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miércoles, 5 de febrero de 2014

LIBRE ALBEDRIOY PROVIDENCIA

DESPUES DE LA MUERTE

León Denis

Capitulo XL

La cuestión del libre albedrío es una de las que más han preocupado a los filósofos y a los teólogos. Conciliar la voluntad, la libertad del hombre con el juego de las leyes naturales y con la voluntad divina ha aparecido tanto más difícil cuanto que la fatalidad ciega parecía pesar, a los ojos de la mayoría, sobre el destino humano. La enseñanza de los espíritus ha dilucidado el problema. La fatalidad aparente que siembra de males el camino de la vida no es más que la consecuencia de nuestro pasado, el efecto volviendo hacia la causa; es el cumplimiento del programa aceptado por nosotros antes de renacer, siguiendo los consejos de nuestros guías espirituales, para nuestro mayor bien y nuestra elevación.

En las capas inferiores de la creación, el ser se ignora aún. Sólo el instinto y la necesidad le conducen, y sólo en los tipos más evolucionados aparecen, como un pálido amanecer, los primeros rudimentos de las facultades. En la humanidad, el alma ha llegado a la libertad moral. Su juicio y su conciencia se desarrollan cada vez más, a medida que recorre su inmensa carrera. Colocada entre el bien y el mal, compara y escoge libremente. Esclarecida por sus decepciones y sus males en el seno de los sufrimientos es donde se forma su experiencia y donde se forja su fuerza moral.
El alma humana, dotada de conciencia y de libertad, no puede caer en la vida inferior. Sus encarnaciones se suceden hasta que ha adquirido estos tres bienes imperecederos, finalidad de sus prolongados trabajos: la bondad, la ciencia y el amor. Su posesión le emancipa para siempre de los renacimientos y de la muerte y le abre el acceso a la vida celestial.

Por el uso de su libre albedrío, el alma fija sus destinos y prepara sus goces y sus dolores. Pero nunca, en el transcurso de su carrera, en el sufrimiento amargo como en el seno de la ardiente lucha pasional, nunca le son rehusados los socorros de lo alto. Por poco que se abandone a sí misma, por indigna que parezca, en cuanto despierta su voluntad de emprender el camino recto, el camino sagrado, la Providencia le proporciona ayuda y sostén.
La Providencia es el espíritu superior, el ángel que vela sobre el infortunio, el consuelo invisible cuyos fluidos vivificadores sustentan a los corazones anonadados; es el faro encendido en la noche para salvación de los que vagan por la mar procelosa de la vida. La Providencia es, además y sobre todo, el amor divino vertiéndose a oleadas sobre la criatura. ¡Y cuánta solicitud, cuánta previsión hay en este amor! ¿No ha sido sólo para el alma, para que sirva de espectáculo a su vida y de teatro a sus progresos, para lo que ha suspendido los mundos en el espacio, para lo que ha encendido los soles, para lo que ha formado los continentes y los mares? Sólo para el alma se ha realizado esa gran obra, se combinan las fuerzas naturales y brotan los universos del seno de las nebulosas.

El alma ha sido creada para la felicidad; pero para apreciar esta felicidad en su valor, para conocer su importancia, debe conquistarla ella misma, y, para ello, desarrollar libremente las potencias que lleva en sí. Su libertad de acción y su responsabilidad crecen con su elevación, pues cuanto más se ilumina, más puede y debe conformar el juego de sus fuerzas personales con las leyes que rigen el universo.

La libertad del ser se ejerce en un círculo limitado, de un lado, por las exigencias de la ley natural, que no puede sufrir ninguna modificación, ningún desvío en el orden del mundo; de otro lado, por su propio pasado, cuyas consecuencias resaltan a través de las épocas hasta la reparación completa. En ningún caso el ejercicio de la libertad humana puede entorpecer la ejecución de los planes divinos; de lo contrario, el orden de las cosas sería turbado a cada instante. Por encima de nuestras opiniones limitadas y cambiantes, se mantiene y continúa el orden del universo. Somos casi siempre malos jueces en lo que significa para nosotros el verdadero bien; y si el orden natural de las cosas debiera doblegarse a nuestros deseos, ¿qué perturbaciones espantosas no resultaría de ello?

