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sábado, 15 de febrero de 2014

Educación para la Muerte

J. Herculano Pires

Voy a acostarme para dormir. Mas puedo morir durante el sueño. Estoy bien, no tengo ningún motivo especial para pensar en la muerte en este momento. Ni para desearla. Mas la muerte no es una opción, ni una posibilidad. Es una certeza. Cuando el Jurado de Atenas condenó a Sócrates a la muerte al contrario de premiarlo, su mujer corrió afligida hacia la prisión, gritándole: “Sócrates, los jueces te condenaron a la muerte”. El filósofo respondió calmadamente: “Ellos también ya están condenados”. La mujer insistió en su desespero: “Mas es una sentencia injusta!” Y él le preguntó: “Preferirías que fuese justa?” La serenidad de Sócrates era el producto de un proceso educacional: la Educación para la Muerte. Es curioso señalar que en nuestro tiempo solo nos preocupamos de la Educación para la Vida. Nos olvidamos de que vivimos para morir. La muerte es nuestro fin inevitable. Mientras tanto, llegamos generalmente a ella sin la menor preparación. Las religiones nos preparan, bien o mal, para la otra vida. Y después que morimos encomiendan nuestro cadáver a los dioses, como si él no fuese precisamente aquello que dejamos en la Tierra al morir, el fardo inútil que no sirve para más nada.

Quien primero se preocupo por la Psicología de la Muerte y de la Educación para la Muerte, en nuestro tiempo, fue Allan Kardec. El realizó una pesquisa psicológica ejemplar sobre el fenómeno de la muerte. Por años consecutivos habló al respecto con los espíritus de los muertos. Y, considerando al sueño como hermano o primo de la muerte, investigó también a los espíritus de personas vivas durante el sueño. Esto porque, según verificara, los que duermen salen del cuerpo durante el sueño. Algunos salen y no vuelven: mueren. Llegó, con anticipación de más de un siglo, a esta conclusión a que las ciencias actuales también llegaran, con la misma tranquilidad de Sócrates, a la conclusión de Víctor Hugo: “Morir no es morir, sino solo mudarse”.

Las religiones podrían haber prestado un gran servicio a la Humanidad si hubiesen colocado el problema de la muerte en términos naturales. Mas, nacidas de la magia amamantadas por la mitología, solo hicieran complicar las cosas. La mudanza simple de que habló Víctor Hugo se transformó, en las manos de los clérigos y teólogos, en un pasaje dantesco por la selva selvaggia de la Divina Comedia. En las civilizaciones agrarias y pastorales, gracias a su contacto permanente con los procesos naturales, la muerte era encarada sin complicaciones. Los rituales suntuosos, los ceremoniales y sacramentos surgieran con el desenvolvimiento de la civilización, en el zarpe de la imaginación creadora. La mudanza se revistió de exigencias antinaturales, complicándose con la burocracia de los pasaportes, las recomendaciones, el tránsito sombrío en la barca de Caronte, los procesos de juicios seguidos de condenaciones tenebrosas y así por delante. Más tarde, para satisfacer el deseo de sobre vivencia, surgió la monstruosa arquitectura de la muerte, con mausoleos, pirámides, momificaciones, que permitían la ilusión del cuerpo conservado y de la permanencia ficticia del muerto sobre la tierra y de los gusanos. Morir, ya no era morir, sino metamorfosearse, volverse momia en los sarcófagos o terror maléfico en los misterios de la noche. Las momias, por lo menos, tuvieran utilidad posterior, como vemos en la Historia de la Medicina, sirviendo para los efectos curadores del polvo de momia. Y cuando las momias se acabaron, no encontrándose ninguna para remedio, surgieron los fabricantes de momias falsas, que suplían la falta del polvo milagroso. Los muertos socorrían a los vivos en la forma encantada del polvo de pirimpimpim.

Mucho antes de Augusto Comte, los médicos habían descubierto que los vivos dependían siempre y cada vez más de la asistencia y del gobierno de los muertos. De todo este embrollo resultó el pavor a la muerte entre los mortales. Actualmente los antropólogos pueden constatar, entre los pueblos primitivos, la aceptación natural de la muerte. 

El mayor pavor de la muerte proviene de la idea de soledad y oscuridad. Mas los teólogos creyeron que esto era poco y oficializaron las leyendas remotas del Infierno, del Purgatorio y del Limbo, a las que no escapan ni siquiera los niños muertos sin bautizar. De tal manera se aumentaron los motivos del pavor a la muerte, que llegó a significar deshonra y vergüenza. Para los judíos, la muerte se tornó la propia impureza. Los túmulos y los cementerios fueran considerados impuros. Los cenotafios, túmulos vacíos construidos en honor a los profetas, muestran bien esta aversión a la muerte. Cómo podrían ellos aceptar un Mesías que venía de Galilea de los Gentiles, donde el Palacio de Herodes fuera construido sobre tierra de cementerios? Cómo aceptar a este Mesías que murió en la cruz, vencido por los romanos impuros, que arrancara a Lázaro de la sepultura (ya hediondo) y lo hiciera su compañero en las lides sagradas del mesianismo?

Aún en nuestros días el respeto a los muertos está envuelto en una forma velada de repulsión y deprecio. La muerte transforma al hombre en cadáver, lo tacha del número de los vivos, le quita todas las posibilidades de acción y, por lo tanto, de significación en el medio humano. “El muerto está muerto”, dicen los materialistas y el populacho ignaro. El Papa Pablo VI declaró, y la prensa mundial lo divulgó en todas partes, que “existe una vida después de la muerte, mas no sabemos como ella es”. Esto quiere decir que la misma Iglesia nada sabe de la muerte, a no ser que muramos. La idea cristiana de la muerte, sustentada y defendida por las diversas iglesias, es simplemente aterradora. Los pecado-res al morir se ven enfrentados ante un Tribunal Divino que los condena a suplicios eternos. Los santos y los beatos no escapan a las condenas, no obstante la misericordia de Dios, que no sabemos cómo puede ser misericordioso con tanta impiedad. Los niños inocentes, que no han tenido tiempo de pecar, van hacia el Limbo misterioso y sombrío por la simple falta del bautismo.

Los criminales rudos, ignorantes y todo el grueso de la especie humana son atrapados en las garras de Satanás, un ángel caído que solo no encarna al mal porque no debe tener carne. Mas con dinero y la adoración interesada a Dios estas almas pueden ser perdonadas, de manera que solo para los pobres no habrá salvación, mas para los ricos el Cielo se abre al impacto de los tedéuns suntuosos, de las misas cantadas y de las gordas contribuciones para la Iglesia. Nunca se ha visto soberano más venal ni tribunal más injusto. La depreciación de la muerte generó el desabrido comercio de los traficantes del perdón y de la indulgencia divina. El vil dinero de los robos e injusticias terrenas consigue abrirse camino entre la Justicia Divina, de manera que el desprestigio de los muertos llega al máximo de la vergüenza. La felicidad eterna dependerá del relleno de los cofres dejados en la Tierra.

