lunes, 6 de mayo de 2013

Influencia oculta de los Espíritus sobre nuestros pensamientos y acciones

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

Libro Segundo

Capitulo IX: INTERVENCIÓN DE LOS ESPÍRITUS EN EL MUNDO CORPORAL


II.- Influencia oculta de los Espíritus sobre nuestros pensamientos y acciones459. ¿Influyen los Espíritus sobre nuestros actos y pensamientos? 
  • A ese respecto su influjo es mayor de lo que creéis, porque con sobrada frecuencia son ellos los que os dirigen.
460. ¿Tenemos pensamientos que nos son propios y otros que se nos sugieren?
  • Vuestra alma es un Espíritu que piensa. No ignoráis que muchos pensamientos os llegan a la vez sobre un mismo asunto, y a menudo muy contrarios los unos de los otros. Pues bien, lo hay siempre vuestros y nuestros. Es eso lo que os pone en la incertidumbre, porque tenéis en vosotros dos ideas que recíprocamente se combaten.
461. ¿De qué manera podemos distinguir los pensamientos propios de aquellos otros que nos son sugeridos?
  • Cuando un pensamiento os es inspirado, viene a ser como una voz que os habla. Vuestros propios pensamientos son, por lo general, los que se os ocurren primero. Por lo demás, esa distinción no reviste para vosotros gran interés, y a menudo resulta útil no saberlo, ya que así el hombre obra con más libertad. Si se decide por el bien, lo hace de mejor gana. Si por el contrario, opta por el mal camino, mayor será su responsabilidad.
462. Los hombres de gran inteligencia y aun geniales, ¿toman siempre sus ideas de su propio acervo?
  • En ocasiones las ideas les vienen de su propio Espíritu, pero con frecuencia también les son sugeridas por otros Espíritus que los juzgan capaces de comprenderlas y dignos de transmitirlas. Cuando en sí mismos no las encuentran, apelan a la inspiración: es esta una evocación que están haciendo sin sospecharlo.
Si fuese útil que pudiéramos distinguir con claridad nuestros propios pensamientos de aquellos otros que nos son inspirados, Dios nos hubiera proporcionado el medio para hacerlo, así como nos provee el de distinguir el día de la noche. Cuando una cosa permanece en la oscuridad es porque debe ser así para nuestro bien.
 
463. Se dice a veces que el primer impulso siempre es bueno. ¿Es esto exacto?
  • Puede ser bueno o malo, conforme al grado de adelanto del Espíritu encarnado. Es siempre bueno en aquel que escucha las buenas impresiones.
464. ¿Cómo distinguir si un pensamiento que nos es sugerido procede de un Espíritu bueno o de uno malo?
  • Estudiad el asunto. Los Espíritus buenos sólo aconsejan el bien. A vosotros cabe distinguir.
465. ¿Con qué propósitos los Espíritus imperfectos nos incitan al mal?
  • Para haceros sufrir como ellos sufren.
465 a. ¿Atenúa esto sus padecimientos?
  • No, pero lo hacen por envidia de ver a seres más dichosos.
465 b. ¿Qué clase de sufrimientos quieren que experimentemos?
  • Los que resultan de ser de un orden inferior y alejado de Dios.
466. ¿Por qué permite Dios que algunos Espíritus nos empujen al mal?
  • Los Espíritus imperfectos son instrumentos destinados a probar la fe y constancia de los hombres en el bien. Tú, puesto que eres Espíritu, debes progresar en la ciencia de lo infinito, de ahí que pases por las pruebas del mal para llegar al bien. Nuestra misión consiste en ponerte en el bueno camino, y cuando actúan sobre ti malas influencias es porque tú las llamas con el deseo del mal, por cuanto los Espíritus inferiores acuden a ayudarte en el mal cuando tienes la voluntad de cometerlo: sólo pueden secundarte en el mal cuanto tú así lo quieres. Si sientes inclinación por el crimen tendrás a tu lado una nube de Espíritus que fomentarán en ti ese pensamiento. Por habrá también a tu vera otros que tratarán de influir sobre ti para el bien, lo cual restablece el equilibrio y te deja dueño de escoger.
Así deja Dios librada a nuestra conciencia la elección de la ruta que debemos seguir, y la libertad de ceder a una u otra de las influencias opuestas que sobre nosotros se ejercen.
 
