jueves, 8 de enero de 2015

Mediumnidad

ADAPTACIÓN PSÍQUICA

Edgard Armond


CAPÍTULO 21
Cualquiera que sea, no obstante, la naturaleza de la mediumnidad, el trabajo de desarrollo debe siempre comenzar por un período preparatorio que denomino –a falta de un término mejor– de adaptación psíquica.
Todo médium de prueba es, por regla general, un individuo perturbado, en los primeros tiempos, porque él, por si mismo, es un Espíritu deudor, y la prueba a la que se somete es de resistencia y de combate a elementos espirituales inferiores, correspondientes a las propias faltas.
La encarnación, por otra parte, no se le brinda para que el individuo repose, tenga bienestar o comodidades, sino únicamente para que luche, se renueve y evolucione moralmente.
La mediumnidad, en estos casos, comienza a manifestarse desde el principio, bajo la forma de perturbaciones da variada naturaleza, tanto físicas como psíquicas. Molestias de todo orden, que resisten a los más variados tratamientos; alternaciones físicas incomprensibles por causas desconocidas que desafían la competencia y la argucia de la medicina; complicaciones de las más variadas, con reflejos en la vida subjetiva, que la medicina descarta, impotente, para el lado del vago-simpático y de los malestares alérgicos, los que deben entonces cargar con la paternidad de toda una sintomatología compleja e indefinible de nerviosidades, angustias y depresiones; o bien de alteraciones, ya del mundo mental, como temores, misantropía, alejamiento de la vida, manías, amnesias, etcétera, o también perturbaciones más graves que requieren aislamiento en sanatorios.
Lo cierto es que, en el fondo de todas esas perturbaciones y en una gran proporción, existe siempre ese factor – mediumnidad– como causa determinante y, por lo tanto, pasible de su regularización.
Y declarase desde ahora que todas estas anormalidades, en ese estado inicial, son propias de las circunstancias, ocurriendo justamente para ponerse en evidencia y llamar la atención del individuo para su condición de médium y que, en el caso de que las advertencias no sean tenidas en cuenta, por escepticismo, ignorancia, pre-conceptos sociales o religiosos, van creciendo de volumen e intensidad, pudiendo llevar al individuo a extremos realmente lamentables.
Por otra parte, en la mayoría de los casos, provienen de otras sectas o del materialismo, y necesitan un período preparatorio durante el cual toman contacto con la nueva situación, con la Doctrina, con sus protectores espirituales, etcétera, antes de pasar al desarrollo propiamente dicho. De ahí la necesidad imperiosa de esa fase de adaptación psíquica.
Ese período preparatorio busca, pues, justamente, promover el equilibrio general, orgánico y psíquico, disciplinar la causa perturbadora y dar al médium un cierto e inicial
autodominio, armonía y serenidad internas.
La mediumnidad de prueba, como vimos, tiene hondos reflejos en el organismo físico, pero aun así, cuando por la
violencia de las manifestaciones o por su antigüedad, haya sido el organismo lesionado, el tratamiento beneficia al médium, restableciendo la función de los órganos o, por lo menos, restringiendo los efectos de las perturbaciones.
Mas ¿cuáles son los agentes de esas perturbaciones?
Todos lo sabemos: defectos morales propios e influencias directas o indirectas de fuerzas y entidades espirituales inferiores ligadas al caso personal y que así cumplen también su papel como elementos cooperadores que son, incluso inconscientes, de los protectores individuales y de las entidades responsables, que dirigen a los hombres y a los mundos en su elevada tarea de ejecutores de las leyes divinas.
Es necesario, pues, que se inicie enseguida el debido tratamiento, cuyos principales factores son: el ambiente, la corriente y el tratamiento directo, que puede ser resumido en los pases, en las radiaciones, en las sesiones de curas espirituales, en las radiaciones a distancia y en las de esclarecimiento y de evangelización personal.
Examinemos cada uno de ellos separadamente.