Frente a todo esto, el concepto de la muerte se tiznaba en las manos de los cambistas de la simonía, vaciándose en la incredulidad total, transformándose en el concepto de la nada, que Kant definió como concepto vacío. El muerto se pudre enterrado, perdió la riqueza de la vida, se volvió pasto de gusanos y su misteriosa salvación dependerá de las condiciones financieras de la familia terrena. El muerto es débil, un fracasado y un condenado, enteramente dependiente de los vivos en la Tierra.

El pueblo no comprende bien todo este cuadro de miserias en que los teólogos envolvieran a la muerte, mas siente el asco y el miedo de la muerte, introyectados en su consciencia por la farsa de los poderes divinos que lo amenazan desde la cuna al túmulo y más allá del túmulo. No será de admirarse que los padres y las madres, los parientes de los muertos se asusten y se desesperen frente al hecho irremisible de la muerte.
Jesús enseñó y probó que la muerte se resuelve en la Pascua de la resurrección, que ninguno muere, que todos tenemos el cuerpo espiritual y viviremos más allá del túmulo como vivos más vivos que los encarnados. Pablo de Tarso proclamó que el cuerpo espiritual es el cuerpo de la resurrección (Cáp. 12 de la primera Epístola a los Corintios), mas la permanente imagen del Cristo crucificado, de las procesiones absurdas del Señor Muerto, – herejía clamorosa –, las ceremonias de la Vía-Sacra y las imágenes aterradoras del Infierno Cristiano – más impío y brutal que los Infiernos del Paganismo – marcados a fuego en la mente humana a través de dos milenios, aplastan y envilecen al alma supersticiosa de los hombres.

No es de admirar que los teólogos actuales, divididos en varias corrientes de sofistas cristianos modernísimos, estén hoy proclamando, con una alegría liviana de debiluchos, la Muerte de Dios y el establecimiento del Cristianismo Ateo. Para estos nuevos teólogos, el Cadáver de Dios fue enterrado por el Loco de Nietsche, creación fantástica e infeliz del pobre filósofo que murió loco.
El clero cristiano, tanto católico como protestante, tanto del Occidente como del Oriente, perdió la capacidad de socorrer y consolar a los que se desesperan con la muerte de las personas amadas... En vano el Cristo enseñó que las monedas de César solo valen en la Tierra. Hace dos mil años estas monedas impuras vienen siendo aceptadas por Dios para el rescate de las almas condenadas. Quién podría, en sana consciencia, creer hoy en día en una Justicia Divina que funciona con el mismo combustible de la Justicia Terrena?... Los hombres prefieren jugar en la basura de sus almas, que Dios y el Diablo disputan no se sabe por qué.

AMOR FRATERNAL

jueves, 23 de enero de 2014

Los Vivos y los Muertos

EDUCACIÓN PARA LA MUERTE

J. Herculano Pires

Desconociendo la complejidad del proceso de la vida, el hombre terreno siempre se ha apegado, principalmente en las civilizaciones occidentales, al concepto negativo de la muerte como frustración total de todas las posibilidades humanas. No habrá ninguna novedad en la expresión sartreana que se propagó por toda la cultura moderna: “El hombre es una pasión inútil.” Fue siempre este el concepto del hombre en la cultura occidental, volcada exclusivamente hacia el inmediatismo. Sartre no revela ninguna perspicacia filosófica en este simple endoso cultural de una posición común del homo-faber ante lo inevitable de la muerte. Aunque en las civilizaciones orientales, impregnadas de misticismo, los hombres comunes nunca salieran de este plano inferior de la consideración de la muerte como destrucción pura y simple. La teoría de las almas viajeras, de Plotino, que substituyó en el Neo-Platonismo la teoría de la metempsicosis egipcia, no llegó a popularizarse. Las hipóstasis espirituales que estas almas flanquearan, después de la muerte, parecían fantásticas, oriundas apenas de la teoría platónica de los Mundos de las Ideas y del deseo instintivo de sobre vivencia que domina al hombre. Mas las pesquisas científicas de la naturaleza humana, particularmente en el campo de los fenómenos paranormales, llegaran a pruebas incontestables de la sobre vivencia del hombre después de la muerte. 

Esta sobre vivencia implica naturalmente la existencia de planos espirituales (las hipóstasis) en que la vida humana prosigue. El desenvolvimiento de la Física en nuestros días llevó a los científicos al descubrimiento de la anti-materia, de las dimensiones múltiples de un Universo que considerábamos apenas tridimensional, a la conquista de los anti-átomos y anti-partículas atómicas que pueden ser elaboradas en laboratorios, como han sido elaborados. La existencia de las hipóstasis ya no es más una suposición, mas una verdad comprobada. El cuerpo bioplásmico del hombre, como también el de los vegetales y de los animales, fue tecnológicamente comprobado. Los muertos no pueden ser más, considerados muertos. Lo que murió fue apenas el cuerpo carnal de estas criaturas, que Dios no creó como figuras de marionetas para un rápido pasaje por la Tierra. Sería extraño y hasta irónico que, en un Universo en que nada se pierde, que todo se transforma, el hombre fuese la única excepción perecedera, sujeto a desaparecer con su despojos. La mayor conquista de la evolución en la Tierra es el hombre, creado, según el consenso general, en la tradición de los pueblos más adelantados, hecho a imagen y semejanza de Dios. Qué extraña decisión habría llevado al Creador a negar a este ser la inmortalidad que confirió a todas las cosas y a todos los seres, desde los más inferiores y aparentemente inútiles? Habría una Economía en la Naturaleza que sería contrariada por esta medida de excepción. Hoy, la verdad se define, cada vez más comprobada e innegable, a nuestros ojos mortales: El hombre es inmortal. Al morir en la Tierra, se transfiere hacia los planos de materia más sutiles y rarefacta, en que continuará viviendo con más libertad y mayores posibilidades de realizaciones, ciertamente inconcebibles para quienes quedan en el plano terreno. El espíritu encarnado, que, luchando en el fondo de un océano de aire pesado, consigue hacer tantas cosas, por qué dejaría de actuar con más interés y visión elevada en un plano en que todo milita a su favor? Se engañan los que piensan en los muertos como muertos. Ellos están más vivos que nosotros, disponen de visión más penetrante que la nuestra, son criaturas más definidas que nosotros, y pueden vernos, visitarnos y comunicarse con nosotros con más facilidad y naturalidad. Será preciso que no nos olvidemos de este punto importante: los hombres son espíritus y los espíritus son nada más que hombres libertos de las órdenes de la materia. Cargamos un fardo, ellos ya lo contrabandearon de sus costillas. Tendremos que pensar en ellos como criaturas vivas y actuantes, como realmente lo son. Ellos no gustan de nuestras tristezas, mas se sienten felices con nuestra alegría. No quieren que pensemos en ellos de manera triste porque esto los entristece. Se encuentran en un mundo en que las vibraciones mentales son fácilmente perceptibles y desean que los ayudemos con pensamientos de confianza y alegría. No tenemos el derecho de perturbarlos con nuestras inquietudes terrenas, en general nacidas de nuestro egoísmo y de nuestro apego. Millones de manifestaciones de entidades superiores, de espíritus conocidos o no, mas siempre identificados, ocurren en el mundo continuamente, probando la sobre-vivencia activa de los que pasaran para el otro mundo y allá no nos olvidan.

