miércoles, 3 de julio de 2013

Si hubiese sido un hombre de bien, hubiera muerto

El Evangelio según el Espiritismo

Allan Kardec

Capitulo V: BIENAVENTURADOS LOS AFLIGIDOS

22. Decís muchas veces, cuando habláis de un hombre malvado que escapa de un peligro: "Si hubiese sido un hombre de bien, hubiera muerto". ¡Pues bien! cuando decís esto, decís la verdad, porque, efectivamente, muchas veces sucede que Dios da a un espíritu, joven aun en el camino del progreso, una prueba más larga que a uno bueno, logrando éste como una recompensa debida a su mérito que su prueba sea todo lo corta posible. Así, pues, cuando os servís de ese axioma, no sospecháis que estás diciendo una blasfemia.
 
Si muere un hombre de bien que tiene por vecino a un perverso, os apresuráis a decir: "Mucho mejor hubiera sido que se hubiese muerto éste". Os engañáis mucho, porque el que se va, concluyó su tarea, y el que queda, puede muy bien ser que aun no la haya empezado. ¿Por qué quisiérais, pues, que el malo no tuviese tiempo de acabarla, y que el otro quedase estacionado en la tierra? ¿Qué diríais del preso que hubiese concluido su condena y se le retuviera en la cárcel mientras se diese libertad al que no la hubiere concluido? Sabed, pues, que la verdadera libertad consiste en desprenderse de los lazos del cuerpo, y que tanto tiempo como estéis en la tierra estáis en el cautiverio.

Acostumbráos a no vituperar lo que vosotros no podéis comprender, y creed que Dios es justo en todas las cosas; muchas veces lo que os parece un mal, es un bien; pero vuestras facultades son tan limitadas, que el conjunto de lo grande se substrae a vuestros sentidos obtusos. Esforzáos en salir con el pensamiento de vuestra estrecha esfera, y a medida que os elevéis, la importancia de la vida material disminuirá a vuestros ojos, porque sólo os parecerá un incidente de la duración infinita de vuestra existencia espiritual, la sola verdadera existencia. (Fenelón. Sens, 1861).


Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

Muertes prematuras

El Evangelio según el Espiritismo

Allan Kardec

Capitulo V: BIENAVENTURADOS LOS AFLIGIDOS

21. Cuando la muerte viene a segar en vuestras familias llevándose sin contemplación a los jóvenes antes que a los viejos, decís muchas veces: "Dios no es justo, puesto que sacrifica al fuerte y lleno de esperanza, para conservar a los que han vivido muchos años llenos de desengaños; puesto que se lleva a los que son útiles y deja a los que no sirven para nada; puesto que destroza el corazón de una madre, privándole de la inocente criatura que constituye toda su alegría".
 
Humanos, en este caso es cuando debéis elevaros por encima de las pequeñeces de la vida terrestre para comprender que el bien está muchas veces en donde vosotros creéis ver la ciega fatalidad del destino. ¿Por qué medís la justicia divina por el valor de la vuestra? ¿Podéis pensar que el Señor de los mundos quiera por un simple capricho, imponeros penas crueles? Nada se hace sin un fin inteligible, y cualquier cosa que suceda, todas tienen su razón de ser. Si escudriñáseis mejor todos los dolores que os atormentan, encontraríais siempre la razón divina, razón regeneradora, y vuestros miserables intereses serían una consideración secundaria que dejaríais para el último proyecto.

Creedme; la muerte a los veinte años es preferible a esos desarreglos vergonzosos que desolan familias honradas, rompen el corazón de una madre, y, antes de tiempo, hacen encanecer a los padres. La muerte prematura es muchas veces un gran beneficio que Dios concede al que se va, y que de este modo queda preservado de las miserias de la vida, o de las seducciones que pudiera haberle arrastrado a su pérdida; el que muere en la flor de la edad, no es víctima de la fatalidad, sino que Dios juzga que le es útil el que no esté más tiempo en la tierra.
Es una terrible desgracia, decís vosotros, que una vida tan llena de esperanza, haya sido interrumpida. ¿De qué esperanza queréis hablar? ¿De las de la tierra, la que de él que se va hubiera podido brillar, hacer su carrera y su fortuna? ¡Siempre esas miras mezquinas que no pueden elevaros sobre la materia! ¿Sabéis vosotros cuál hubiera sido la suerte de esa vida tan llena de esperanza, según vosotros? ¿Quién os ha dicho que no hubiera sido llena de amargura? Entonces, para nada contáis las esperanzas de la vida futura, cuando preferís las de la vida efímera que arrastráis en la tierra? ¿Pensáis, según esto, que vale más tener un rango entre los hombres, que entre los espíritus bienaventurados?

