso. En cuanto a la muerte, no es la nada, como lo demostraremos más adelante, sino la entrada del ser en una fase nueva de evolución. Del estudio de la naturaleza y de los anales de la historia se deduce un hecho capital: hay una causa en todo cuanto existe. Para conocer esta causa, es preciso elevarse por encima de la materia hasta el principio intelectual, hasta la ley viviente y consciente que nos explica el orden del universo, como las experiencias de la psicología moderna nos explican el problema de la vida.

Se juzga, sobre todo, una doctrina filosófica por sus consecuencias morales, por los efectos que produce sobre la vida social. Consideradas desde este punto de vista, las teorías materialistas, basadas en el fatalismo, son incapaces de servir de móvil a la vida moral, de sanción a las leyes de la conciencia. La idea totalmente mecánica que dan del mundo y de la vida destruye la noción de libertad, y, por consiguiente, la de responsabilidad. Hacen de la lucha por la existencia una ley inexorable, en virtud de la cual los débiles deben sucumbir a los golpes de los fuertes, una ley que proscribe para siempre de la tierra el reinado de la paz, de la solidaridad y de la fraternidad humana. Al penetrar en los espíritus, no pueden conducir más que a la indiferencia y al egoísmo de los felices; a la desesperación y a la violencia de los desheredados; a la desmoralización a todos.
Sin duda, hay materialistas honrados y ateos virtuosos, pero no como consecuencia de una aplicación de sus doctrinas. Si lo son, es a pesar de sus opiniones y no a causa de ellas; por un impulso secreto de su naturaleza, y porque sus conciencias han sabido resistir a todos los sofismas. No resulta menos lógico que, al suprimir el libre albedrío, al hacer las facultades intelectuales y de las cualidades morales la resultante de combinaciones químicas, las secreciones de la sustancia gris del cerebro, al considerar al genio como una neurosis, el materialismo rebaja la dignidad humana y quita a la existencia todo carácter elevado.

Continuará...

AMOR FRATERNAL

sábado, 27 de julio de 2013

Materialismo y Positivismo

DESPUES DE LA MUERTE

León Denis
Capitulo VII



Como el Océano, el pensamiento tiene su flujo y su reflujo.
Cuando la humanidad penetra, desde cualquier punto de vista, en el dominio de las exageraciones, una reacción vigorosa se produce, tarde o temprano. Los excesos provocan excesos contrarios. Tras de siglos de sumisión y de fe ciega, el mundo, harto del sombrío ideal de Roma, se ha vuelto a lanzar hacia la doctrina de la nada. Las afirmaciones temerarias han dado lugar a negaciones furiosas. Se ha entablado el combate, y la piqueta del materialismo ha abierto una brecha en el edificio católico.
Las ideas materialistas ganan terreno. Al rechazar los dogmas de la Iglesia como inaceptables, un gran número de espíritus cultivados han desertado al mismo tiempo de la causa espiritualista y de la creencia de Dios. Apartando las concepciones metafísicas, han buscado la verdad en la observación directa de los fenómenos, en lo que se ha convenido en llamar el método experimental.

Pueden resumirse así las doctrinas materialistas: Todo es materia. Cada molécula tiene sus propiedades inherentes, en virtud de las cuales se ha formado el universo con los seres que contiene. La idea de un principio espiritual es una hipótesis. La materia se gobierna por sí misma, mediante leyes fatales y mecánicas; es eterna, pero sólo ella es eterna. Procedentes del polvo, nosotros volveremos al polvo. Lo que llamamos alma, el conjunto de nuestras facultades intelectuales, la conciencia, no es más que una función del organismo, y se desvanece cuando llega la muerte. "El pensamiento es una secreción del cerebro" -ha dicho Carl Vogt-; y el mismo autor añade: "Las leyes de la naturaleza son fuerzas inflexibles. No conocen la moral ni la benevolencia".

Si la materia es todo, ¿qué es entonces la materia? Los mismos materialistas no sabrían decirlo, pues la materia, en cuanto se la analiza en su esencia íntima, se escapa, desaparece y huye como un espejismo engañoso.
Los sólidos se cambian en líquidos; los líquidos, en gaseosos; más allá del estado gaseoso, se halla el estado radiante; luego, por refinamientos innumerables, cada vez más sutiles, la materia pasa al estado imponderable. Se convierte en esa sustancia etérea que llena el espacio, tan tenue que se la confundiría con el vacío absoluto, si la luz no la hiciese vibrar al atravesarla. Los mundos se bañan en sus olas como en las de un mar fluido.
 

Así, de grado en grado, la materia se pierde en un polvo invisible. Todo se resume en fuerza y movimiento.
Los cuerpos orgánicos o inorgánicos -nos dice la ciencia-, minerales, vegetales, animales, hombres, mundos, astros, no son más que agregaciones de moléculas, y estas mismas moléculas están compuestas de átomos separados unos de otros, en un estado de movimiento constante y de renovación perpetua.
El átomo es invisible, aun con la ayuda de los más potentes microscopios. Apenas puede ser concebido por el pensamiento: tan extrema es su pequeñez. Y estas moléculas, estos átomos se agitan, se mueven, circulan, evolucionan en torbellinos incesantes, en medio de los cuales las formas de los cuerpos no se mantienen sino en virtud de la ley de atracción.
Puede decirse, pues, que el mundo está compuesto de átomos invisibles, regidos por fuerzas inmateriales. La materia, en cuanto se la examina de cerca, se desvanece como el humo. No tiene más que una realidad aparente, y no puede ofrecernos ninguna base de certidumbre. No hay realidad permanente, no hay certidumbre más que en el espíritu. Sólo a él se revela el mundo en su unidad viviente y en su eterno esplendor. Sólo él puede gustar y comprender la armonía. En el espíritu es donde el universo se conoce, se refleja y se posee.