467. ¿Podemos liberarnos del influjo de aquellos Espíritus que incitan al mal?
  • Sí, porque no se dedican sino a quienes los solicitan con sus deseos o los atraen con sus pensamientos.
468. Los Espíritus cuya influencia es rechazada por la voluntad del hombre ¿renuncian a sus tentativas?
  • ¿Qué otra cosa quieres que hagan? Cuando no pueden obtener nada, ceden. Sin embargo, acechan el instante propicio, como hace el gato con el ratón.
469. ¿Por qué medio se puede neutralizar el influjo de los malos Espíritus?
  • Realizando el bien, y poniendo en ello toda vuestra confianza en Dios, rechazaréis la influencia de los Espíritus inferiores y destruiréis el imperio que querrían tener sobre vosotros. Guardaos de prestar oídos a las sugestiones de aquellos Espíritus que despiertan en vosotros malos pensamientos, que fomentan la discordia entre los hombres y excitan en vosotros todas las pasiones viles. Desconfiad, sobre todo, de aquellos que halagan vuestro orgullo, porque os están tomando por vuestro lado débil. He ahí por qué Jesús os hace exclamar en la oración dominical: “Señor, no nos dejéis caer en tentación, mas líbranos del mal”.
470. Los Espíritus que tratan de inducirnos al mal y que de este modo ponen a prueba nuestra firmeza en el bien, ¿han recibido la misión de hacerlo? Y si es una misión la que están cumpliendo ¿les cabe la responsabilidad de ella?
  • Ningún Espíritu recibe la misión de hacer el mal. Cuando lo acomete, es por su propia voluntad y, por tanto, sufre sus consecuencias. Dios puede permitirle que lo haga para probaros, pero no se lo ordena, y a vosotros toca rechazarlo.
471. Cuando experimentamos un sentimiento de angustia, de ansiedad indefinible, o de satisfacción interior sin causa conocida, ¿se debe esto únicamente a una disposición física?
  • Casi siempre se trata de un efecto de comunicaciones que, sin saberlo, tenéis con los Espíritus, o que habéis mantenido con ellos durante el sueño.
472. Los Espíritus que quieren incitarnos al mal ¿lo hacen aprovechando las circunstancias en que nos hallamos, o a éstas pueden producirlas?
  • Aprovechan las circunstancias existentes, pero a menudo también las provocan, empujándoos sin que lo sepáis hacia el objeto de vuestra codicia. Así por ejemplo, un hombre encuentra en su camino una suma de dinero. No creo que sean los Espíritus los que la han dejado en tal lugar, pero sí pueden inspirar al hombre la idea de ir hacia ese lado, y entonces ellos le sugieren que se apropie el dinero, en tanto otros Espíritus le están sugiriendo que lo devuelva a su legítimo dueño. Lo propio ocurre con todas las demás tentaciones.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