El primer uso que el hombre haría de una libertad absoluta sería apartar de sí todas las causas de sufrimiento y asegurarse desde aquí abajo una vida de felicidades. Ahora bien; si hay males a los que la inteligencia humana tiene el deber y posee los medios de conjurar y de destruir -por ejemplo, los que provienen del ambiente terrestre-, hay otros, inherentes a nuestra naturaleza moral, que sólo el dolor y la represión pueden domar y vencer: tales son nuestros vicios. En este caso, el dolor se convierte en una escuela, o, más bien, en un remedio indispensable, y los padecimientos soportables no son más que un reparto equitativo de la justicia infalible. Es, pues, nuestra ignorancia acerca de los fines perseguidos por Dios lo que nos hace renegar del orden del mundo y de sus leyes. Si los censuramos, es porque desconocemos sus resortes ocultos.
El destino es la resultante, a través de nuestras vidas sucesivas, de nuestros actos y de nuestras libres resoluciones. Más esclarecidos en el estado de espíritus con relación a nuestras imperfecciones, y preocupados por los medios de atenuarlos, aceptamos la vida material bajo la forma y en las condiciones que nos parecen propias para realizar este fin.


AMOR FRATERNAL

sábado, 3 de agosto de 2013

La crisis moral

Después de la muerte

León Denis

Capitulo VIII

Del examen precedente (ver Materialismo y Positivismo) resulta que dos sistemas contradictorios y enemigos se reparten el mundo del pensamiento. Nuestra época es, desde este punto de vista, una época de turbación y de transición. La fe religiosa se entibia, y las grandes líneas de la filosofía del porvenir no se aparecen aún más que a una minoría de los indagadores.
Ciertamente, la época en que vivimos es grande por la suma de los progresos realizados. La civilización moderna, poderosamente provista de medios, ha transformado la faz de la tierra, ha aproximado a los pueblos, suprimiendo las distancias. La instrucción ha sido difundida; las instituciones se han mejorado. El derecho ha reemplazado al privilegio, y la libertad triunfa del espíritu de rutina y del principio de autoridad. Una gran batalla se libra entre el pasado, que no quiere morir, y el porvenir, que se esfuerza por nacer a la vida. En favor de esta lucha, el mundo se agita y marcha; un impulso irresistible le guía, y, recorrido el camino, los resultados adquiridos nos hacen presagiar conquistas más maravillosas aún.
Sin embargo, si los progresos de orden material y de orden intelectual son notables, el avance moral es nulo. En este punto, el mundo parece más bien retroceder; las sociedades humanas, febrilmente absorbidas por las cuestiones políticas, por las empresas industriales y financieras, sacrifican al bienestar sus intereses morales.

Si la obra de la civilización se nos aparece bajo magníficos aspectos, como todas las cosas humanas, también presenta sombras. Sin duda, ha mejorado, en una cierta medida, las condiciones de la existencia, pero ha multiplicado las necesidades en fuerza de satisfacerlas; aguzando los apetitos y los deseos, ha favorecido al sensualismo y ha aumentado la depravación. El amor al placer, al lujo y a las riquezas se ha hecho cada vez más ardiente. Se quiere adquirir o se quiere poseer a toda costa.
 
De ahí esas especulaciones vergonzosas que se entablan en plena luz. De ahí ese decaimiento de los caracteres y de las conciencias, ese culto ferviente que se rinde a la fortuna, verdadero ídolo cuyos altares han reemplazado a los de las divinidades caídas.
La ciencia y la industria han centuplicado las riquezas de la humanidad; pero esas riquezas no han aprovechado directamente más que a una débil parte de sus miembros. La suerte de los insignificantes ha continuado siendo precaria, y la fraternidad tiene más bien su puesto en los discursos que en los corazones. En medio de las ciudades opulentas se puede aún morir de hambre. Las Fábricas, las aglomeraciones de obreros, centros de corrupción física y moral, han venido a ser como los infiernos del trabajo.
La embriaguez, la prostitución, el libertinaje difunden por todas partes sus venenos, empobrecen a las generaciones y agotan la fuente de la vida, en tanto que las hojas públicas siembran a porfía la injuria y la mentira y una literatura malsana excita los cerebros y debilita las almas.
 