EL AMBIENTE
Nos referimos tanto al ambiente individual, a la atmósfera, digamos así, en el que vive el médium, como al de las reuniones que frecuenta.
El ambiente individual debe ser creado y mantenido por el propio interesado, tanto cuanto le sea posible. Cada uno de nosotros vive dentro de su propio mundo, lo lleva consigo y lo alimenta constantemente con sus propios pensamientos y actos; y el conjunto de esos mundos individuales forma el mundo exterior colectivo, que es el escenario donde todos se mueven y representan los más variados papeles. Cada uno ve, siente y comprende ese mundo exterior de una cierta manera, según su propia capacidad de ver, sentir y comprender, y según el modo como reacciona a sus influencias.
El médium tiene que formar para sí un mundo individual bien equilibrado y armónico, bien claro y bien metódico, donde las cosas materiales y espirituales estén inteligentemente reguladas, cada una en su debido lugar, ejerciendo su acción en el tiempo debido, sin atropello y sin predominancias arbitrarias.
Por efecto de su propia mediumnidad, hay en él una fuerte tendencia a dejarse absorber por las cosas del campo espiritual, con menoscabo del mundo físico; no obstante, en ese período preparatorio, cuando busca antes que nada el equilibrio, es necesario evitar esos desbordes para que pueda continuar cumpliendo normalmente sus deberes y compromisos materiales.

Se percibe, pues, por lo dicho, que debe huir de las cosas que ofenden la sensibilidad y deprimen e irritan al Espíritu; de las frivolidades que relajan las energías morales; de los espectáculos don
de las pasiones inferiores se desencadenan frenéticamente.
Necesita, por otra parte, crear un ambiente hogareño favorable, pacífico, evitando las discusiones estériles y los desentendimientos, y sufriendo las contrariedades inevitables con paciencia y tolerancia evangélicas.
Como padre, como hermano o como hijo, mas, sobre todo, como esposo, debe vivir en su hogar como un ejemplo vivo de pacificación, de moralidad, de sensatez y de buena voluntad.
No debe olvidar que, en su calidad de médium de prueba, aún no desarrollado o mejor dicho, no educado, representa siempre una puerta abierta a las influencias perniciosas de grado inferior que, por su intermedio, afectan comúnmente a los individuos con quienes convive, y en especial a los niños.
Y, en cuanto a su vida social, debe ejercer sus deberes con rigor y honestidad, cuidándose, principalmente, de no dejarse contaminar por las influencias malévolas naturales de los medios con los que se ponen en contacto individuos de toda especie, sin homogeneidad de pensamientos, creencias, educación y sentimientos.
Es muy difícil, en los tiempos que corren, conservar el equilibrio y mantener la armonía en la vida de relación con los semejantes, porque el mundo pasa por una transición profunda en la que todos los valores morales están siendo invertidos, cayéndose en la degradación, y porque el médium, además de las perturbaciones exteriores que debe enfrentar, también posee las de su propio Espíritu, carente siempre, de virtudes sustentadoras.
Por eso, tiene que emplear un mayor esfuerzo que el común de los hombres para vivir con rectitud y mantener la comunión con lo Invisible, porque sin esa comunión, debidamente seleccionada y purificada, no soportará el peso de las cosas del mundo ni superará sus obstáculos.
Sin embargo, y por eso mismo, los médiums reciben una mayor ayuda: tienen mayor facilidad y frecuencia en los contactos con lo invisible y, en una gran medida, desciende sobre ellos la asistencia de lo Alto siempre que, bien entendido, se esfuercen, orando y vigilando, para cumplir devotamente sus deberes.
En cuanto a las reuniones doctrinarias que frecuenta, debe huir de aquellas cuyas prácticas y objetivos demuestran ignorancia o superstición, porque en ellas hallará forzosamente fuerzas negativas que es conveniente evitar.
Seleccione, pues, las reuniones que frecuenta y en aquella donde se sienta mejor, más reconfortado, más amparado por lo invisible, más sereno y confiado y más fortificado en sus buenos sentimientos; donde sienta bienestar espiritual, durante y después de los trabajos; en aquella, principalmente, que tenga carácter evangélico y esté exenta de artificios, explotación por dinero, exteriorizaciones grotescas e inútiles, allí permanezca
y considérela merecedora de su concurso.
La asistencia a las buenas reuniones es necesaria, mas cuando ello no pueda conseguirse, sea por el estado de agitación, descontrol o rebeldía del médium, o sea por inexistencia, en el lugar, de tales reuniones –como ocurre a veces en el interior o en pleno campo– organice entonces, en su propio hogar doméstico, reuniones simples e íntimas, destinadas a ese fin y dirigidas por quien se sienta más capacitado para hacerlo.
Aunque no se dé a esas reuniones el carácter de sesión espirita, conforme a como a ésta se la entiende, bastará que haya una concentración y oraciones, para que el médium, apoyado en estos elementos de protección y reconforto, reciba enseguida la necesaria asistencia espiritual que nunca le será negada de lo Alto.
En todos los casos, un buen ambiente de trabajo espiritual es de capital importancia.