Olvido del pasado

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec

Libro Segundo

Capitulo VII: REGRESO A LA VIDA CORPORAL


VIII.- Olvido del pasado
392. ¿Por qué el Espíritu encarnado pierde el recuerdo de su pasado?
  • El hombre no puede ni debe saberlo todo. Dios, en su sabiduría, así lo quiere. A no ser por el velo que le oculta ciertas cosas, el hombre se hallaría deslumbrado, como aquel que sin transición pasa de la oscuridad a la luz. Mediante el olvido del pasado es más él mismo.
393. ¿Cómo puede el hombre ser responsable de actos y rescatar faltas que no recuerda? ¿De qué manera podrá aprovechar la experiencia que adquirió en vidas que han caído para él en el olvido? Se concebirá que las tribulaciones de la existencia fueran una lección para é si se acordara de las causas que han podido acarrearlas. Pero, puesto que no tienen memoria de ello, cada existencia es para él como si fuese la primera, y así está siempre comenzando… ¿Cómo conciliar esto con la justicia de Dios? 
  • En cada nueva vida el hombre tiene más inteligencia y puede distinguir mejor el bien del mal. ¿Dónde estaría su mérito si se acordara de todo el pasado? Cuando el Espíritu retorna a su existencia primitiva (la espírita), toda su pasada vida se desarrolla ante él. Ve las faltas en que incurrió y que son causas de su sufrimiento, y ve también lo que hubiera podido impedir que las cometiera. Comprende que la situación en que se halla es justa, y busca entonces una existencia capaz de reparar los errores de aquella que acaba de transcurrir para él. Busca pruebas análogas a las que pasó antes, o las luchas que considere adecuadas para su adelanto, y pide a los Espíritus superiores a él que le ayuden en esa nueva tarea que emprende, porque sabe que el Espíritu que le será asignado por guía en esa nueva encarnación tratará de hacerle reparar sus culpas dándole una especie de intuición de las que cometió. Esa misma intuición obra con frecuencia cuando os asalta un pensamiento, un deseo criminal al que os resistís por instinto, atribuyendo casi siempre vuestra resistencia a los principios que habéis recibido de vuestros progenitores, cuando en realidad es la voz de la conciencia la que os habla, y esa voz es el recuerdo del pasado, que os advierte que no volváis a caer en las faltas en que habéis ya incurrido. El Espíritu que ha ingresado a esa nueva existencia, si sufre tales pruebas con valor y las resiste, se eleva y asciende en la jerarquía de los Espíritus, cuando vuelve a estar entre ellos.
Si no tenemos durante la vida corporal un recuerdo preciso de lo que hemos sido y de lo que hicimos de bueno o de malo en nuestras anteriores existencias, tenemos, sí, la intuición de ello, y nuestras tendencias instintivas son una reminiscencia del pasado, a las cuales la conciencia, que es el deseo que hemos concebido de no cometer más las mismas faltas, nos incita a resistir.

394. En los mundos más adelantados que el nuestro, donde no están sujetos a todas nuestras necesidades físicas y a nuestras enfermedades, ¿comprenden los hombres que son más dichosos que nosotros? En general, la felicidad es relativa: la sentimos por comparación con un estado menos venturoso. Como quiera que, en definitiva, algunos de esos mundos, si bien mejores que el nuestro, no se hallan en estado de perfección, los hombres que los habitan deben de tener también motivos de disgusto o pena, dentro de su género. Entre nosotros el rico, que no padece angustias de las necesidades materiales como el pobre, no por eso deja de tener tribulaciones que amargan su vida. Ahora bien, yo pregunto si, en su posición, los habitantes de esos mundos no se creen tan desafortunados como nosotros y no se quejan de su suerte, puesto que no disponen del recuerdo de una existencia peor, para que puedan compararla con la presente.
  • Para esto hay que dar dos respuestas distintas. Existen mundos, entre aquellos a que te refieres, cuyos moradores tienen un recuerdo muy claro y preciso de sus vidas pasadas. Éstos, como lo comprenderás, pueden y saben evaluar la felicidad que Dios les permite disfrutar. Pero hay también otros en que sus habitantes, colocados, como has dicho, en mejores condiciones que vosotros, no por ello dejan de experimentar serios disgustos o pesares, y hasta desgracias. Éstos no aprecian su dicha actual, por la misma circunstancia de que no poseen recuerdo de una situación todavía más infortunada. Pero si no la evalúan como hombres, sí lo hacen como Espíritus.
¿No hay acaso, en el olvido de esas existencias anteriores, sobre todo cuando han sido penosas, algo de providencial, en lo que se revela la sabiduría divina? En los mundos superiores, cuando el recuerdo de las existencias desdichadas sólo constituye un mal sueño, se presentan ellas a la memoria. En cambio, en los mundos inferiores, ¿las desventuras actuales no se verían agravadas por el recuerdo, en todos aquellos que pudieron haberlas soportado? Concluyamos, pues, que cuanto Dios hizo bien hecho está y que no nos compete criticar sus obras y manifestar cómo hubiera debido Él organizar el Universo.
El recuerdo de nuestras individualidades anteriores tendría muy serios inconvenientes. En ciertos casos, podría humillarnos de una manera extraordinaria. En otros, exaltar nuestro orgullo y por eso mismo trabar nuestro libre albedrío. Dios nos ha dado, para que mejoremos, justamente lo que nos es necesario y puede bastarnos: la voz de la conciencia y nuestras tendencias instintivas. Y nos quita lo que pudiera dañarnos. Agreguemos, incluso, que si tuviéramos el recuerdo de nuestros actos personales anteriores, poseeríamos igualmente el de las acciones de los demás, y este conocimiento podría acarrear los más enojosos efectos sobre las relaciones sociales. Puesto que no podremos siempre vanagloriarnos de nuestro pasado, con frecuencia es muy conveniente que se haya echado un velo sobre él. Esto concuerda perfectamente con la doctrina de los Espíritus sobre los mundos que son superiores al nuestro. En tales mundos, donde sólo reina el bien, el recuerdo del pasado no reviste nada de penoso. He ahí por qué se acuerdan los moradores de su existencia precedente, así como nosotros rememoramos lo que hemos hecho la víspera. En cuanto a los períodos en que hayamos podido permanecer en los mundos inferiores, su recuerdo sólo constituye un mal sueño, como hemos dicho ya.
 