Todos los días hace nuevos estragos la desesperanza; el número de suicidios que, en 1820, era de 1.500 en Francia, es ahora de más de 8.000. Ocho mil seres todos los años, faltos de energía y de sentido moral, desertan de las luchas fecundas de la vida y se refugian en lo que creen ser la nada. El número de crímenes y delitos se ha triplicado desde hace cincuenta años. Entre los condenados, la proporción de adolescentes es considerable. ¿Deben verse en este estado de cosas los efectos del contagio del ambiente, de los malos ejemplos recibidos desde la infancia, la falta de firmeza de los padres y la ausencia de educación en la familia? Hay todo eso y mucho más.
Nuestros males provienen de que, a pesar del progreso de la ciencia y del desenvolvimiento de la instrucción, el hombre se ignora aún a sí mismo. Sabe poco de las leyes del universo; no sabe nada de las fuerzas que están en él. El "conócete a ti mismo" del filósofo griego ha continuado siendo para la mayoría inmensa de los humanos una llamada estéril. Como no lo sabía hace veinte siglos, menos quizá, el hombre de hoy no sabe lo que es, de dónde viene, adónde va, cuál es el objeto real de la existencia. Ninguna enseñanza ha venido a proporcionarle la noción exacta de su papel en este mundo ni de sus destinos.
 
El espíritu humano flota, indeciso, entre las solicitaciones de dos potencias.
De un lado, las religiones, con su cortejo de errores y de supersticiones, su espíritu de dominación y de intolerancia, pero también con los consuelos de los cuales son el origen y los débiles resplandores que han conservado de las verdades primordiales.
Del otro lado, la ciencia, materialista en sus principios como en sus fines, con sus frías negaciones y su inclinación desmedida al individualismo, pero también con el prestigio de sus descubrimientos y de sus beneficios.
Y estas dos cosas, la religión sin pruebas y la ciencia sin ideal, se desafían, se acercan, se combaten sin poder vencerse, pues cada una de ellas responde a una necesidad imperiosa del hombre, la una hablando a su corazón, y la otra dirigiéndose a su espíritu y a su razón. Alrededor de ambas se acumulan las ruinas de numerosas esperanzas y de aspiraciones destruidas; los sentimientos generosos se debilitan, la división y el odio reemplazan a la benevolencia y a la concordia.
En medio de esta confusión de ideas, la conciencia ha perdido su camino.

Marcha, ansiosa, al azar, y, en la incertidumbre que pesa sobre ella, se velan el bien y lo justo. La situación moral de todos los desgraciados que se doblegan al peso de la vida se ha hecho intolerable entre dos doctrinas que no ofrecen como perspectiva a sus dolores, como término a sus males, más que la nada, una de ellas, y, la otra, un paraíso casi inaccesible o una eternidad de suplicios.
Las consecuencias de este conflicto se dejan sentir en todas partes, en la familia, en la enseñanza y en la sociedad. La educación viril ha desaparecido. Ni la ciencia ni la religión saben ya hacer las almas fuertes y bien armadas para los combates de la vida. La filosofía misma, al dirigirse solamente a algunas inteligencias abstractas, abdica sus derechos sobre la vida social y pierde toda influencia.
 
¿Cómo saldrá la humanidad de este estado de crisis? Sólo existe para eso un medio: hallar un terreno de conciliación donde las dos fuerzas enemigas, el sentimiento y la razón, puedan unirse para el bien y la salvación de todos. Porque todo ser humano lleva en sí esas dos fuerzas bajo el imperio de las cuales piensa y obra alternativamente. Su acuerdo proporciona a las facultades el equilibrio y la armonía, centuplica sus medios de acción y da a su vida la rectitud y la unidad de tendencias y de opiniones, en tanto que sus contradicciones y sus luchas producen en él el desorden. Y lo que se produce en cada uno de nosotros se manifiesta en la sociedad entera y causa la perturbación moral de la cual sufre aquélla.
Para poner fin a esto, es preciso que se haga la luz a los ojos de todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, hombres, mujeres y niños; es preciso que una nueva enseñanza popular venga a iluminar las almas acerca de su origen, de sus deberes y de su destino.
Porque todo estriba en eso. Sólo las soluciones formuladas por tal enseñanza pueden servir de base a una educación viril y tornar a la humanidad verdaderamente fuerte y libre. Su importancia es capital, tanto para el individuo, al que dirigirán en su tarea cotidiana, como para la sociedad, cuyas instituciones y relaciones regularizarán.