Regocijáos, en vez de quejaros, cuando Dios quiere llevarse a uno de sus hijos de ese valle de miserias. ¿Acaso no es egoísmo el desear que se quede sufriendo con vosotros? ¡Ah! este dolor se concibe en el que no tiene fe y que ve en la muerte una separación eterna. Pero vosotros, espiritistas, vosotros sabéis que el alma vive mejor desembarazada de su envoltura corporal; madres, vosotras sabéis que vuestros hijos muy queridos, están cerca de vosotras, sí, están muy cerca, sus cuerpos fluídicos os rodean, sus pensamientos os protegen, vuestro recuerdo los embriaga de alegría, pero también vuestros dolores infundados les afligen, porque denotan falta de fe y son contra la voluntad de Dios.
Vosotros que comprendéis la vida espiritual, escuchad los latidos de vuestro corazón llamando a esos seres queridos y estimados, y si rogáis a Dios para bendecirles, sentiréis en vosotros esos consuelos poderosos que secan las lágrimas, y esas aspiraciones prestigiosas que os enseñarán el porvenir prometido por el Soberano Señor.
(Sansón, antiguo miembro de la Sociedad Espiritista de Paris. 1863).


Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

martes, 2 de julio de 2013

Fatalidad

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

Libro Tercero: LEYES MORALES
Capitulo IX: LEY DE IGUALDAD

851. ¿Existe una fatalidad en los acontecimientos de la vida, según el sentido que se da a esta palabra? Es decir, todos los sucesos que se producen ¿son determinados de antemano? En tal caso, ¿qué es del libre albedrío?
  • La fatalidad sólo existe por la elección que ha hecho el Espíritu, al encarnar, aceptando afrontar tal o cual prueba. Al escogerla, se traza una especie de destino, que es la consecuencia misma de la situación en que se encuentra. Estoy hablando de las pruebas físicas, porque en lo que toca a las pruebas morales y a las tentaciones, el Espíritu, al conservar su libre albedrío respecto del bien y el mal, es siempre dueño de ceder o resistir. Un Espíritu bueno, viéndole flaquear, podrá acudir en su ayuda, pero no puede influir sobre él de manera de adueñarse de su voluntad. Un Espíritu malo, esto es, inferior, mostrándole y exagerándole un peligro físico puede conmoverlo y espantarlo. Pero la voluntad del Espíritu encarnado no deja por ello de estar libre de todo impedimento.
852. Hay personas a quienes parece perseguir una fatalidad, independientemente de su manera de obrar. ¿Está la desgracia en su destino?
  • Se trata quizá de pruebas que deben soportar y que han elegido. Pero una vez más achacáis al destino lo que casi siempre es sólo una consecuencia de vuestra propia falta. En medio de los males que te afligen; trata de que tu conciencia sea pura y te sentirás casi consolado.
Las ideas, justas o falsas, que nos formamos acerca de las cosas nos hacen triunfar o fracasar, según nuestro carácter y posición social. Encontramos más sencillo y menos humillante para nuestro amor propio atribuir nuestros fracasos a la mala suerte o al destino antes que a nosotros mismos. Si la influencia de los Espíritus contribuye a ellos en ocasiones, podemos siempre sustraernos a ese influjo rechazando las ideas que nos sugieran, cuando éstas sean malas.
 