395. ¿Podemos obtener algunas revelaciones acerca de nuestras existencias anteriores?
  • No siempre. Sin embargo, muchos saben lo que han sido y lo que hacían. Si se les permitiera decirlo en voz alta, harían singulares revelaciones sobre su pasado.
396. Ciertas personas creen poseer un vago recuerdo de un pasado desconocido, el cual se les presenta como la imagen fugaz de un sueño que en vano se intenta aprehender. Esta idea ¿es sólo una ilusión?
  • En ocasiones es real. Pero a menudo también constituye una ilusión contra la cual hay que ponerse en guardia, porque puede ser el efecto de una imaginación sobreexcitada.
397. En las existencias corporales de naturaleza más elevada que la nuestra, ¿es más preciso el recuerdo de las vidas pasadas?
  • Sí. A medida que el cuerpo se va tornando menos material, recordamos mejor. La memoria del pasado es más clara en aquellos que habitan mundos de un orden superior.
398. Puesto que las inclinaciones instintivas del hombre son una reminiscencia de su pasado, ¿se deduce de ello que, por medio del estudio de esas tendencias, puede conocer las faltas en que ha incurrido? 
  • A no dudarlo, pero sólo hasta cierto punto. Hay que tomar en cuenta el mejoramiento que ha podido operarse en el Espíritu y las resoluciones que haya tomado en estado errante. La vida actual puede ser mucho mejor que la precedente.
398 a. ¿Podría asimismo ser peor? Esto es, ¿puede el hombre cometer en una existencia faltas en la que no ha incurrido en su vida precedente?
  • Ello depende de su grado de adelanto. Si no sabe resistir las pruebas podrá ser arrastrado a nuevas faltas, que son la consecuencia de la posición que ha escogido. Pero, en general, tales equívocos señalan más bien un estado estacionario que uno retrógrado, por cuanto el Espíritu puede avanzar o detenerse, pero no retrocede.
399. Visto que las vicisitudes de la vida corpórea son a la vez una expiación de pasadas faltas y también pruebas relativas a su porvenir, ¿se sigue de ello que de la índole de tales vicisitudes se pueda inducir el género de la existencia anterior?
  • Muy a menudo, puesto que cada cual es castigado por donde pecó. No obstante, no habría que considerar esto como una regla absoluta. Las tendencias instintivas son un indicio más seguro, porque las pruebas que el Espíritu sufre tanto pueden guardar relación con su porvenir como con su pasado.
Llegado al término que la Providencia ha señalado para vida errante, el mismo Espíritu elige las pruebas a las cuales desea someterse a fin de apresurar su adelanto, esto es, el tipo de existencia que cree más adecuado para proveerle los medios para ello. Y tales pruebas están siempre en relación con las faltas que debe expiar. Si las supera, se eleva. Si cae vencido por ellas, tiene que comenzar una vez más.
El Espíritu goza siempre de su libre arbitrio. En virtud de esa libertad escoge, en el estado de Espíritu, las pruebas de la vida corporal, y en el estado de encarnación delibera qué hará o qué no hará, y opta entre el bien y el mal. Negar al hombre el libre albedrío, sería rebajarlo a la categoría de máquina.
Una vez reintegrado a la vida corpórea, el Espíritu pierde en forma temporaria el recuerdo de sus existencias anteriores, como si un velo se las ocultara. Con todo, a veces tiene de ellas una vaga conciencia, y en ciertas circunstancias incluso pueden serle reveladas. Pero en tales casos ello sucede por voluntad de los Espíritus superiores, que lo hacen en forma espontánea, con una finalidad útil, y nunca para satisfacer una vana curiosidad.
En lo que toca a las vidas futuras, en ningún caso pueden ser reveladas, en razón que dependen de la manera como se cumple la existencia presente y de la ulterior elección del Espíritu.
El olvido de las faltas cometidas no es un obstáculo para el mejoramiento del Espíritu, porque si no guarda de ellas un recuerdo preciso, el conocimiento que de las mismas tenía cuando se encontraba en erraticidad, y el deseo que ha concebido de repararlas, lo guían por intuición y le dan el pensamiento de resistir al mal. Ese pensamiento es la voz de la conciencia, en la cual es secundado por los Espíritus, que lo asisten si escucha las buenas inspiraciones que le sugieren.
Si bien el hombre desconoce los actos específicos que cometió en sus vidas anteriores, puede en cambio saber siempre por qué clase de faltas se ha hecho culpable y cuál era entonces su carácter dominante. Le basta estudiarse a sí mismo y por allí puede deducir lo que ha sido, no por lo que es ahora, sino por las tendencias que en la actualidad manifiesta.
Las adversidades de la vida corpórea son a la vez una expiación por pasadas faltas y también pruebas que preparan el futuro. Nos depuran y elevan, según las toleremos con resignación y sin murmurar.
La índole de las vicisitudes y pruebas que soportamos puede también instruirnos acerca de lo que hemos sido y sobre lo que hicimos, así como en la Tierra juzgamos los actos de un culpable por la pena que la ley le inflige. Así pues, uno será castigado en su orgullo mediante la humillación que para él significa una existencia subalterna; el mal rico y el avaro, por la miseria;
el que sido duro para con los demás, mediante los rigores que deberá sufrir; el tirano, por la esclavitud; el mal hijo, por la ingratitud de sus propios descendientes; el perezoso, por un trabajo forzado, y así sucesivamente.