Continuará...

AMOR FRATERNAL

martes, 30 de julio de 2013

Materialismo y Positivismo - última parte

Después de la Muerte

León Denis

Capitulo VII

Con la convicción de que no hay nada más allá de la vida presente ni otra justicia que la de los hombres, cada uno puede decirse: ¿Para qué luchar y sufrir? ¿Para qué la piedad, el valor y la rectitud? ¿Para qué mortificarse y dominar los apetitos y los deseos? Si la humanidad está abandonada a sí misma, si no existe en ninguna parte un poder inteligente y equitativo que la juzgue, que la guíe y la sostenga, ¿qué socorro puede esperar? ¿Qué ayuda le hará menos pesada la carga de sus sufrimientos?
 
Si no hay en el universo razón, ni justicia ni amor; nada más que la fuerza ciega,  oprimiendo a los seres y a los mundos bajo el Jugo de una fatalidad sin pensamiento, sin alma y sin conciencia, entonces, el ideal, el bien, la belleza moral son otras tantas ilusiones y mentiras. No se trata ya de eso, sino de la realidad brutal; no es en el deber, sino en el placer donde el hombre debe ver la finalidad de la vida, y, para realizarla, debe pasar por encima de toda vana sentimentalidad.
Si venimos de la nada para volver a la nada; si la misma suerte, el mismo olvido espera al criminal y al sabio, al egoísta y al hombre abnegado; si, según las combinaciones de la casualidad, unos deben estar sujetos exclusivamente a la pena y otros al placer y al honor, entonces -es preciso atreverse a proclamarlo- la esperanza es una quimera; no hay ya consuelos para los afligidos ni justicia para las víctimas de la suerte. La humanidad camina, llevada por el movimiento del globo, sin finalidad, sin claridad, sin ley moral, renovándose por el nacimiento y por la muerte, dos fenómenos entre los cuales el ser se agita y pasa sin dejar más huella que una centella en la noche.


Bajo la influencia de tales doctrinas, la conciencia no tiene ya más que callarse y dejar su puesto al instinto brutal; el espíritu de cálculo debe suceder al entusiasmo, y el amor al placer reemplazar a las generosas aspiraciones del alma. Entonces, cada uno sólo pensará en sí. El disgusto de la vida y la idea del suicidio acudirán a frecuentar a los desgraciados. Los desheredados no sentirán más que odio hacia aquellos que poseen algo, y, en su furor, harán pedazos esta civilización grosera y material.
 
¡Pero no! El pensamiento, la razón se levantan y protestan contra esas doctrinas desoladoras. El hombre -nos dicen- no ha luchado, trabajado y sufrido para sumergirse en la nada; la materia no lo es todo; hay leyes superiores a ella, leyes de orden y de armonía, y el universo no es solamente un mecanismo inconsciente.

 
¿Cómo la materia ciega podría gobernarse por leyes inteligentes y sabias? ¿Cómo, desprovista de razón y de sentimiento, podría producir seres razonables y sensibles, capaces de discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto? ¡Cómo! ¿El alma humana es susceptible de amar hasta el sacrificio, el sentido de lo bello y del bien está grabado en ella y ella desciende a un elemento que no posee estas cualidades en ningún grado? Sentimos, amamos, sufrimos ¿y hemos de proceder de una causa que es sorda, inexorable y amoral? ¿Seríamos entonces más perfectos y mejores que ella?
Tal razonamiento es un ultraje a la lógica. No se puede admitir que la parte sea superior al todo, que la inteligencia pueda derivar de una causa ininteligente, que de una naturaleza sin finalidad puedan salir seres susceptibles de perseguir una finalidad.
El sentido común nos dice, por él contrario, que si la inteligencia y el amor al bien y a lo bello están en nosotros, es preciso que provengan de una causa que los posea en un grado superior. Si el orden se manifiesta en todas las cosas, si un plan se revela en el mundo, es que un pensamiento los ha elaborado, que una razón los ha concebido.
No insistamos en problemas cuyo examen hemos de reanudar más adelante, y hagamos referencia a una doctrina que tiene muchos puntos de contacto con el materialismo. Queremos hablar del positivismo.(1)