Continuará...

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

lunes, 24 de noviembre de 2014

PENSAMIENTO Y MEDIUMNIDAD

En los dominios de la Mediumnidad

Francisco Cándido Xavier

El silencio se hizo profundo y respetuoso. El grupo esperaba el mensaje final.
Noté que el ambiente se hizo menos grave, pero agradable...
Sobre la cabeza de doña Celina apareció un brillante haz de luz. Desde ese instante la vimos extática y completamente desligada del cuerpo físico y cercada de irradiaciones azulinas.
Admirado por el bello fenómeno, dirigí un gesto de interrogación a nuestro orientador, quien nos explicó sin demora:
–Nuestra hermana Celina transmitirá la palabra de un benefactor que, pese a estar ausente desde el punto de vista espacial, entrará en comunión con nosotros a través de los fluidos teledinámicos que lo ligan a la mente de la médium.
–Pero, ¿es posible esto? –indagó Hilario con discreción.
Áulus ponderó de inmediato:
–Acuérdese usted de la radio y de la televisión, conquistas que son hoy ampliamente conocidas en el mundo. Un hombre, de ciudad a ciudad, puede oír el mensaje de un compañero y verlo– al mismo tiempo, ya que ambos están en perfecta sintonía por medio de la misma longitud de onda. Celina conoce lo sublime de las fuerzas que la envuelven y se entrega, confiada, asimilando la corriente mental que la solicita. Irradiará el mensaje-lección automáticamente, como sucede en la psicofonía sonambúlica, porque el amigo espiritual encuentra sus células cerebrales y sus energías nerviosas como las teclas bien afinadas de un piano armonioso y dócil.
El asistente enmudeció de repente, fijando su mirada en el potente foco de luz zafirina que se formó, extendiéndose a todos los rincones del recinto.
Contemplé a los circunstantes.
El rostro de la médium reflejaba una bienaventuranza misteriosa e ignorada en la Tierra.
El júbilo que la poseía parecía contagiar a todos los presentes. Me disponía a seguir observando, pero la diestra del asistente me tocó levemente, reclamándome atención y respeto.
Fue entonces cuando la voz enrarecida de doña Celina resonó, clara y conmovedora, más o menos en estos términos:
–Amigos míos –comenzó expresando el instructor que acompañaba nuestro trabajo desde gran distancia–, guardemos la paz que Jesús nos legó, a fin de poderle servir en paz.
En materia de mediumnidad, no nos olvidemos del pensamiento. Nuestra alma vive donde está el corazón. Caminamos al influjo de nuestras propias creaciones, sea donde fuere.
La gravitación en el campo mental es tan efectiva como en la esfera de la experiencia física.
Sirviendo al progreso general, el alma se mueve en la gloria del bien. Encerrándose en el egoísmo se arrastra, en desequilibrio, por las tinieblas del mal.
La Ley Divina busca el bien para todos.
Colaborar en la ejecución de sus propósitos sabios es iluminar la mente y clarificar la vida. Ponerle trabas con el pretexto de favorecer los caprichos perniciosos, es oscurecer la razón y coagular las sombras alrededor de nosotros mismos.
Es indispensable enjuiciar todo lo que respecta a la orientación de nuestros propios pasos, a fin de evitar la niebla de la perturbación y el dolor angustioso del remordimiento.
En los dominios del espíritu no existe la neutralidad. Evolucionamos con la luz eterna, según los designios de Dios, o nos estancamos en las tinieblas conforme a la equívoca determinación de nuestro yo.
No vale encarnar o desencarnar solamente. Todos los días las formas se crean y se destruyen.
Lo que importa es la renovación interior aumentando la visión, a fin de seguir hacia adelante con la verdadera noción de la eternidad en la que nos desplazamos en el tiempo.
La conciencia cargada de propósitos malignos, revestida de remordimientos, llena de ambiciones desvariadas o ennegrecida de aflicciones, no puede sino atraer fuerzas semejantes que la encadenan a torbellinos infernales.
La obsesión es el resultado de la siniestra unión de la mente con el desequilibrio propio de las tinieblas.
Pensamos y damos vida al objeto idealizado.
La expresión visible de nuestros pensamientos más íntimos denuncia nuestra misma condición espiritual, y los que tienen afinidad con la naturaleza de nuestras inclinaciones y deseos se acercan a nosotros por lo que dicen nuestros pensamientos.
Si persistimos en las esferas más bajas de la experiencia humana, los que aún cumplen sus jornadas en los grados de la animalidad se nos acercarán atraídos por el tipo de nuestros impulsos inferiores, absorbiendo a su vez las sustancias mentales que emitimos y proyectando sobre nosotros los elementos dañinos que llevan con ellos.