domingo, 5 de mayo de 2013

Unión del principio Espiritual y de la materia

EL GÉNESIS

Los milagros y las predicciones

Allan Kardec
Capitulo XI: Génesis Espiritual

10. La materia debía ser el objeto de trabajo del espíritu, a efectos del desarrollo de sus facultades. Pero era necesario que éste pudiese actuar sobre aquélla, razón por la cual fue destinado a habitarla, así como el leñador habita en el bosque. La materia sería, a la vez, el objeto e instrumento de trabajo. Pero Dios no quiso unir al espíritu con la piedra rígida, sino que prefirió crear cuerpos organizados, flexibles y capaces de recibir los impulsos de la voluntad, que se prestasen a todos los movimientos.
El cuerpo es, a la vez, envoltura e instrumento del espíritu, y a medida que éste adquiere nuevas aptitudes se reviste de la materia apropiada al nuevo tipo de trabajo que deba realizar, exactamente como un obrero a medida que perfecciona su obra se vale del instrumentos más delicados.

11. Para ser más exactos, diremos que el espíritu mismo da forma a su envoltura y la adecúa a sus nuevas necesidades, perfeccionándola. Desarrolla y completa su organismo a medida que siente la necesidad de manifestarse nuevas facultades, es decir, posee el instrumento acorde con su inteligencia. Dios le hace entrega de los materiales; él los pone a trabajar; por ese motivo, las razas más avanzadas poseen un organismo o, si se prefiere, un órgano cerebral más perfeccionado que el de las razas primitivas. También se explica de esta manera el sello especial que el carácter del espíritu imprime a los rasgos de la fisonomía y a los gestos del cuerpo (cap. VIII: “El alma de la Tierra”).

12. Desde el instante en que un espíritu nace a la vida espiritual, debe hacer uso de sus facultades para poder avanzar. En un comienzo estas facultades son rudimentarias, revistiendo una envoltura corporal apropiada a su estado de infancia intelectual, mas a medida que sus fuerzas aumentan deja la vieja envoltura para revestir otra. Ahora bien, como en todos los tiempos ha habido mundos y éstos dieron nacimiento a cuerpos organizados, apropiados para recibir espíritus, en todos los tiempos éstos, fuese cual fuere su grado de adelantamiento, hallaron los elementos necesarios para la vida carnal.