Esta filosofía, más sutil o menos franca que el materialismo, no afirma nada ni niega nada. Prescindiendo de todo estudio metafísico, de toda indagación de las causas primarias, establece que el hombre no puede saber nada acerca del principio de las cosas; por consiguiente, el estudio de las causas del mundo y de la vida sería superfluo. Todo su método se relaciona con la observación de los hechos comprobados por los sentidos y de las leyes que los rigen. No admite más que la experiencia y el cálculo.
Sin embargo, el rigor de este método ha tenido que doblegarse ante las exigencias de la ciencia, y el positivismo, como el materialismo, a pesar de su horror a la hipótesis, se ha visto obligado a admitir teorías no verificables por medio de los sentidos. Así es que razona sobre la materia y la fuerza, cuya íntima naturaleza le es desconocida; que admite la ley de atracción, el sistema astronómico de Laplace, la correlación de las fuerzas, cosas todas imposibles de demostrar experimentalmente.
Más aún: se ha visto al fundador del positivismo, Augusto Comte, después de haber eliminado todos los problemas religiosos y metafísicos, volver a las cualidades ocultas y misteriosas de las cosas y terminar su obra fundando el culto a la Tierra. Este culto tenía sus ceremonias y sus sacerdotes asalariados. Verdad es que los positivistas han renegado de tales aberraciones. No insistiremos sobre este punto, ni tampoco sobre el hecho de que Littré, el sabio eminente, el jefe venerado del ateísmo moderno, se hiciese bautizar en su lecho de muerte, después de haber aceptado las frecuentes visitas de un sacerdote católico. Tal retracción infligida a los principios de toda una vida, debe, no obstante, ser señalada. 

Estos dos ejemplos, dados por los maestros del positivismo, demuestran la impotencia de unas doctrinas que se desinteresan de las aspiraciones del ser moral y religioso. Prueban que no se funda nada con las negaciones y con la indiferencia; que, a pesar de todos los sofismas, llega una hora en la que el pensamiento del más allá se levanta ante los escépticos más empedernidos.
Sin embargo, no se puede desconocer que el positivismo ha tenido su razón de ser y ha proporcionado incontestables servicios al espíritu humano, al obligar a éste a estrechar cada vez más sus argumentos, a precisar sus teorías y a dar una parte más amplia a la demostración. Cansados de abstracciones metafísicas y de vanas discusiones de escuela, sus fundadores han querido colocar a la ciencia sobre un terreno sólido; pero la base escogida por ellos era tan estrecha, que a su edificio le faltó a la vez amplitud y solidez. Al querer restringir el dominio del pensamiento, aniquilaron las más hermosas facultades del alma; al rechazar las ideas de espacio, de infinito, de absoluto, quitaron a algunas ciencias -a las matemáticas, a la geometría, a la astronomía- toda posibilidad de desarrollarse y de progresar. Se vio este hecho significativo: en el campo de la astronomía estelar, ciencia proscripta por Augusto Comte como perteneciente al dominio de lo "incognoscible", es donde se ha realizado los mejores descubrimientos.


El positivismo se halla en la imposibilidad de proporcionar una base moral a la conciencia. El hombre, aquí abajo, no tiene sólo que ejercer derechos; tiene también deberes que cumplir; ésta es la condición esencial de todo arden social. Ahora bien; para cumplir con los deberes es preciso conocerlos, ¿y cómo conocerlos si se hace caso omiso de la finalidad de la vida, de los orígenes y de los fines del ser? ¿Cómo ponernos de acuerdo con las cosas, según la propia expresión de Littré, si prescindimos de explorar el dominio del mundo moral y el estudio de los hechos de la conciencia?
Con un propósito plausible, algunos pensadores materialistas y positivistas han querido fundar lo que han llamado la moral independiente, es decir, la moral fuera de toda concepción teológica, de toda influencia religiosa. Han creído encontrar en ello un terreno neutral donde todos los buenos espíritus podrían reunirse. Pero los materialistas no han reflexionado que negando la libertad hacían toda moral impotente y vana. Desprovisto de libertad, el hombre no es más que una máquina y una máquina no tiene para qué ser moral. Hubiera sido preciso también que la noción del deber fuera aceptada por todos para que fuese eficaz; y ¿sobre qué puede apoyarse la noción del deber en una teoría mecánica del mundo y de la vida?
 