Desde la época de las cavernas, de las construcciones lacustres, pasando por las veinte y tantas grandes civilizaciones que se sucedieran en la Historia, los muertos se comunican con los vivos y estos, generalmente, procuran instruirse con ellos. El intercambio es normal entre los dos mundos y una vastísima biblioteca fue producida por los sabios antiguos y modernos que estudiaran el problema y confirmaran la sobre-vivencia. Mas, en la proporción en que los métodos científicos se desenvolvieran, en la batalla de las Ciencias contra las supersticiones del pasado multimilenario, la aceptación general de esta verdad levantó mayores sospechas en el medio científico. Las raíces amargas de las religiones de la muerte, que vivieran siempre y viven aún hoy vampirizando el pavor de la muerte en todos los cuadrantes del planeta, crearon nuevas dificultades para el esclarecimiento del problema. Aún hoy, después de las pruebas exhaustivas, millones de veces confirmadas por los más respetables investigadores, nuestra cultura pretensiosamente rechaza la flagrante realidad y pesquisada fenomenología de todos los tiempos, como si ella no pasase de suposiciones inverificables.

Cuál sería la razón de esta actitud irracional frente a un problema tan grave, de la mayor importancia para la Teoría del Conocimiento y particularmente para la adecuación del pensamiento a la realidad, objetivo supremo de la Filosofía? Nuestra cultura ha sufrido hasta ahora de una especie de esquizofrenia catatónica, ignorando problemas esenciales y entregándose a agitar actividades pragmáticas. Como dice el refranero popular: “Gato escaldado le tiene miedo al agua fría.” 
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Si en el plano espiritual la posición asumida por los espíritus fuese la misma de los hombres, seríamos considerados como espíritus muertos. Porque el espíritu que se encarna en la Tierra, apartándose de la realidad viva del espíritu, es prácticamente sepultado en la carne. En los planos inferiores del mundo espiritual, apegados a la costra terrena, los espíritus inferiores que lo habitan se consideran como muertos en la carne, pues perdieran las prerrogativas del espíritu libre. Mas los espíritus que alcanzaran planos superiores comprenden esta inversión de posiciones y nos encaran como compañeros temporalmente apartados de su convivir, para fines del desenvolvimiento de sus potencialidades en las luchas terrenas. De esta manera, muertos y vivos somos todos. Nos alternamos en la Tierra y en el Espacio porque la ley de evolución exige nuestro mejoramiento continuo. Si en el plano espiritual los límites de nuestras posibilidades de aprendizaje se agotan, por falta de desenvolvimiento de los potenciales anímicos, retornamos a las duras experiencias terrenas. La reencarnación es una exigencia de nuestro atraso evolutivo, como la siembra de la semilla en la tierra es la exigencia básica de su germinación y de su crecimiento. Así, nacimiento y muerte son fenómenos naturales de la vida, que no deberemos confundir con desgracia o castigo. Solo los hombres matan para vengarse o cobrar deudas afectivas. Dios no mata, crea. Al sembrar las monadas en los planetas habitables, no lo hace para matarnos, sino para que podamos germinar y crecer como la hierba de los campos. La monada sería la centella del pensamiento divino que encierra en sí, como la semilla del vegetal, todo el esquema de la vida y de la forma humana que de ella nacerá en el seno de los elementos vitales de la carne. Los materialistas creen que el esperma y el óvulo ocultan en sí mismos todas las energías creadoras del hombre. Mas los progresos actuales de la genética animal y de la genética humana los despertarán para que comprendan la existencia de un mecanismo oculto en el semen, del cual depende la propia fecundidad de este. Podríamos decir que Dios no trabaja con cosas, sino con leyes. Las pesquisas parapsicológicas revelaron que el pensamiento es la energía más poderosa de que podemos disponer. Esta energía no se desgasta en el tiempo ni en el espacio, no está sujeta a las leyes físicas, ni respeta las barreras físicas. Es la única energía conocida que puede operar en las distancias ilimitadas del Cosmos. Si pudiéramos verificar esto en las experiencias telepáticas, de transmisión de pensamientos entre las distancias espaciales y temporales que todas las demás energías no consiguen vencer, deberemos pensar en el poder infinito del pensamiento creador de Dios. Mas el orgullo humano se alimenta de su propia ignorancia y prefiere colocarse sobre la propia Divinidad. Por esto el científico soviético Vassiliev no aceptó la teoría de Rhine – la naturaleza extra-física del pensamiento – y procedió a una experiencia en la Universidad de Leningrado para demostrar lo contrario. Mas no obtuvo las pruebas que deseaba y se limitó a contestarle a Rhine con argumentos, declarando simplemente que el pensamiento se constituye de una energía física desconocida. Hasta ahora, ni en el más allá, para donde la muerte lo transfirió, su rebeldía, no ha conseguido la refutación deseada.

Este es un episodio típico de la lucha de los negativistas contra la innegable realidad de la naturaleza espiritual del hombre. Otro ejemplo importante fue el del filósofo Bertrand Russell, que ante el avance científico actual, declaró: “Hasta ahora las leyes físicas no han sido afectadas.” Como no lo fueran, si toda la concepción física del mundo se transformara al contrario de lo que era, revelando la inconsistencia de la materia, su permeabilidad, la existencia de la anti-materia y la posibilidad científicamente probada de la comunicación de los muertos? Bastaría esto para demostrar que la Física envejecida de medio siglo atrás llevó a Einstein a exclamar: “El materialismo murió asfixiado por falta de materia”. Famoso físico americano, posando el brazo sobre la mesa, dijo: “Mi brazo sobre esta mesa es apenas una sombra sobre otra sombra."
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AMOR FRATERNAL

jueves, 8 de agosto de 2013

De los lugares frecuentados por los Espíritus

El libro de los Médiums
Allan Kardec

Capitulo IX

132. Las manifestaciones espontáneas que se han producido en todos los tiempos, y la persistencia de algunos Espíritus en dar señales ostensibles de su presencia en algunas localidades, son el origen de la creencia en los lugares frecuentados por aquéllos. A las preguntas dirigidas con este objeto se nos ha contestado del modo siguiente: 