13. Al ser exclusivamente material, el cuerpo sufre las vicisitudes de la materia. Después de haber trabajado durante algún tiempo, se desorganiza y descompone. Al no hallar elemento para su actividad, el principio vital se extingue y el cuerpo muere. Para el espíritu, el cuerpo privado de vida carece de utilidad. Entonces o abandona, como se deja una casa en ruinas o un traje ajado por el uso.

14. El cuerpo sólo es una envoltura destinada a alojar al espíritu. Poco importa su origen o los elementos que lo conforman. Aunque el cuerpo del hombre sea una creación especial, está constituido por los mismos que integran los cuerpos de los animales y es animado por el mismo principio vital, es decir, activado por idéntico fuego, así como es iluminado por la misma luz y está sujeto a vicisitudes de igual tenor e idénticas necesidades: estas aseveraciones nadie las pone en duda.
Si consideramos únicamente a la materia, haciendo abstracción del espíritu, no hay nada en el hombre que lo distinga del animal. Pero si hacemos la distinción entre el habitante y la habitación, todo cambia fundamentalmente.
Aunque un noble viva en la choza del campesino o vista el sayal del pastor, seguirá siendo un gran señor. Lo mismo sucede con el hombre. No es su vestido de carne el que lo eleva por sobre la bestia y lo convierte en un ser especial, sino su ser espiritual, su espíritu.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

Elección de las pruebas

El Libro de los Espíritus

Allan Kardec
Libro Segundo

Capitulo VI: VIDA ESPIRITISTA


V.- Elección de las pruebas
258. En estado errante, y antes de iniciar una nueva existencia corporal, ¿tiene el Espíritu conciencia y previsión de lo que le sucederá durante la vida?
  • Él mismo escoge el tipo de pruebas a que quiere ser sometido, y en esto consiste su libre albedrío.
258 a. ¿No es entonces Dios quien le impone las tribulaciones de la vida como castigo?
  • Nada acontece sin permiso de Dios, por cuanto es Él quien ha establecido todas las leyes que rigen el Universo. ¡Preguntaréis por qué ha hecho tal ley en lugar de otra! Al dar al Espíritu la libertad de elegir, Él le deja toda la responsabilidad de sus actos y de sus consecuencias, sin obstruir para nada su porvenir. Suya puede ser la senda del bien, así como la del mal. Pero si cae derrotado le quedará un consuelo: el de que todo no terminó para él, y que Dios, en su bondad, le deja libre para reiniciar lo que hizo mal. Además, es menester distinguir lo que es obra de la voluntad de Dios, de aquello otro que es obra del hombre. Si un peligro os amenaza, no seréis vosotros quienes lo hayáis creado, sino Dios. Pero podéis exponeros voluntariamente a él, porque habéis visto en él un medio para vuestro propio adelanto, y Dios lo permite.  
259. Si cabe al Espíritu elegir el género de pruebas que deberá afrontar, ¿se deduce de ello que todas las adversidades que experimentamos en la vida han sido previstas y escogidas por nosotros?
  • “Todas” no es la palabra adecuada, porque no es cuestión de afirmar que hayáis seleccionado y previsto cuanto ha de aconteceros en el mundo, hasta las cosas de menor cuantía. Lo que elegisteis es una clase de pruebas: los detalles son consecuencia de la posición en que os halléis y a menudo de vuestras propias acciones. Si, por ejemplo, el Espíritu ha querido nacer entre malhechores, sabía a qué consecuencias se exponía, pero no conocía de antemano cada uno de los actos que iba a realizar. Tales actos son el efecto de su voluntad o de su libre arbitrio. El Espíritu sabe que al optar por semejante camino le aguarda determinado tipo de lucha. Conoce, pues, la índole de las vicisitudes por las que va a pasar, pero ignora si tal acontecimiento se producirá antes que tal otro. Los detalles nacen de la fuerza de las circunstancias. Sólo puede prever los sucesos importantes, aquellos que influirán sobre su destino. Si tomas un sendero escabroso sabes que deberás adoptar grandes precauciones, porque tienes posibilidades de caer, pero desconoces en qué lugar exacto se producirá tu caída, y quizá no caigas si eres lo bastante prudente. Si caminas por la vereda y te cae sobre la cabeza una teja desde lo alto, no creerás que estaba escrito, como vulgarmente se afirma.
...
261. En las pruebas que debe arrostrar el Espíritu para alcanzar la perfección ¿tiene que experimentar toda clase de tentaciones, debe pasar por todas las circunstancias capaces de despertar en él el orgullo y la envidia, la avaricia y la sensualidad, etcétera?
  • Ciertamente que no, puesto que sabéis que hay entre ellos quienes toman desde el comienzo una senda que los exime de muchas pruebas. Pero el que se deje conducir por el mal camino corre todos los peligros que en el mismo existen. Puede un Espíritu, por ejemplo, pedir riqueza, y podrá concedérsela. Entonces, conforme a su carácter, es posible que se torne avaro o pródigo, egoísta o generoso; o si no, se entregará a todos los goces de la sensualidad. Pero esto no significa que deba pasar forzosamente por la serie de pruebas de todas esas características.