853. Algunas personas se salvan de un riesgo mortal para caer enseguida en otro. Pareciera como si no pudiesen escapar a la muerte. ¿No hay en esto una fatalidad?
  • Sólo es fatal, en el genuino sentido de la palabra, el instante de la muerte. Cuando ese momento ha llegado, bien sea por un medio o por otro, no podéis sustraeros a ella.
853 a. Así pues, cualquiera fuere el peligro que nos amenace, ¿no moriremos si no nos ha llegado la hora?
  • No, no perecerás. Y tienes de ello miles de ejemplos. Pero cuando la hora de tu partida haya sonado, nada podrá impedirla. Dios sabe por anticipado con qué clase de muerte te irás de la Tierra, y con frecuencia lo sabe también tu Espíritu, porque le es revelado cuando opta por tal o cual existencia.
854. De la infalibilidad de la hora de la muerte, ¿se podrá inferir que las precauciones que adoptemos para evitarla sean inútiles?
  • No, por cuanto las precauciones que tomáis os son sugeridas con miras a evitar una muerte que se cierne sobre vosotros. Constituyen uno de los medios para que no ocurra.
855. ¿Qué se propone la Providencia cuando nos hace correr riesgos que no tendrán consecuencia para nosotros?
  • Cuanto tu vida se ve puesta en peligro, se trata de una advertencia que tú mismo has deseado a fin de desviarte del mal y hacerte mejor. Si escapas a ese riesgo y te encuentras aún bajo la influencia del peligro que has corrido, piensas con mayor o menor intensidad –según sea la acción más o menos poderosa de los buenos Espíritus- en mejorarte. Pero, si interviene el Espíritu malo (y digo malo sobreentendiendo el mal que todavía reside en él), piensas que podrás librarte en la misma forma de otros peligros y permites que tus pasiones se desencadenen de nuevo. Mediante los riesgos a que os veis sometidos os recuerda Dios cuán débiles sois y la fragilidad de vuestra existencia. Si examinamos la causa y la índole del peligro, veremos que casi siempre sus consecuencias hubieran sido el castigo de una falta cometida o de un deber descuidado. Dios os advierte de este modo para que reflexionéis y os enmendéis.
856. ¿Conoce de antemano el Espíritu el tipo de muerte por el que debe perecer?
  • Sabe que la clase de vida que escogió lo expone a morir de tal manera más bien que de tal otra. Pero conoce asimismo las luchas que habrá de sostener para evitarlo, y que, si Dios lo permite, no sucumbirá.
857. Hay hombres que afrontan los peligros de las batallas con la persuasión de que no ha llegado su hora. ¿Tiene esa confianza algún fundamento?
  • Muy a menudo el hombre tiene el presentimiento de su fin, como puede también tenerlo de que no morirá todavía. Ese presentimiento le viene de sus Espíritus protectores, los cuales quieren advertirle que se mantenga preparado para partir, o que levantan su coraje en los momentos en que más lo necesita. También puede provenirle de la intuición que tenga de la existencia que eligió, o de la misión que ha aceptado y que sabe deberá cumplir.
858. ¿A qué se debe que aquellos que presienten su muerte la teman, por lo general, menos que los otros?
  • El que teme la muerte es el hombre y no el Espíritu. Y el que la presiente, piensa más como Espíritu que como hombre. Comprende su liberación, y la aguarda.
859. Si la muerte no puede evitarse cuando ha de llegarnos, ¿sucede lo mismo con todos los accidentes que sufrimos en el transcurso de la vida?
  • Son con frecuencia cosas lo bastante insignificantes para que podamos preveniros de ellas, y en ocasiones hacer que las evitéis dirigiendo vuestro pensamiento. Porque no nos agrada el sufrimiento material. Pero esto es poco importante para la vida que habéis elegido. Realmente, la fatalidad sólo consiste en la hora en que debéis aparecer en la Tierra y la hora en que tenéis que marcharos de ella.
859 a. ¿Hay hechos que deban por fuerza suceder y que la voluntad de los Espíritus no pueda evitar?
  • Sí, pero que tú, en el estado de Espíritu, has visto y presentido cuando hiciste tu elección. Mas no vayas a creer que cuanto sucede esté ya escrito, como dicen. Un acontecimiento suele ser a menudo la consecuencia de algo que tú has realizado mediante un acto de tu libre voluntad, de manera que si tú no hubieras hecho eso no se habría operado aquel acontecimiento. Si te quemas un dedo, se trata del resultado de tu imprudencia y también de la condición de la materia. Sólo los grandes dolores, los sucesos importantes, que pueden influir sobre lo moral, han sido previstos por Dios, porque resultan útiles para tu instrucción y purificación.
860. ¿Puede el hombre, por su voluntad y por sus actos, hacer que ciertos acontecimientos que debían suceder no ocurran, y a la inversa?
  • Le es posible, si esa desviación aparente puede ajustarse a la vida que ha escogido. Por otra parte, para hacer el bien, como debe serlo y en cuanto es ese el único objetivo de la existencia, puede impedir el mal, sobre todo aquel que pudiera contribuir a un mal mayor.
861. El hombre que comete un homicidio ¿sabía, al elegir su vida, que se convertiría en criminal?
  • No. Conocía que al optar por una existencia de luchas había posibilidades para él de dar muerte a un semejante, pero ignoraba si lo haría, porque casi siempre hay en el hombre deliberación antes de cometer el crimen. Ahora bien, el que delibera sobre algo es en todos los casos libre de hacerlo o de no hacerlo. Si el Espíritu supiera por anticipado que, ya en su condición de hombre, debía ser autor de un homicidio, estaría entonces predestinado a ello… Y sabed que no hay nadie que se halle predestinado al crimen, y que todo asesinato, como cualquier otro acto, es siempre el resultado de la voluntad y del libre albedrío.
Por otro lado, confundís continuamente dos cosas muy diversas: los sucesos materiales de la existencia y los actos de la vida moral. Si en ocasiones hay fatalidad, es en esos acontecimientos materiales cuya causa está fuera de vosotros y que son independientes de vuestra voluntad. En cuanto a los actos de la vida moral, ellos emanan siempre del hombre mismo, que en todos los casos tiene, por tanto, la libertad de elegir. Para esos actos, pues, no hay jamás fatalidad.
 