La moral no puede ser tomada por base, por punto de partida. Es una consecuencia de los principios, la coronación de una concepción filosófica. Por esto es por lo que la moral independiente ha seguido siendo una teoría estéril, una ilusión generosa, sin influencia sobre las costumbres.
En su estudio atento y minucioso de la materia, las escuelas positivistas han contribuido a enriquecer ciertas ramas de los conocimientos humanos; pero han perdido de vista el conjunto de las cosas y las leyes superiores del universo. Al encerrarse en su dominio exclusivo, han imitado al minero que se sume cada vez más en las entrañas del suelo, descubre los tesoros ocultos y no ve el gran espectáculo de la naturaleza que se manifiesta bajo los rayos del sol.
Estas escuelas no han sido siquiera fieles a su programa, pues después de haber proclamado el método experimental como el único medio de llegar a la verdad, se las ha visto darse un mentís a sí mismas negando “a priori” todo un orden de fenómenos, de manifestaciones psíquicas que hemos de examinar. Conviene hacer notar que la ciencia positiva ha manifestado tanta incredulidad desdeñosa ante estos hechos que venían a echar por tierra sus teorías, como los hombres de iglesia más intolerantes.
El positivismo no puede ser considerado como la última etapa de la Ciencia. Ésta es progresiva por esencia, y sabrá completarse. El positivismo no es más que una de las formas temporales de la evolución filosófica. Los siglos no han sucedido a los siglos; las obras de los sabios y de los filósofos no han sido acumuladas para terminar en la teoría de lo "desconocible". El pensamiento evoluciona, se desenvuelve, y cada día penetra más adelante. Lo que era desconocido ayer, será conocido mañana. La marcha del espíritu humano no tiene término. Fijarle uno, es negar la ley del progreso, es desconocer la verdad.


AMOR FRATERNAL

lunes, 29 de julio de 2013

Materialismo y Positivismo - 2° Parte

Después de la Muerte

León Denis

El espíritu es más aún; es la fuerza oculta, la voluntad que gobierna y dirige a la materia -"Mens agitat molem"- y le da vida. Todas las moléculas, todos los átomos -hemos dicho- se agitan y se renuevan incesantemente. El cuerpo humano es como un torrente vital en el que las aguas suceden a las aguas. Cada partícula es reemplazada por otras partículas. El cerebro mismo está sometido a estos cambios, y nuestro cuerpo entero se renueva, en el transcurso de algunos años.
No puede decirse que el cerebro produce el pensamiento. No es más que el instrumento de él. A través de las modificaciones perpetuas de la carne, se mantiene nuestra personalidad, y, con ella, nuestra memoria y nuestra voluntad. Hay en el ser humano una fuerza inteligente y consciente que regula el movimiento armonioso de los átomos materiales según las necesidades de la existencia; un principio que domina a la materia y sobrevive a ella.
Lo mismo ocurre con las cosas consideradas en conjunto. El mundo material no es más que el aspecto exterior, la apariencia cambiante, la manifestación de una realidad substancial y espiritual que se encuentra dentro de él. Del mismo modo que el "yo" humano no está en la materia variable, sino en el espíritu, el "yo" del universo no está en el conjunto de los globos y de los astros que lo componen, sino en la Voluntad oculta, en la Potencia invisible e inmaterial que dirige sus secretos resortes y regula su evolución.
La ciencia materialista no ve más que un lado de las cosas. En su impotencia para determinar las leyes del universo y de la vida, después de haber proscrito la hipótesis, se ve obligada a volver a ella y a salir de la experiencia para dar una explicación de las leyes naturales. Esto es lo que ha hecho al tomar como base del mundo físico al átomo, que no cae bajo el dominio de los sentidos.
J. Soury, uno de los escritores materialistas más autorizados, no vacila en confesar esta contradicción en su análisis de los trabajos de Haeckel: "No podemos conocer nada -dice- de la constitución de la materia".
 