262. ¿Cómo el Espíritu, que en su origen es simple, ignorante y desprovisto de experiencia, puede escoger con conocimiento de causa una vida determinada y ser responsable de tal elección?
  • Dios suple a su inexperiencia trazándole la vía que debe seguir, como haces tú con un niño desde que está en la cuna. Pero, poco a poco le va dejando ser dueño de escoger, a medida que se desarrolla su libre albedrío, y entonces precisamente es cuando se suele extraviar, tomando el mal camino y desoyendo los consejos de los Espíritus buenos. Es eso lo que puede llamarse la caída del hombre.
262 a. Cuando el Espíritu goza de su libre arbitrio, la elección de la existencia corpórea ¿depende siempre en forma exclusiva de su voluntad, o esa vida puede serle impuesta por voluntad de Dios y a título de expiación?
  • Dios sabe aguardar. No apresura la expiación. Con todo, puede imponer una existencia a un Espíritu cuando éste, por su inferioridad o su mala voluntad, no es apto para comprender lo que le sería más saludable, y cuando ve que esa vida puede servir para su purificación y adelanto, al paso que encuentre en ella una expiación.
263. ¿Hace su elección el Espíritu inmediatamente después de la muerte?
  • No: Muchos creen en la eternidad de las penas. Ya se os dijo: Es un castigo.
264. ¿Qué es lo que orienta al Espíritu en la elección de las pruebas que desea sufrir?
  • Opta por aquellas que pueden ser para él una expiación, por la índole de las faltas que haya cometido, y hacerle adelantar más de prisa. Unos pueden, pues, imponerse una vida de miseria y privaciones, para tratar de arrostrarla con valor. Otros, querer probarse mediante las tentaciones de la fortuna y el poder, harto más peli-grosas, por el abuso y el empleo inadecuado que de ellos es posible hacer, y por las pasiones viles que desencadenan. Otros, por último, quieren probarse por medio de las luchas que han de sostener en su contacto con el vicio.
...
266. ¿No parece natural que se elijan las pruebas menos penosas?
  • A vosotros sí os parece, pero no al Espíritu. Cuando está despojado de la materia cesa la ilusión y piensa de otro modo.
El hombre en la Tierra, colocado bajo el influjo de las ideas carnales, no ve en esas pruebas más que su lado penoso. De ahí que se le ocurra natural optar por aquellas que desde su punto de vista pueden conjugarse con los placeres materiales. Pero en la vida espiritual compara los goces efímeros y groseros con la felicidad inalterable que entrevé, y por tanto, ¿qué significan para él algunos sufrimientos pasajeros? Puede el Espíritu, pues, decidirse por la más ruda de las pruebas y, consecuentemente, por la vida más angustiosa, con la esperanza de alcanzar más pronto un estado mejor, como el enfermo elige muchas veces el remedio más desagradable para curarse en más breve plazo...
La doctrina de la libertad en la elección de nuestras existencias y de las pruebas que debemos afrontar deja de parecer extraordinaria si se considera que los Espíritus desprendidos de la materia evalúan las cosas de una manera diferente a como nosotros lo hacemos. Ellos tienen en vista la meta, mucho más seria, en su concepto, que los fugaces placeres del mundo. Tras cada existencia concluida ven el paso que han dado y comprenden cuánto les falta todavía, en materia de pureza, para alcanzar dicha meta. He ahí por qué se someten de buen grado a todas las vicisitudes de la vida corporal, pidiendo por sí mismos las que puedan hacerles llegar más rápidamente. No existe, pues, razón alguna cuando no se ve al Espíritu preferir la existencia más llevadera. Una vida exenta de amarguras no podría disfrutarla en su estado de imperfección. La entrevé, y para alcanzarla trata de mejorarse.
Por otra parte, ¿no tenemos a diario, ante nuestros ojos, ejemplos de cosas semejantes? El hombre que trabaja durante parte de sus vida sin darse tregua ni descanso para reunir medios con los cuales procurarse el bienestar, ¿qué está haciendo, sino imponerse una tarea con miras a un porvenir más próspero? El militar que padece a causa de una misión peligrosa, o el viajero que desafía peligros no menos grandes en interés de la ciencia o para obtener fortuna, ¿qué hacen si no es someterse a pruebas voluntarias que deben proporcionarles honor, en el primer caso, y provecho, en el segundo, si logran salir airosos? ¿A qué no se somete y no se expone el hombre en pro de su interés o de su gloria? ... Así, la existencia humana es, desde este punto de vista, el calco de la vida espiritual. En pequeña escala volvemos a encontrar en aquélla todas las mismas peripecias de esta última. Si en vida, pues, elegimos a menudo las más rudas pruebas en aras de un objetivo más elevado, ¿por qué el Espíritu –que ve más lejos- y para el cual la vida corpórea no es más que un incidente fugaz, no haría lo propio resolviéndose por una existencia penosa y difícil, si ella ha de conducirlo a la eterna dicha?...
...
Todos los Espíritus afirman que en estado errante buscan, estudian y observan para hacer su elección. ¿No tenemos también un ejemplo de esto en la vida corporal? ¿Con frecuencia no buscamos durante años la carrera que libremente escogeremos, por creerla la más adecuada para llevarnos adelante? Si fracasamos en una, iniciamos otra. ... Ahora bien, ¿qué son las diversas existencias corpóreas para el Espíritu, sino fases, etapas, períodos, días de su vida espírita, la cual es, conforme sabemos, su existencia normal, ya que la corpórea sólo es para él efímera, pasajera?
 