Continuará...

AMOR FRATERNAL

El por qué de la vida

León Denis

Solución racional al problema de la existencia

 
LOS PROBLEMAS DE LA EXISTENCIA
 
Lo que le es importante al hombre saber por encima de todo, que es, de donde viene, donde va, cual es su destino. Las ideas que nos hacemos del Universo y de sus leyes, del papel que cada uno de nosotros debe jugar sobre este teatro vasto, son de una importancia capital. Es según ellas que dirigimos nuestros actos. Es consultándolas que fijamos un fin en nuestra vida y marchamos hacia ese fin. Allí está la base, el verdadero móvil de toda civilización. Tanto vale el ideal, tanto vale al hombre. Tanto para las colectividades, como para el individuo, es la concepción del mundo y de la vida que determina los deberes; fija la vía que hay que seguir; las resoluciones que hay que adoptar.
Pero, así como lo dijimos, la dificultad en resolver estos problemas nos los hace rechazar demasiado a menudo. La opinión de la mayoría es inestable, indecisa; los actos, los caracteres se resienten de eso. Ahí está el mal de la época, la causa de la confusión en la cual está presa. Tenemos el instinto del progreso; queremos marchar, pero, ¿para ir a dónde? Es con lo qué no se sueña bastante. El hombre, ignorante de su destino, es como un viajero que recorre automáticamente un camino, sin conocer ni el punto de partida ni el punto de destino, y no sabe por qué viaja; que, como consecuencia, siempre está dispuesto a fijarse en el menor obstáculo, y pierde su tiempo descuidando el fin que hay que alcanzar.
 
La insuficiencia, la oscuridad de las doctrinas religiosas y los abusos que engendraron llevaron a buen número de espíritus al materialismo. Creemos de buena gana que todo acaba con la muerte, que el hombre no tiene otro destino que desvanecerse en la nada.
Demostraremos más adelante cuánto esta manera de ver está en oposición flagrante con la experiencia y la razón. Digamos desde ahora que destruye toda noción de justicia y de progreso.
Si la vida está circunscrita entre la cuna y la tumba, si las perspectivas de la inmortalidad no vienen para alumbrar nuestra existencia, el hombre no tiene ya otra ley que la de sus instintos, la de sus apetitos, la de sus goces. Poca importancia tiene que le gusten el bien y la equidad. Si sólo aparece y sólo desaparece de este mundo, si se lleva con él, en el olvido, sus esperanzas y sus afectos, sufrirá tanto más cuanto más elevadas sean sus aspiraciones; amando la justicia, el soldado del derecho, se considera condenado por no ver casi nunca su consecución; apasionado por el progreso, sensible a los dolores de sus semejantes, se imagina que se apagará antes de haber visto triunfar sus principios.
Con la perspectiva de la nada, cuanto más habrá practicado la devoción y la justicia, más caerá su vida fértil en amarguras y en decepciones. El egoísmo bien comprendido sería la sabiduría suprema; la existencia perdería toda grandeza, toda dignidad. Las facultades más nobles, las tendencias más generosas del espíritu humano acabarían por marchitarse, por apagarse totalmente.
La negación de la vida futura suprime también toda sanción moral. Con ella, que sean buenos o malos, criminales o sublimes, todos los actos acaban con el mismo resultado. No hay compensaciones a las existencias miserables, a la oscuridad, a la opresión, al dolor; no hay más consuelo en la prueba, más esperanza para los afligidos. Ninguna diferencia espera, en el futuro, al egoísta que sólo vivió y a menudo a costa de sus semejantes, y el mártir o el apóstol que habrá sufrido, habrá sucumbido combatiendo por la emancipación y el progreso de la raza humana. La misma sombra servirá para ellos de mortaja.

Si todo acaba con la muerte, el ser no tiene ninguna razón para esforzarse, para contener sus instintos, sus gustos. Aparte de las leyes terrestres, nada puede retenerlo. El bien y el mal, el justo y el injusto también se confunden y se unen en la nada. Y el suicidio será siempre un medio de escapar de los rigores de las leyes humanas.
La creencia en la nada, al mismo tiempo que arruina toda sanción moral, deja irresoluto el problema de la desigualdad de las existencias, en lo que toca a la diversidad de facultades, de aptitudes, de situaciones, de méritos. En efecto, ¿por qué a unos todos los dones del espíritu y del corazón, los favores de la fortuna, mientras que tantos otros, tienen en reparto sólo pobreza intelectual, vicios y miseria? ¿Por qué, en la misma familia, los padres y los hermanos, nacidos de la misma carne y de la misma sangre, difieren en tantos puntos? Muchas cuestiones insolubles para los materialistas, así como para muchos creyentes. Estas cuestiones, vamos a examinarlas brevemente a la luz de la razón.

Continuará...

AMOR FRATERNAL