Imaginar es crear. Y toda creación tiene vida y movimiento que, aunque breves, otorgan responsabilidad a la conciencia que la manifiesta. Y como la vida y el movimiento se vinculan a los principios que rigen las relaciones, es indispensable analizar lo que damos, a fin de saber qué es lo que vamos a recibir.
Quien solamente mentaliza angustia y crimen, miseria y perturbación, ¿podrá reflejar en el espejo de su propia alma otras imágenes que no sean las de la desarmonía y el sufrimiento?
Un depravado conviviendo entre santos no valoraría la pureza de éstos, ya que, alimentándose con sus propias vibraciones no lograría discernir más allá de sus mismas tinieblas.
Quien vive buscando piedras en la calle, seguro que no ha de encontrar sólo pequeños e insignificantes guijarros, sino grandes losas.
Quien se demora indefinidamente en un pantano de arenas movedizas es propenso a ahogarse en el lodo.
El viajero fascinado por los zarzales que bordean el camino corre el riesgo de quedar atrapado entre los espinos del matorral salvaje.
Vigilemos nuestro pensamiento purificándole con la práctica incesante del bien, para que así arrojemos de nosotros los grilletes que amenazan encadenarnos a los oscuros procesos de la vida inferior.
Es en la fragua misma de la idea que se forjan las alas de los ángeles y las cadenas de los condenados.
Por el pensamiento nos esclavizamos a los cepos del suplicio infernal, sentenciándonos, a veces, a siglos de peregrinación por los caminos del dolor y de la muerte.
La mediumnidad torturada es la unión de almas comprometidas en aflictivas pruebas para saldar antiguas deudas.
Y para abreviar el tormento que flagela de mil modos a la conciencia reencarnada o desencarnada, en los distintos grados expiatorios, es imprescindible proponerse la renovación mental, pues éste es el único medio de recuperación de la armonía.
Que alguien quede satisfecho sólo con la apariencia, en materia religiosa, sin preocuparse de su perfeccionamiento interior, es tan inútil para el alma como aceptar un cargo entre los hombres sin asumir la responsabilidad que conlleva.
Las simples expresiones de fe no son meras palabras con las que podamos cubrir nuestras deficiencias y debilidades. Implican deberes de purificación que no debemos rechazar, aceptando las obligaciones que nos corresponden.
En nuestros círculos de trabajo, no debe bastarnos con el hecho de creer y estar convencido.
Nadie es realmente espírita ni está a la altura de este nombre sólo por haber conseguido la cura de una dolencia rebelde con la ayuda de entidades amigas, y se convenza con ello, admitiendo la intervención del mundo espiritual en su existencia; como tampoco nadie es médium, en el elevado concepto del término, solamente porque sea el instrumento de comunicación entre las humanidades visible e invisible.
Para realizar el trabajo que nos fue asignado, conforme a los principios superiores que iluminan nuestra marcha, es necesario concretar la esencia de éstos en nuestras realizaciones como testimonio de nuestra conversión al amor santificante.
No bastará, por tanto, el solo meditar acerca de nuestro idealismo superior. Es preciso hacerlo realidad en nuestras manifestaciones de cada día.
Los grandes artistas saben colocar la chispa del genio en una simple pincelada, en un reducido bloque de mármol o en la más ingenua composición musical.
Las almas realmente convertidas a Cristo reflejan su belleza en los mínimos gestos de cada hora, sea en la emisión de una frase breve, en la ignorada cooperación en favor de sus semejantes o en la renuncia silenciosa que la consideración terrena no alcanza a comprender.
Nuestros pensamientos generan nuestros actos, y nuestros actos engendran pensamientos en los demás.
Inspiremos simpatía y elevación, nobleza y bondad alrededor nuestro, para que así no nos falte el día de mañana el precioso pan de la alegría.
El convencimiento de nuestra inmortalidad sin la altura de espíritu paralela es una proyección de luz en el desierto.
Mediar entre dos planos diferentes sin elevar el nivel moral es estancarse en la esterilidad.
El pensamiento es tan significativo en la mediumnidad, como es el lecho para el río. Haced correr aguas puras sobre un lecho de fango y tendréis una corriente oscura, adulterada.