Si el mundo no fuese más que un compuesto de materia gobernado por la fuerza ciega, es decir, por la casualidad, no se veda esa sucesión regular y continua de los mismos fenómenos produciéndose según el orden establecido; no se vería esa adaptación inteligente de los medios al fin, esa armonía de las leyes, de las fuerzas, de las proporciones que se manifiesta en toda la naturaleza. La vida sería un accidente, un hecho de excepción y no de orden general. No se podría explicar esa tendencia, ese impulso que, en todas las edades del mundo, desde la aparición de los seres elementales, dirige la corriente vital, por progresos sucesivos, hacia formas cada vez más perfectas. Ciega, inconsciente, sin finalidad, ¿cómo podría la materia diferenciarse, desenvolverse en el plano grandioso cuyas líneas aparecen a todo observador atento? ¿Cómo podría coordinar sus elementos, sus moléculas de manera que formasen todas las maravillas de la naturaleza, desde las esferas que pueblan el espacio hasta los órganos del cuerpo humano, tan delicados, hasta en los insectos, hasta en el pájaro, hasta en la flor? ..
Los progresos de la geología y de la antropología prehistórica han arrojado vivas luces sobre la historia del mundo primitivo; pero es un error que los materialistas hayan creído encontrar en la ley de evolución de los seres un punto de apoyo, un auxilio para sus teorías. Una cosa esencial se desprende de estos estudios: la certidumbre de que la fuerza ciega no domina en ninguna parte de una manera absoluta. Por el contrario, es la inteligencia, la voluntad, la razón quienes triunfan y reinan. La fuerza brutal no ha bastado para asegurar la conservación y el desarrollo de las especies. De todos los seres, el que ha tomado posesión del globo y ha dominado a la naturaleza, no es el más fuerte, no es el mejor armado físicamente, sino el mejor dotado desde el punto de vista intelectual.
A partir de su origen, el mundo se encamina hacia un estado de cosas cada vez más elevado. La ley del progreso se afirma a través de los tiempos, en las transformaciones sucesivas del globo y en las etapas de la humanidad. Una finalidad se revela en el universo; una finalidad hacia la cual marcha todo, todo evoluciona -los seres como las cosas-; y esta finalidad es el Bien, es el Mejoramiento. La historia de la tierra es el testimonio de ello más elocuente.
 
Se nos objetará, sin duda, que la lucha, el sufrimiento y la muerte están en el fondo de todo. Responderemos que el esfuerzo, la lucha y el sufrimiento son las condiciones mismas del progreso. En cuanto a la muerte, no es la nada, como lo demostraremos más adelante, sino la entrada del ser en una fase nueva de evolución. Del estudio de la naturaleza y de los anales de la historia se deduce un hecho capital: hay una causa en todo cuanto existe. Para conocer esta causa, es preciso elevarse por encima de la materia hasta el principio intelectual, hasta la ley viviente y consciente que nos explica el orden del universo, como las experiencias de la psicología moderna nos explican el problema de la vida.

Se juzga, sobre todo, una doctrina filosófica por sus consecuencias morales, por los efectos que produce sobre la vida social. Consideradas desde este punto de vista, las teorías materialistas, basadas en el fatalismo, son incapaces de servir de móvil a la vida moral, de sanción a las leyes de la conciencia. La idea totalmente mecánica que dan del mundo y de la vida destruye la noción de libertad, y, por consiguiente, la de responsabilidad. Hacen de la lucha por la existencia una ley inexorable, en virtud de la cual los débiles deben sucumbir a los golpes de los fuertes, una ley que proscribe para siempre de la tierra el reinado de la paz, de la solidaridad y de la fraternidad humana. Al penetrar en los espíritus, no pueden conducir más que a la indiferencia y al egoísmo de los felices; a la desesperación y a la violencia de los desheredados; a la desmoralización a todos.
Sin duda, hay materialistas honrados y ateos virtuosos, pero no como consecuencia de una aplicación de sus doctrinas. Si lo son, es a pesar de sus opiniones y no a causa de ellas; por un impulso secreto de su naturaleza, y porque sus conciencias han sabido resistir a todos los sofismas. No resulta menos lógico que, al suprimir el libre albedrío, al hacer las facultades intelectuales y de las cualidades morales la resultante de combinaciones químicas, las secreciones de la sustancia gris del cerebro, al considerar al genio como una neurosis, el materialismo rebaja la dignidad humana y quita a la existencia todo carácter elevado.