862. Existen personas a las cuales nada sale bien y a quienes un genio malo parece perseguir en todas sus empresas. ¿No se puede llamar a esto fatalidad?
  • Es fatalidad, si quieres denominarla así, pero resulta de la elección de la clase de existencia, porque tales personas han querido ser probadas mediante una vida de desilusiones, a fin de ejercitar su paciencia y su resignación. No obstante, no creas que esa fatalidad sea absoluta. Es a menudo el resultado del camino erróneo que han tomado y que no está en relación con su inteligencia y aptitudes. El que quiere cruzar a nado un río y no sabe nadar tiene muchas posibilidades de ahogarse. Así sucede en la mayoría de los acontecimientos de la vida. Si el hombre sólo iniciara empresas que estuviesen en relación con sus facultades, casi siempre obtendría buenos resultados. Lo que le pierde es su amor propio y su ambición, que lo desvían de su senda y le hacen tomar por una vocación lo que en realidad es el deseo de satisfacer ciertas pasiones. Fracasa y tiene la culpa, pero en lugar de atribuírselo a sí mismo prefiere acusar de ello a su mala estrella. Uno que hubiese sido un buen operario y que se hubiera ganado honradamente la vida, sería en cambio un mal poeta y moriría de inanición. Para todo el mundo habría lugar si cada cual supiera ocupar el que le corresponde.
863. Las costumbres sociales ¿no obligan muchas veces a un hombre a seguir un camino equivocado, y no está él sometido al contralor del qué dirán cuando escoge sus ocupaciones? Eso que llamamos respeto humano ¿no es un obstáculo para el ejercicio del libre arbitrio?
  • Los hombres crean las costumbres sociales, no Dios. Y si a ellas se someten es porque les conviene, lo cual constituye un acto más de su libre albedrío, puesto que si lo desearan podrían liberarse de ellas. Entonces, ¿por qué se quejan? No deben acusar a las costumbres sociales, sino a su tonto amor propio, que les lleva a preferir morirse de inanición antes que apartarse de ellas. Nadie les toma en cuenta ese sacrificio que realizan en pro del qué dirán, en tanto que Dios sí les tomará en cuenta el sacrificio que hagan de su vanidad. Esto no significa que haya que desafiar sin necesidad al qué dirán, como hacen ciertas personas, que tienen más extravagancia que verdadera filosofía. Es tan desatinado dar motivo a que lo señalen a uno con el dedo o lo miren cual si se tratara de un ser exótico, como prudente descender por propia voluntad y sin murmurar cuando no puede uno mantenerse en lo alto de la escala.
864. Si hay personas a las cuales la suerte parece ser contraria, otras en cambio dan la impresión de verse favorecidas por ella, por cuanto todo les sale bien. ¿A qué se debe esto?
  • Con frecuencia es porque estas últimas saben hacer mejor las cosas. Pero también puede tratarse de una clase de pruebas. El buen éxito las embriaga, se confían a su destino y muchas veces pagan más tarde esos mismos triunfos mediante crueles reveses, que con prudencia hubieran podido evitar.
865. ¿Cómo explicar la suerte que favorece a algunas personas en circunstancias en que no intervienen de ningún modo ni la voluntad ni la inteligencia: en el juego, por ejemplo?
  • Ciertos Espíritus han escogido de antemano determinados tipos de placer. La suerte que se les muestra propicia constituye una tentación. El que como hombre gane, perderá como Espíritu. Es una prueba para su orgullo y su codicia.
866. Así pues, la fatalidad que pareciera presidir los destinos materiales de nuestra vida, ¿sería también un efecto de nuestro libre albedrío?
  • Tú mismo has elegido tu prueba. Cuanto más ruda sea y mejor la soportes, tanto más te elevarás. Aquellos que pasan su vida en medio de la abundancia y de la dicha humana son Espíritus cobardes que permanecen estacionarios. Por eso, el número de infortunados es muy superior al de los felices de este mundo, puesto que los Espíritus en su mayoría buscan la prueba, que les será más fructífera. Demasiado bien se les demuestra la futilidad de vuestras grandezas y placeres. Por otra parte, la vida más venturosa es siempre agitada y perturbada: no es sólo el dolor quien produce contrariedades.
867. ¿De dónde proviene la expresión “nacer con buena estrella”?
  • Antigua superstición, que relacionaba a las estrellas con el destino de cada individuo: alegoría que algunas personas toman tontamente al pie de la letra.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