Es cierto que divinos mensajes descienden del Cielo a la Tierra. Sin embargo, para ello es necesario que existan los canales adecuados.
Jesús espera por la formación de mensajeros humanos capaces de proyectar en el mundo las maravillas de su Reino.
Para alcanzar ese perfeccionamiento ideal es imprescindible que el poseedor de facultades psíquicas no se detenga en la simple recepción de comunicaciones.
Le será indispensable la consagración de sus fuerzas a las más elevadas formas de vida, buscando en la educación de sí mismo y en el servicio desinteresado al prójimo, el material firme con el que construya su propio camino.
La comunión con los orientadores del progreso espiritual del mundo, a través del libro, enriquece nuestro conocimiento y acentúa nuestra valía mental; y la siembra constante de bondad trae consigo la cosecha de simpatía, sin la cual el granero de la existencia se reduce a una caverna de desesperación y desaliento.
No basta ver, oír o incorporar a los espíritus desencarnados para que alguien adquiera el carácter de respetabilidad.
Hermanos ignorantes e irresponsables forman enjambres, en todos los sectores de la Tierra, en razón del grado evolutivo deficitario en el que se encuentran las colectividades del planeta, y muchas veces, sin ningún ánimo de perversidad propiamente dicho, millares de almas que se hallan libres de la envoltura densa practican el vampirismo con los encarnados desprevenidos, simplemente con la intención de seguir usufructuando las sensaciones del campo físico que no han sabido o querido dominar.
Toda obra, para adelantar, exige trabajadores que se dediquen a su crecimiento y al cuidado de ellos mismos.
Esto se ve claro en la naturaleza. No tiene frutos el árbol con pocos meses de vida.
La madera, sin un tratamiento previo, es imposible aprovecharla como mueble en el santuario hogareño.
La arena movediza no garantiza firmeza a los cimientos. La luz no puede proyectarla el candil que carece de aceite.
El automóvil no transita con normalidad donde no existe carretera.
¿Cómo esperar el pensamiento divino donde el pensamiento humano se pierde en las más bajas reflexiones de la vida? ¿Qué mensajero del Cielo hará resplandecer el mensaje celestial en nuestro entendimiento, cuando el espejo de nuestra alma yace ennegrecido por los más inferiores intereses?
En vano buscaría la estrella reflejarse en el lodo de un charco.
Amigos, pensemos en el bien y hagámoslo.
Todo lo que existe dentro de la naturaleza es la idea exteriorizada.
El Universo es la proyección de la Mente Divina, y la Tierra, tal como la conocéis en su contenido político y social, es el producto de la mente humana.
Las civilizaciones y los pueblos, las culturas y las experiencias constituyen formas de pensamiento por medio de las cuales evolucionamos incesantemente hacia las esferas más altas.
Preocupémonos, pues, de la obligación del auto-perfeccionamiento.
Sin comprensión y sin bondad nos hermanaremos con los hijos desventurados de la rebeldía.
Sin estudio y sin observación nos contaremos indefinidamente entre los infortunados exponentes de la ignorancia.
Amor y sabiduría son las alas con las que realizaremos el vuelo definitivo rumbo a la perfecta comunión con el Padre Celestial.
Escalemos el plano superior, instalando pensamientos sublimes en aquellos que nos rodean.
La palabra aclara. El ejemplo arrastra. Ajustémonos al Evangelio redentor. Cristo es la meta de nuestra renovación.
Regenerando nuestra existencia según las enseñanzas de Él, reestructuraremos la vida íntima de aquellos que nos rodean. ¡Amigos míos, creedlo!... El pensamiento puro y operante es la fuerza que nos impulsará del odio al amor, del dolor a la alegría, de la Tierra al Cielo...
¡Busquemos la conciencia de Jesús para que nuestra conciencia refleje su perfección y su belleza!...
Sepamos reflejar su gloria y su amor, para que la luz celeste se manifieste en nuestras almas, al igual que el esplendor solar se extiende sobre el mundo. ¡Comencemos nuestro esfuerzo de elevación espiritual desde hoy, y mañana habremos avanzado considerablemente en el gran camino!...
Mis amigos, mis hermanos, rogando a Jesús que nos ampare a todos, os dejo con un hasta pronto.
La voz de la médium enmudeció.
Conmovidos, observamos que en lo alto se apagaba una gran luz brillante.
Raúl Silva, con una breve plegaria, cerró la reunión.
Nos unimos a Clementino en el momento de despedirnos.
–Vuelvan cuando gusten –nos invitó gentilmente.
–Sí, sí, deseamos seguir aprendiendo.