1. ¿Los Espíritus sólo se apasionan de las personas o se aficionan también a las cosas?
  • Esto depende de su elevación. Ciertos Espíritus pueden aficionarse a los objetos terrestres; los avaros, por ejemplo, que ocultaron sus tesoros y que nos están bastante desmaterializados, puede aún vigilarlos y guardarlos.
2. ¿Los Espíritus errantes tienen lugares de predilección? 
  • Esto reconoce el mismo principio. Los Espíritus que no tienen apego a la Tierra van a donde encuentran simpatías; vienen aquí atraídos más bien por las personas que por las cosas materiales; sin embargo los hay que, momentáneamente, pueden tener una preferencia por ciertos lugares, pero estos son generalmente Espíritus inferiores.
3. Una vez que el apego de los Espíritus por una localidad, es una señal de inferioridad ¿es igualmente una prueba de que son malos Espíritus?
  • Seguramente que no; un Espíritu puede estar poco adelantado sin ser malo. ¿No sucede lo mismo entre los hombres?
4. La creencia de que los Espíritus frecuentan con preferencia las ruinas, ¿tiene algún fundamento?
  • No; los Espíritus van a estos parajes como a todas partes; pero la imaginación, afectada por el aspecto lúgubre de ciertos lugares, atribuye a su presencia lo que muchas veces sólo es un efecto muy natural. ¡Cuántas veces el miedo ha hecho tomar la sombra de un árbol por un fantasma, el grito de un animal o el soplo del viento por alma en pena! Los Espíritus quieren la presencia de los hombres; por esta razón buscan con preferencia los parajes habitados que los lugares aislados.
– Sin embargo, según lo que sabemos de la diversidad de caracteres de los Espíritus, debe haber entre ellos misántropos que deben preferir la soledad.
  • Por eso no he contestado de una manera absoluta a la pregunta; he dicho que pueden ir a los lugares desiertos lo mismo que por todas partes, y es muy evidente que los que quieren estar retirados es porque les gusta; pero esto no es una razón para que las ruinas sean forzosamente sus lugares predilectos; porque ciertamente hay muchos más en las ciudades y palacios que en el fondo de los bosques.
5. Las creencias populares tienen en general un fondo de verdad, ¿cual puede ser el origen de los lugares frecuentados por los Espíritus?
  • El fondo de verdad es la manifestación de los Espíritus, en la cual el hombre ha creído en todo tiempo por instinto, pero, como he dicho, el aspecto de los lugares lúgubres afecta su imaginación, y, naturalmente, coloca en ellos los seres que mira como sobrenaturales. Esta creencia, que mira como supersticiosa, se conserva por las narraciones de los poetas y los cuentos fantásticos que se oyen desde la infancia.
6. ¿Los Espíritus que se reúnen tienen para esto días y horas de predilección?
  • No; los días y las horas son los registros del tiempo para uso de los hombres y para la vida corporal, pero para nada sirven a los Espíritus; no lo necesitan ni le hacen caso.
7. ¿Cuál es el origen de la idea que los Espíritus vienen con preferencia durante la noche?
  • La impresión producida sobre la imaginación por el silencio y la obscuridad. Todas estas creencias son supersticiones que el conocimiento razonado del Espiritismo debe destruir. Lo mismo sucede con respecto a los días y las horas que se cree serles más propicias; creedlo, a no dudar, que la influencia de media noche sólo ha existido en los cuentos.
–Siendo así, ¿por qué ciertos Espíritus anuncian su venida y sus manifestaciones para dicha hora y para días determinados, como por ejemplo del viernes?
  • Estos son Espíritus que se aprovechan de la credulidad y se divierten. Por la misma razón los hay de ellos que dicen ser el diablo o se dan nombres infernales. Mostradles que no sois un juguete y no volverán.
8. ¿Los Espíritus vienen con preferencia a la tumba en que descansa su cuerpo?
  • El cuerpo sólo fue un vestido; no piensan ya en la envoltura que les hizo sufrir como al prisionero sus cadenas. Sólo dan importancia a las personas que les son queridas.
–¿Las oraciones que se hacen sobre sus tumbas, le son, acaso, más agradables, y les traen allí con preferencia a otra parte?
  • La oración es una evocación que atrae a los Espíritus, bien lo sabéis. La oración tiene tanta más acción cuanto más ferviente y más sincera es; pero ante una tumba venerada se está más recogido, y la conservación de las reliquias piadosas es un testimonio de afección para el Espíritu, y al cual es siempre sensible. El pensamiento es el que obra siempre sobre el Espíritu y no los objetos materiales; estos objetos tienen más influencia sobre aquel que ruega fijando en ellos su atención, que sobre el Espíritu.
9. Según eso, ¿la creencia en los lugares frecuentados por los Espíritus no parece absolutamente falsa?
  • Hemos dicho que ciertos Espíritus pueden ser atraídos por las cosas materiales; pueden serlo por ciertos lugares que parece eligen para domicilio, hasta que cesan las circunstancias que les conducían a ellos.
–¿Cuáles son las circunstancias que pueden conducirles allí?
  • Su simpatía por algunas de las personas que los frecuentan o el deseo de comunicarse con ellas. Sin embargo, sus intenciones no son siempre tan laudables; cuando son Espíritus malos pueden querer ejercer una venganza sobre ciertas personas de las que tienen quejas. La permanencia en un lugar determinado puede ser también, para algunos, un castigo que se les ha impuesto, sobre todo si han cometido en él algún crimen, a fin de que tengan constantemente este crimen ante los ojos.
10. Los lugares frecuentados por los Espíritus ¿lo son siempre por los antiguos habitantes de estas moradas?
  • Algunas veces, pero no siempre, porque si el antiguo habitante es un Espíritu elevado, no se acordará ya de su habitación terrestre, como tampoco de su cuerpo. Los Espíritus que frecuentan ciertos lugares no tienen muchas veces otros motivo que el del capricho, a menos que no sean atraídos a ellos por su simpatía hacia ciertas personas.
– ¿Pueden fijarse en ellos con la mira de proteger a una persona o a su familia?
  • Seguramente, si son buenos Espíritus; pero en este caso nunca manifiestan su presencia por cosas desagradables.
11. ¿Hay algo de real en la historia de la dama Blanca?
  • Es un cuento formado de mil hechos que son verdaderos.
12. ¿Es racional el temer los lugares frecuentadores por los Espíritus?
  • No; los Espíritus que visitan ciertos lugares y arman en ellos ruido, más bien procuran divertirse a costa de la credulidad y del miedo que hacer mal. Por lo demás figuraos que hay Espíritus en todas partes, y que donde estéis lo tenéis sin cesar a vuestro lado, aun en las casas más pacíficas. Frecuentan muchas veces ciertas habitaciones, porque encuentran en ellas ocasiones de manifestar su presencia.
13. ¿Hay algún medio de expulsarlo?
  • Sí, y lo más a menudo lo que se hace para esto, los atrae en lugar de alejarlos. El mejor medio de echar a los Espíritus malos es el atraer a los buenos. Atraed, pues, a los buenos Espíritus haciendo el mayor bien posible, y los malos se irán; porque el bien y el mal son incompatibles. Sed siempre buenos, y no tendréis más que buenos Espíritus a vuestro lado.
–¿Hay, sin embargo, personas muy buenas que son el blanco de los enredos de los Espíritus malos?
  • Si estas personas son realmente buenas, puede ser que esto sea una prueba par ejercitar su paciencia y excitarles a ser todavía mejores; pero creed bien que no son los más virtuosos los que más hablan de la virtud. El que posee cualidades reales las ignora muchas veces él mismo o no habla de ellas.
14. ¿Qué creeremos en cuanto a la eficacia del exorcismo para echar los Espíritus malos de los lugares que frecuentan? 
  • ¿Habéis visto muchas veces que este medio haya tenido resultados? Por el contrario, ¿no habéis visto redoblar la zambra y el ruido después de las ceremonias del exorcismo? Es que se divierten cuando se les toma por el diablo.
  • Los Espíritus que no vienen con mala intención pueden también manifestar su presencia por el ruido y aun haciéndose visibles, pero nunca hacen ruido que incomode. Estos son muchas veces Espíritus que sufren y que podéis aliviar rogando por ellos; otras veces son Espíritus benévolos que quieren probaros que están cerca de vosotros, o en fin Espíritus ligeros que juguetean. Como los que turban el reposo por el rugido, son casi siempre Espíritus que se divierten, lo que mejor puede hacerse es reírse; ellos se cansarán si ven que no consiguen asustar ni impacientar. (Véase el capítulo V “Manifestaciones físicas espontáneas”).
Resulta de las referidas explicaciones que hay Espíritus que se aficionan a ciertas localidades y dan a ellas la preferencia, pero que no tienen por esto necesidad de manifestar su presencia por efectos sensibles. Un lugar cualquiera puede ser la morada forzada o predilecta de un Espíritu, aún malo, sin que se haya producido en él ninguna manifestación.
Los Espíritus que se aficionan a las localidades o a las cosas materiales, no son jamás Espíritus superiores, pero sin ser superiores pueden no ser malos y no tener ninguna mala intención; algunas veces son comensales más útiles que dañosos, porque si se interesan por las personas, pueden protegerlas.