...
268. Hasta llegar al estado de perfecta pureza ¿debe el Espíritu seguir sufriendo pruebas continuamente?
  • Sí, pero no son tales como las entendéis. Llamáis pruebas a las tribulaciones materiales. Pues bien, cuando el Espíritu llega a cierto grado –aun no siendo perfecto- no tiene que sufrirlas ya, pero le caben siempre deberes que le ayudan a perfeccionarse, y no le son penosos en modo alguno, tal como cuando ayuda a otros a perfeccionarse.
269. ¿Puede el Espíritu equivocarse respecto a la eficacia de la prueba que ha escogido?
  • Podrá haber elegido una que sobrepase sus fuerzas, en cuyo caso sucumbe a ella. Puede también optar por una que no le aproveche en manera alguna, como, por ejemplo, si busca un género de vida ociosa e inútil. Pero entonces, una vez vuelto al Mundo de los Espíritus, cae en la cuenta de que no ganó nada y pide recuperar el tiempo perdido.
...
273. Un hombre que pertenezca a una raza civilizada ¿podría, por expiación, reencarnar entre salvajes?
  • Sí, pero depende del género de expiación. Un amo que haya sido duro con sus esclavos podrá convertirse a su vez en esclavo y sufrir los malos tratos que haya infligido. El que daba órdenes en una época puede, en nueva existencia, obedecer a aquellos mismos que se humillaban ante su voluntad. Se trata de una expiación si abusó de su poder, y Dios puede imponérsela. Por otra parte, un Espíritu bueno podrá también escoger una existencia en la que influya sobre esos pueblos y los haga adelantar, en cuyo caso es una misión.

AMOR FRATERNAL