Continuará...

AMOR FRATERNAL

sábado, 27 de julio de 2013

Materialismo y Positivismo

DESPUES DE LA MUERTE

León Denis
Capitulo VII



Como el Océano, el pensamiento tiene su flujo y su reflujo.
Cuando la humanidad penetra, desde cualquier punto de vista, en el dominio de las exageraciones, una reacción vigorosa se produce, tarde o temprano. Los excesos provocan excesos contrarios. Tras de siglos de sumisión y de fe ciega, el mundo, harto del sombrío ideal de Roma, se ha vuelto a lanzar hacia la doctrina de la nada. Las afirmaciones temerarias han dado lugar a negaciones furiosas. Se ha entablado el combate, y la piqueta del materialismo ha abierto una brecha en el edificio católico.
Las ideas materialistas ganan terreno. Al rechazar los dogmas de la Iglesia como inaceptables, un gran número de espíritus cultivados han desertado al mismo tiempo de la causa espiritualista y de la creencia de Dios. Apartando las concepciones metafísicas, han buscado la verdad en la observación directa de los fenómenos, en lo que se ha convenido en llamar el método experimental.

Pueden resumirse así las doctrinas materialistas: Todo es materia. Cada molécula tiene sus propiedades inherentes, en virtud de las cuales se ha formado el universo con los seres que contiene. La idea de un principio espiritual es una hipótesis. La materia se gobierna por sí misma, mediante leyes fatales y mecánicas; es eterna, pero sólo ella es eterna. Procedentes del polvo, nosotros volveremos al polvo. Lo que llamamos alma, el conjunto de nuestras facultades intelectuales, la conciencia, no es más que una función del organismo, y se desvanece cuando llega la muerte. "El pensamiento es una secreción del cerebro" -ha dicho Carl Vogt-; y el mismo autor añade: "Las leyes de la naturaleza son fuerzas inflexibles. No conocen la moral ni la benevolencia".

Si la materia es todo, ¿qué es entonces la materia? Los mismos materialistas no sabrían decirlo, pues la materia, en cuanto se la analiza en su esencia íntima, se escapa, desaparece y huye como un espejismo engañoso.
Los sólidos se cambian en líquidos; los líquidos, en gaseosos; más allá del estado gaseoso, se halla el estado radiante; luego, por refinamientos innumerables, cada vez más sutiles, la materia pasa al estado imponderable. Se convierte en esa sustancia etérea que llena el espacio, tan tenue que se la confundiría con el vacío absoluto, si la luz no la hiciese vibrar al atravesarla. Los mundos se bañan en sus olas como en las de un mar fluido.
 

Así, de grado en grado, la materia se pierde en un polvo invisible. Todo se resume en fuerza y movimiento.
Los cuerpos orgánicos o inorgánicos -nos dice la ciencia-, minerales, vegetales, animales, hombres, mundos, astros, no son más que agregaciones de moléculas, y estas mismas moléculas están compuestas de átomos separados unos de otros, en un estado de movimiento constante y de renovación perpetua.
El átomo es invisible, aun con la ayuda de los más potentes microscopios. Apenas puede ser concebido por el pensamiento: tan extrema es su pequeñez. Y estas moléculas, estos átomos se agitan, se mueven, circulan, evolucionan en torbellinos incesantes, en medio de los cuales las formas de los cuerpos no se mantienen sino en virtud de la ley de atracción.
Puede decirse, pues, que el mundo está compuesto de átomos invisibles, regidos por fuerzas inmateriales. La materia, en cuanto se la examina de cerca, se desvanece como el humo. No tiene más que una realidad aparente, y no puede ofrecernos ninguna base de certidumbre. No hay realidad permanente, no hay certidumbre más que en el espíritu. Sólo a él se revela el mundo en su unidad viviente y en su eterno esplendor. Sólo él puede gustar y comprender la armonía. En el espíritu es donde el universo se conoce, se refleja y se posee.

Continuará...

AMOR FRATERNAL