AMOR FRATERNAL

lunes, 8 de julio de 2013

Espíritus felices

El Cielo y el Infierno

o la Justicia Divina según el Espiritismo

Allan Kardec

Capitulo II

El Sr. Jobard
Director del museo industrial de Bruselas, nacido en Bissey (Haute-Marne), muerto en Bruselas de un ataque de apoplejía fulminante el 27 de octubre de 1861, a la edad de 60 años.
El Sr. Jobard era presidente honorario de la sociedad espiritista de París, la cual se proponía evocarle en la sesión del 8 de noviembre, cuando él se adelantó a este deseo, dando espontáneamente la comunicación siguiente:  
  • “Heme aquí, ya que me ibais a evocar, y puesto que desde luego quiero manifestarme a este médium, por cuyo conducto hasta ahora lo he buscado en vano.
  • “Voy a contaros mis impresiones en el momento de la separación de mi alma. He sentido un sacudimiento inaudito, me he acordado de repente de mi nacimiento, mi juventud, mi edad madura. Toda mi vida se ha reflejado claramente en mi memoria. No experimentaba más que un deseo piadoso de encontrarme en las regiones reveladas por nuestra querida creencia. Luego, todo este cúmulo de cuestiones se ha aplacado.
  • “Era libre y mi cuerpo yacía inerte. ¡Ah, mis queridos amigos! ¡Qué placer embriagador el despojarse de la pesadez del cuerpo! ¡Qué arrobamiento causa el abarcar el espacio! No creáis, sin embargo, que de repente sea ya un elegido del Señor, no. Estoy entre los espíritus que, habiendo aprendido un poco, deben todavía aprender mucho. No he tardado en acordarme de vosotros, mis hermanos de destierro, y os aseguro que os he cobijado con toda mi simpatía y dirigido todos mis fervientes votos hacia vosotros.
  • “¿Queréis saber cuáles son los espíritus que me han recibido? ¿Cuáles han sido mis impresiones? Amigos míos, han sido todos aquellos que evocamos, todos los hermanos que han participado de nuestros trabajos. He visto el esplendor, pero no puedo describirlo. Me he dedicado a discernir la verdad en las comunicaciones. Me he preparado a enmendar todas las aserciones erróneas, y a ser, en fin, el defensor de la verdad en el otro mundo, como lo he sido en el vuestro.” 
Jobard

1. En vuestra vida, nos suplicasteis que os llamáramos cuando dejaseis la Tierra. Nosotros lo hacemos, no solamente para acceder a vuestro deseo, sino, sobre todo, para renovar el testimonio de nuestra muy viva y sincera simpatía, y también en interés de nuestra instrucción, porque, mejor que nadie, estáis en disposición de darnos noticias precisas sobre el mundo en que os encontráis. Nos daréis el mayor gusto si nos complacéis respondiendo a nuestras preguntas.
R. Por ahora, lo que más importa es vuestra instrucción. En cuanto a vuestra simpatía, ya la veo, y no la percibo tan sólo por el sentido auditivo, lo que constituye un gran progreso.
 
2. Para fijar nuestras ideas y no hablar vagamente, os preguntamos desde luego en qué sitio estáis aquí, y cómo os veríamos si pudiésemos veros.
  • R. Estoy cerca del médium. Me veríais bajo la apariencia del Jobard que se sentaba a vuestra mesa, porque vuestros ojos mortales, no abiertos, no pueden ver los espíritus sino bajo su apariencia mortal.

3. ¿Tendríais la posibilidad de haceros visible para nosotros, y si no lo podéis, qué es lo que se opone a ello?
  • R. La disposición que es del todo personal. Un médium vidente me vería, los otros no me ven.