Y unidos a nuestro orientador nos retiramos felices, como quien hubiera sorbido el agua viva de la paz en la copa de la alegría.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

lunes, 27 de octubre de 2014

LA EMPATIA

Asistencia Fraterna

Manoel Philomeno de Miranda


Suely Caldas Schubert
Según el diccionario “Aurelio”, empatía quiere decir: sentir lo que se sentiría en el caso de que estuviese en la situación y circunstancia experimentadas por otra persona.
La palabra empatía viene de einfühlung; término usado por psicólogos alemanes, que significa, literalmente, “sentir dentro”. Es derivada del griego pathos que quiere decir sentimiento fuerte y profundo semejante al sufrimiento y teniendo como prefijo la preposición in.
Difiere de simpatía que exprime “sentir con”. La empatía es un estado de identificación más profundo de la personalidad, a tal punto en que una persona se sienta “dentro de la otra” personalidad. Es en esta identificación que el verdadero entendimiento entre las personas puede ocurrir.
El primer paso para que la persona alcance esa condición de empatía es la simpatía, o sea, sentir con. De esta forma, el Asistente Fraterno debe tener facilidad de simpatizar con las personas, de sentir con cada una los sufrimientos y dificultades que atraviesan, y, sentirse solidario.
La empatía denota un estado más avanzado y se puede decir que es la esencia del amor. Sólo aquel que ama al prójimo tiene la capacidad de “sentir dentro”, esto es, de filtrarse en el mundo de los sentimientos ajenos y captarles el mensaje silencioso, las llamadas, la búsqueda, y, en profunda donación, transmitir la palabra acertada, envuelta de ese amor desinteresado y tierno que trasciendo al entendimiento común.
Empatía es disposición para trascender las limitaciones del tiempo (“yo tengo tiempo para oírte”) y los propios contenidos emocionales, personales del asistente (“yo me pongo a su disposición y, en ese momento, usted es la persona más importante y sus problemas son el centro de mi interés”). Es aún la garantía de que el contenido de las declaraciones sea absolutamente sigilosas, pero más trágicas que sean, porque significa la verdad de quien habla, verdad esa muchas veces dolorosa, terrible o agresiva.
La persona empática es aquella que consigue, o se esfuerza para conseguir evitar que sus principios y valores interfieran en la declaración de quien habla, permitiendo que ésta sea integral, alcanzando, de esta forma, el objetivo del Asistente Fraterno, que es el de ofrecer espacio, tiempo, atención y amor fraternal para que el otro se libere, lo más posible, de sus contenidos emocionales negativos.
  
Alfredo Adler se expresa así sobre la empatía:
“La empatía ocurre en el momento en que un ser humano habla con el otro. Es imposible comprender a otro individuo si no fuese posible, al mismo tiempo, identificarse con él… Si buscamos el origen de esa capacidad de actuar y sentir como si fuésemos otra persona, iremos a encontrarla en la existencia de un sentimiento social innato. En realidad, ella es un sentimiento cósmico y un reflejo del encadenado de todo el cosmos que vive en nosotros. Es una característica inevitable del ser humano.”

La capacidad de empatizar denota madurez espiritual, que es progresivo y se desarrolla, cada vez más, exactamente proporcional a la medida en que la persona profundiza su disposición de amar al prójimo y, en último análisis, la vida en todas sus formidables expresiones.
La Doctrina Espírita abre perspectivas ilimitadas en esa área, invitando al individuo a ejercer la caridad plena, tal como señala la pregunta 886 de El Libro de los Espíritus, cuando los Instructores de la Vida Superior aleccionan que la verdadera caridad consiste en la “benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones ajenas y perdón de las ofensas.”

Para los servicios de Asistencia Fraterna el significado de empatía se amplía y se torna, realmente, en la capacidad de amar al prójimo, conforme la inolvidable enseñanza de Jesús, que sintetiza todo esto en plenitud: “Amar al prójimo como a sí mismo.”

AMOR FRATERNAL