Libertad de conciencia

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

Libro Tercero: LEYES MORALES

Capitulo IX: LEY DE LIBERTAD


835. La libertad de conciencia, ¿es una consecuencia de la libertad de pensar?
  • La conciencia es un pensamiento íntimo que pertenece al hombre, como todos los demás pensamientos.
836. ¿Tiene el hombre derechos de poner obstáculos a la libertad de conciencia?
  • No más que a la libertad de pensar, pues sólo a Dios compete el derecho de juzgar a la conciencia. Si el hombre regula mediante sus leyes las relaciones humanas, Dios, sirviéndose de sus leyes naturales, regula las relaciones del hombre con Él.
837. ¿Cuál es el resultado de las trabas que se ponen a la libertad de conciencia?
  • Constreñir a los hombres a obrar de otro modo que como piensan, convirtiéndolos en hipócritas. La libertad de conciencia es una de las características de la verdadera civilización y del progreso.
838. ¿Son respetables todas las creencias, aun cuando sean notoriamente falsas?
  • Toda creencia es respetable cuando es sincera y conduce a la práctica del bien. Las creencias reprobables son aquellas que arrastran al mal.
839. ¿Es reprensible que avergoncemos por su creencia a aquel que no piense como nosotros?
  • Es no tener caridad y atentar contra la libertad de pensamiento.
840. ¿Significa atentar contra la libertad de conciencia el poner impedimentos a creencias que por su índole perturban la sociedad?
  • Se puede reprimir los actos, pero la creencia íntima es inaccesible.
Reprimir los actos exteriores de una creencia, cuando tales actos acarrean cualquier perjuicio a los demás, no es atentar contra la libertad de conciencia, por cuanto dicha represión deja a la creencia su entera libertad.
 
841. Por respeto a la libertad de conciencia, ¿debemos permitir que se difundan doctrinas perniciosas, o es posible, sin atentar contra esa libertad, tratar de reconducir a la senda de la verdad a aquellos que se han extraviado a causa de falsos principios?
  • Por cierto que podemos obrar así, e incluso debemos hacerlo. Pero enseñad, a la manera de Jesús, mediante la dulzura y la persuasión, y no por la fuerza, lo cual sería peor que la creencia de aquel a quien queréis convencer. Si algo existe que sea permitido imponer, es el bien y la fraternidad. Pero no creemos que el medio de lograr que se les admita sea obrar con violencia. La convicción no se impone.
842. Puesto que todas las doctrinas abrigan la pretensión de ser la única expresión de la verdad, ¿por qué signos podremos reconocer a aquella que tenga el derecho de presentarse como tal?
  • Será la que haga más hombres de bien y menos hipócritas, vale decir, más hombres que practiquen la ley de amor y caridad en su mayor pureza y en su más amplia aplicación. Por ese indicio reconoceréis que una doctrina es buena, pues toda doctrina que tenga por resultado sembrar la discordia y establecer demarcaciones entre los hijos de Dios no puede ser sino falsa y perniciosa.


AMOR FRATERNAL