4. Este sitio es el que ocupabais en vuestra vida, cuando asistíais a nuestra sesiones, sitio que os hemos reservado. Los que os han visto en él, deben figurarse veros en el mismo tal como erais entonces. Si no estáis ahí con vuestro cuerpo material, estáis con vuestro cuerpo fluídico, que tiene la misma forma. Si no os vemos con los ojos del cuerpo, os vemos con los del pensamiento. Si no podéis comunicaros por la palabra, podéis hacerlo por la escritura por medio de un intérprete. Nuestras relaciones, pues, no están de ningún modo interrumpidas por vuestra muerte, y podemos conversar con tanta facilidad y precisión como en otro tiempo. ¿No es verdad que es así?
  • R. Sí, y lo sabéis desde mucho tiempo. Este sitio lo ocuparé a menudo, y aun sin saberlo vosotros, porque mi espíritu habitará entre vosotros. Llamamos la atención sobre esta última frase: “Mi espíritu habitará entre vosotros.” En la circunstancia presente no es una figura, sino una realidad. Por el conocimiento que el Espiritismo nos da de la naturaleza de los espíritus, se sabe que un espíritu puede estar entre nosotros, no sólo con el pensamiento, sino con su persona, con ayuda de su cuerpo etéreo que hace de aquél una individualidad distinta. Un espíritu puede, pues, habitar entre nosotros después de la muerte, tan bien como cuando vivía su cuerpo, y mejor aún, pues puede ir y volver cuando quiere. Así es que tenemos una porción de comensales invisibles, los unos indiferentes, los otros que nos son adictos por el afecto. A estos últimos es a quienes, sobre todo, se aplica estas palabras: “Habitan entre nosotros” y que puede traducirse así: Nos asisten, nos inspiran y nos protegen.

5. No hace mucho tiempo que estabais sentado en este mismo sitio. ¿Os parecen extrañas las condiciones con las cuales estáis en él ahora? ¿Qué efecto os produce este cambio?
  • R. Estas condiciones no me parecen extrañas, porque mi espíritu desencarnado goza de una claridad que no deja en la sombra ninguna de las cuestiones que vislumbra.

6.Os acordáis de haberos hallado en este mismo estado antes de vuestra última existencia, y encontráis en él alguna cosa cambiada?
  • R. Me acuerdo de mis existencias anteriores y encuentro que he mejorado. Veo y me asimilo lo que veo. En tiempo de mis precedentes encarnaciones, mi espíritu perturbado no percibía más que claros terrestres.

7. ¿Os acordáis de vuestra penúltima existencia, de la que precedió al Sr. Jobard?
  • R. En mi penúltima existencia, era un obrero mecánico, carcomido por la miseria y el deseo de perfeccionar mi trabajo. He realizado, siendo Jobard, los sueños del pobre obrero, y alabo a Dios, cuya bondad infinita ha hecho germinar la planta, cuyo germen había colocado en mi cerebro.

8. ¿Os habéis comunicado ya en otra parte?
  • R. Muy poco me he comunicado todavía. En muchos parajes, otro espíritu ha tomado mi nombre. Algunas veces estaba cerca de él, sin poder hacerlo directamente. Mi muerte es tan reciente, que estoy sujeto aún a ciertas influencias terrestres. Es preciso que haya más perfecta simpatía para que pueda apreciar mi pensamiento. Dentro de poco obraré indistintamente. Ahora no lo puedo todavía, os lo repito. Cuando un hombre algo conocido muere, se le llama en todas partes. Mil espíritus se apresuran a revestir su individualidad, y esto es lo que ha acontecido en cuanto a mí en muchas circunstancias. Os aseguro que después de que se adquiere la libertad, pocos son los espíritus que pueden comunicarse, aunque sea con un médium privilegiado.

9. ¿Veis a los espíritus que están aquí con nosotros?
  • R. Veo, sobre todo, a Lázaro y a Erasto. Después, más alejado, al Espíritu de Verdad, cerniéndose en el espacio. Luego una porción de espíritus amigos que os rodean, solícitos y benévolos. Sed dichosos, amigos, porque buenas influencias impiden las calamidades del error.

l0. En vuestra vida participabais de la opinión que ha sido emitida sobre la formación de la Tierra por incrustación de cuatro planetas, que se unieron en un solo conjunto ¿Estáis todavía en esta misma creencia?
  • R. Es un error. Los nuevos descubrimientos geológicos prueban las convulsiones de la Tierra y su formación sucesiva. La Tierra, como los otros planetas, ha tenido su vida propia, y Dios no ha tenido necesidad de este gran desorden, o de esta agregación de planetas. El agua y el fuego son los únicos elementos orgánicos de la Tierra.

11. Pensabais también que los hombres podían entrar en catalepsia durante un tiempo ilimitado, y que el género humano ha sido traído de este modo a la Tierra.
  • R. Ilusión de mi imaginación, que se iba siempre más allá del objeto. La catalepsia puede ser larga, pero no indeterminada. Tradiciones, leyendas aumentadas por la imaginación oriental. Amigos míos, he sufrido ya mucho repasando las ilusiones con que he alimentado a mi espíritu. No os engañéis con ellas. Había aprendido mucho, y lo puedo afirmar, mi inteligencia, dispuesta a apropiarse estos vastos y diversos estudios. Había conservado de mi última encarnación el amor a lo maravilloso y al conjunto sacado de las imaginaciones populares.
  • Poco me he ocupado todavía de las cuestiones puramente intelectuales en el sentido en que lo tomáis. ¿Cómo lo podría hacer, deslumbrado, absorto como estoy por el maravilloso espectáculo que me rodea? El lazo del Espiritismo, más poderoso que lo que vosotros, como hombres, podéis concebir, puede sólo atraer mi ser hacia esta Tierra que abandono, no con alegría, lo que sería una impiedad, sino con el profundo reconocimiento de la libertad. 
En la suscripción abierta por la sociedad para socorros de los obreros de Lyon, en febrero de 1862, un miembro dio 50 francos, 25 por su propia cuenta y 25 en nombre del Sr. Jobard. Este último dictó a este objeto la comunicación siguiente:
  • "Tengo el mayor placer y reconocimiento porque mis hermanos espiritistas no me han olvidado."
  • "Gracias al corazón generoso que os ha traído la ofrenda, la misma que yo hubiese dado si hubiera habitado aún vuestro mundo. En éste en que habito ahora no hay necesidad de moneda. Me ha sido, pues, necesario sacar de la bolsa de la amistad, para dar pruebas materiales de que estaba conmovido por el infortunio de mis hermanos de Lyon. Bravos trabajadores que ardientemente cultiváis la viña del Señor, es preciso que creáis que la caridad no es una palabra vana, puesto que pequeños y grandes os han mostrado simpatía y fraternidad. ¡Estáis en la gran vía humanitaria del progreso! ¡Quiera Dios manteneros en ella, para que podáis ser más y más dichosos, los espíritus amigos os sostendrán triunfantes!"
  • “Empiezo a vivir tranquilamente, más pacífico y menos turbado por las evocaciones que como lluvia caían sobre mí. La moda reina también entre los espíritus. Cuando la moda Jobard pase y dé lugar a otra, entraré en la nada del olvido humano. Suplicaré entonces a mis amigos formales, entendiendo por formales aquellos cuya inteligencia no olvida, que me evoquen. Entonces profundizaremos cuestiones tratadas demasiado superficialmente, y vuestro Jobard, transfigurado del todo, podrá seros útil, lo que desea de todo corazón.”
Jobard 

Después de los primeros tiempos consagrados a tranquilizar a sus amigos, el Sr. Jobard se ha colocado entre los espíritus que trabajan activamente en la renovación social, esperando su próxima vuelta entre los vivos, para tomar con ellos en la misma una parte más directa.
Desde esta época ha dado a menudo a la sociedad de París, de la que continúa siendo miembro, comunicaciones de una incontestable superioridad, sin desistir de la originalidad y de los graciosos arranques que formaban el fondo de su carácter, y le dan a conocer antes de que haya puesto su firma.


AMOR FRATERNAL

miércoles, 26 de junio de 2013

¿Como debemos recordar a quienes han partido para el mundo espiritual?

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

Capitulo VI: VIDA ESPIRITISTA

IX.- Conmemoración de los difuntos. Funerales

320. ¿Son sensibles los Espíritus al recuerdo de quienes los amaron en la Tierra?
  • Mucho más de lo que podéis creer. El recuerdo se suma a su felicidad, si son dichosos. Y si son desgraciados, es para ellos un alivio.
321. El día de la conmemoración de los difuntos, ¿tiene algo de más solemne para los Espíritus? ¿Se preparan para venir a visitar a aquellos que deben ir a orar sobre sus despojos?
  • Los Espíritus acuden al llamado del pensamiento, así en ese día como en los otros.
321 a. Esa jornada ¿representa para ellos una cita junto a las sepulturas?
  • En tal fecha son allí más numerosos, porque hay más personas que les llaman. Pero cada cual sólo vienen por sus amigos y no por la multitud de los que le son indiferentes.
321 b. ¿Bajo qué forma acuden allí, y cómo les veríamos si pudieran hacerse visibles?
  • Bajo la forma que se les conoció en vida.
322. Los Espíritus olvidados, cuyas tumbas nadie va a visitar ¿acuden a ellas a pesar de esto, y se acongojan al comprobar que ningún amigo les recuerda?
  • ¿Qué les importa la Tierra? Sólo están ligados a ella por el corazón. Si no está allí el amor, nada más hay que retenga al Espíritu: todo el Universo tiene por delante.
323. La visita a la tumba ¿da al Espíritu mayor satisfacción que una plegaria íntima?
  • La visita a la tumba constituye un modo de demostrar que se piensa en el Espíritu ausente. Es la imagen de él. Ya os dije que la oración santifica el acto del recuerdo. Poco importa el lugar en que se pronuncie, si se lo hace con el corazón.
324. Los Espíritus de las personas a quienes se erigen estatuas o monumentos ¿asisten al acto de inauguración de los mismos, y los ven con placer?
  • Muchos concurren, cuando pueden hacerlo, pero son menos sensibles al honor que se les rinde que al recuerdo que se les dispensa.
325. ¿De dónde puede venir a ciertas personas el deseo de ser sepultadas en determinado sitio más bien que en otro? ¿Vuelven a él con mejor voluntad después de su muerte? Y esa importancia concedida a algo material ¿constituye un signo de inferioridad en el Espíritu?
  • Afección del Espíritu por ciertos lugares: inferioridad moral. Para un Espíritu elevado ¿qué significa un rincón de la Tierra más que otro? ¿No sabe que su alma se reunirá con quienes ama, aun cuando sus huesos estén lejos?
325 a. La reunión de los despojos mortales de todos los miembros de una sola familia ¿debe considerarse como una cosa fútil?
  • No: es una costumbre piadosa y un testimonio de simpatía hacia aquellos a quienes se amó. Si bien esa reunión importa poco a los Espíritus, es útil a los hombres, porque los recuerdos se concentran mejor.
326. Al retornar a la vida espiritual ¿es sensible el alma a los honores que se tributan a sus despojos mortales?
  • Cuando el Espíritu ha llegado a cierto grado de perfección no tiene ya vanidad terrestre y comprende la futilidad de todas esas cosas. Pero debes saber que abundan los Espíritus que, en los primeros momentos posteriores a su muerte material, experimentan gran satisfacción con los honores que se les rinden, o les disgusta la indiferencia con que tratan su envoltura, porque conservan todavía algunos de los prejuicios de la Tierra.
327. ¿Está presente el Espíritu en su funeral?
  • Con mucha frecuencia concurre, pero a veces no se da cuenta de lo que sucede, si se halla aún en estado de turbación.
327 a. ¿Le halaga la asistencia de personas a su entierro?
  • Más o menos, según sea el sentimiento que a esas personas mueva.
328. El Espíritu que acaba de desencarnar ¿va a las reuniones de sus herederos?
  • Casi siempre. Dios así lo quiere, para su propia instrucción y para castigo de los culpables. Allí juzga lo que valían las solemnes declaraciones de los deudos. Para el Espíritu, todos los sentimientos de los asistentes están a la vista, y la desilusión que experimenta al comprobar la rapacidad de aquellos que están repartiéndose sus despojos le ilumina acerca de sus sentimientos: mas a ellos, también, ya les llegará su turno.
329. El respeto instintivo que el hombre, en todos los tiempos y en la totalidad de los pueblos, demuestras sentir por los difuntos ¿es efecto de la intuición que tiene de la vida futura?
  • Es su consecuencia natural. A no ser por ello, ese respeto no tendría sentido. 

AMOR FRATERNAL

lunes, 24 de junio de 2013

Recuerdo de la existencia corporal

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

Capitulo VI: VIDA ESPIRITISTA


304. ¿Se acuerda el Espíritu de su existencia corporal?
  • Sí, es decir que, habiendo vivido muchas veces como hombre, rememora lo que ha sido, y te aseguro que a veces se ríe de compasión de sí mismo.
Así como un hombre que ha alcanzado la edad de la razón ríe de las locuras de su juventud o de las puerilidades de su infancia.
 
305. El recuerdo de la vida corporal ¿se presenta al Espíritu de una manera completa y súbita, después de la muerte?
  • No, le vuelve poco a poco, como algo que va saliendo de la bruma, y a medida que fija en él su atención.
306. El Espíritu ¿recuerda en detalle todos los acontecimientos de su vida, abarcando el conjunto de ella de una mirada retrospectiva?
  • Rememora las cosas en virtud de las consecuencias que han tenido sobre su estado como Espíritu. Pero, como comprenderás, hay circunstancias de su vida a las que no concede la menor importancia, y de las cuales no trata ni siquiera de acordarse.
306 a. ¿Podría recordarlas si lo quisiera?
  • Puede memorar los detalles e incidentes más pormenorizados, ya sea de los sucesos y también de sus pensamientos. Pero no lo hace cuando ello no reviste utilidad.
306 b. ¿Entrevé el objetivo de la vida terrena con relación a la existencia futura?
  • Seguramente que lo ve y lo comprende mucho mejor que en su vida de encarnado. Entiende la necesidad de purificación para llegar al infinito y sabe que en cada existencia se va despojando de algunas impurezas.
307. ¿Cómo vuelve a representarse la vida pasada en la memoria del Espíritu? ¿Es quizá por un esfuerzo de su imaginación, o como un cuadro que tenga ante los ojos?
  • Lo uno y lo otro. Todos los hechos que le interesa recordar están como presentes para él. Los demás permanecen más o menos en la vaguedad del pensamiento, u olvidados por completo. Cuanto más desmaterializado se halle, tanto menos importancia concederá a las cosas materiales. Tú evocas a menudo a un Espíritu errante que acaba de dejar la Tierra y que no se acuerda de los nombres de las personas a quienes amaba, ni de muchos pormenores que a ti se te antojan importantes. Él se preocupa poco de éstos, que caen en el olvido. De lo que se acuerda muy bien es de los hechos principales que le ayudan a mejorarse.
308. ¿Recuerda el Espíritu todas las existencias que precedieron a la última que acaba de abandonar?
  • Todo su pasado se desarrolla ante él, así como las etapas que el viajero ha recorrido. Pero –lo hemos dicho ya-, no tiene presentes de una manera absoluta la totalidad de los hechos. Sólo los recuerda en virtud de la influencia que han tenido sobre su actual estado de Espíritu. En cuanto a las primeras existencias, aquellas que se pueden considerar como la infancia del Espíritu, se pierden en el vacío, desapareciendo en la noche del olvido.
309. ¿Cómo considera el Espíritu al cuerpo que acaba de dejar?
  • Como una ropa inadecuada, que le molestaba, y de la cual está dichoso de haberse desembarazado.
309 a. ¿Qué sentimiento le hace experimentar la vista de su cuerpo en descomposición?
  • Casi siempre de indiferencia, como una cosa que ha dejado de interesarle.
310. Al cabo de cierto lapso, ¿reconoce el Espíritu los huesos, u otros objetos que la han pertenecido?
  • A veces. Depende del punto de vista más o menos elevado desde el cual contemple las cosas terrenales.
311. El respeto que se profesa por las cosas materiales que pertenecieran al Espíritu, ¿llama su atención sobre esos objetos, y ve tal respeto con placer?
  • El Espíritu se siente siempre dichoso por el recuerdo que de él se tiene. Las cosas que conservamos de él avivan su recuerdo en nosotros, pero es el pensamiento el que lo atrae hacia vosotros, y no tales objetos.
312. ¿Conservan los Espíritus la memoria de los sufrimientos que han soportado durante su última existencia corporal?
  • Con frecuencia la conservan, y ese recuerdo les hace sentir mejor el precio de la felicidad de que pueden disfrutar como Espíritus.
313. El hombre que ha sido afortunado en la Tierra ¿lamenta sus goces perdidos al dejar este mundo?
  • Sólo los Espíritus inferiores pueden sentir nostalgia por placeres que están de acuerdo con lo impuro de su naturaleza, y que ellos expían mediante sus padecimientos. Para los Espíritus elevados, la felicidad eterna es mil veces preferible a los efímeros goces de la Tierra. Así como el adulto, que desdeña aquello que hacia las delicias de su niñez.
314. Aquel que había iniciado importantes tareas con una finalidad útil, y las ve interrumpidas por la muerte, ¿deplora en el otro mundo haberlas dejado inconclusas?
  • No, porque sabe que otros están destinados a terminarlas. Por el contrario, trata de influir sobre algunos Espíritus encarnados en el sentido de que las continúen. Su meta en la Tierra era el bien de la humanidad, y esa meta sigue siendo la misma en el Mundo de los Espíritus.
315. El que al desencarnar dejó trabajos artísticos o literarios, ¿conserva hacia sus obras el amor que les profesaba en vida?
  • Según su elevación, las juzga desde otro punto de vista, y a menudo censura lo que más admiraba.
316. ¿Se interesa todavía el Espíritu por los trabajos que se realizan en la Tierra en pro del adelanto de las artes y ciencias?
  • Depende de su elevación, o de la misión que tal vez deba cumplir. Lo que a vosotros os parece magnífico es con frecuencia muy poca cosa para ciertos Espíritus. Lo admiran, de la manera que el sabio podría admirar la obra de un escolar. Examinan lo que puede probar la elevación de los Espíritus encarnados y sus progresos.
317. Después de la muerte ¿conservan los Espíritus el amor a la patria?
  • Sigue siendo el mismo principio: para los Espíritus elevados la patria es el Universo. La Tierra es el lugar donde tienen mayor número de personas que les son simpáticas.
La situación de los Espíritus y su modo de ver las cosas varían hasta lo infinito, en virtud de su grado de desarrollo moral e intelectivo. Los Espíritus de un orden elevado sólo permanecen en la Tierra, por lo general, durante cortos períodos. Todo lo que en ella se realiza es tan mezquino, si se le compara con las grandezas del infinito, las cosas a que los hombres otorgan más importancia son tan pueriles a los ojos de los Espíritus, que éstos encuentran pocos motivos de atracción aquí, a menos que hayan sido llamados a nuestro mundo para cooperar al progreso del género humano. Los Espíritus de un orden medio vienen con más frecuencia a la Tierra, aunque consideran las cosas desde un punto de vista más elevado que durante la encarnación. Los Espíritus vulgares, en cambio, son en cierto modo permanentes entre nosotros y constituyen la masa de la población circundante del Mundo Invisible. Han conservado más o menos las mismas ideas, gustos e inclinaciones que tenían bajo su envoltura corpórea. Se suman a nuestras reuniones y se mezclan en nuestros asuntos y diversiones, en los que desempeñan parte más o menos activa, según sea en cada caso su carácter. No pudiendo satisfacer sus pasiones, gozan con los que se entregan a ellas y los incitan a hacerlo.
Pero entre ellos los hay más serios, que miran y observan con el propósito de instruirse, de perfeccionarse.
 
318. ¿Se modifican las ideas de los Espíritus en el Mundo Espiritual?
  • Mucho. Experimentan grandísimas modificaciones, a medida que el Espíritu se va desmaterializando. Puede a veces permanecer largo tiempo con las mismas ideas, pero poco a poco disminuye la influencia de la materia y ve las cosas con más claridad. Entonces busca los medios para mejorarse.
319. Puesto que el Espíritu ya ha vivido la vida espírita antes de su encarnación, ¿a qué debe su asombro al reingresar en el Mundo de los Espíritus?
  • Es sólo el efecto de los primeros momentos y de la turbación que sigue al despertar. Más tarde se recobra perfectamente, conforme le vuelve el recuerdo del pasado y se va borrando la impresión de la idea terrena.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL