sábado, 10 de octubre de 2015

CONSTELACIÓN FAMILIAR

La escuela familiar

Libro: Constelación Familiar
Autor: Divaldo Franco (Médium) Joanna de Angelis (Espíritu)

La familia es el resultado de un largo proceso evolutivo del espíritu en la extensa trayectoria recorrida por medio de las sucesivas reencarnaciones.
Como resultado del instinto gregario que une a todos los animales, aves, reptiles y peces, en grupos que se auxilian y que dependen recíprocamente, en el ser humano alcanza un nivel relevante y de alta significación, debido a la conquista del razonamiento, de la conciencia.
De esa forma, la familia es el cimiento sobre el cual la sociedad se edifica, al convertirse en la primera escuela del espíritu, donde son perfeccionadas las facultades que liberan los recursos que duermen latentes.
La familia es la escuela de bendiciones donde se aprenden los deberes fundamentales para una vida feliz y sin cuyo apoyo terminan los ideales, desfallecen las aspiraciones, se marchitan las resistencias morales.
Cuando el individuo opta por la soledad, termina siendo portador de trastornos de conducta y de la emoción, con la excepción de los grandes místicos e investigadores de la ciencia, filósofos y artistas que abrazan los objetivos superiores como si fueran su familia.
La familia, organizada antes de la reencarnación, cuando son elegidos los futuros miembros que la conformarán o siendo el resultado de la precipitación sexual de muchos individuos, es siempre el santuario que no puede dejar de ser considerado sin tener en cuenta los graves prejuicios para quien perturbe su estructura.
El hogar es el taller permanente donde se templan los sentimientos y las emociones, dándoles la dirección correcta y la orientación segura para las acciones del futuro.
Por esta razón, no se vive en la familia ideal, en aquella en la cuál se desearía convivir con espíritus nobles y ricos de sabiduría, sino en el grupo donde son mejor atendidas las necesidades de la evolución.

Muchas veces, en el grupo domestico surgen las reminiscencias perturbadoras del Más Allá o de otras existencias, que deben ser trabajadas a través del cincel de la misericordia, de la tolerancia y de la compasión, a fin de que puedan ser archivadas como emociones diferentes y ennoblecidas, que contribuirán en favor del progreso de todos.
Fruto de la inspiración divina, la familia es la oportunidad superior del entendimiento y de la verdadera fraternidad, de donde surgirá el grupo mayor, equilibrado y rico de valores, que luego formará la sociedad.
Por ello, en los momentos en que la familia se desintegra bajo los golpes de la impiedad y de la agresión o se diluye debido a la ilusión adormecida por sus miembros o se desmorona en razón de la imprevisión, la sociedad sufre una gran opresión.
En el hogar se fomentan y desarrollan los recursos de la compresión humana o los de la agresividad y el resentimiento contra los demás seres humanos.
La constelación familiar no es una aventura al país engañoso del placer y de la fantasía, sino una experiencia profunda, que otorga la verdadera comprensión de la finalidad de la existencia terrenal con los ojos puestos en el futuro de la humanidad.

Campo experimental de luchas íntimas y externas, constituye la inusual oportunidad para que el espíritu se entrene en los emprendimientos personales, sin perder el contacto con la realidad externa y con las demás personas.
Incluso cuando no se corresponde con las expectativas personales, a causa del reencuentro con los adversarios o con temperamentos poco amistosos, en el hogar se adquiere la necesaria filosofía de vida para conducirse con equilibrio durante toda la existencia.
El ejercicio de la paciencia dentro del clan familiar es una contribución muy valiosa para alcanzar la experiencia de iluminación, porque si aquellos con los cuales se convive se convierten en seres difíciles de ser amados, generando dificultades emocionales que se originan continuamente, ¿como se puede experimentar amor en relación a personas con las cuales no se tiene vínculo ninguno, sino por la pasión o los sentimientos de intereses pasajeros?
En el hogar, donde se es conocido y es muy difícil ocultar las heridas interiores, son pulidas las imperfecciones en continuas dificultades que no deben caer en las luchas de la indiferencia o del odio, de los celos o de la rebeldía.

Aquel que hoy se presenta agresivo y cínico en el grupo doméstico, dando lugar a luchas perversas, se encuentra enfermo del alma, merece orientación y exige más paciencia.
Nadie se vuelve infeliz por simple placer, sino como consecuencia de muchos factores que le son desconocidos. El propio paciente ignora la perturbación de la que es portador, deteniéndose, invariablemente, en el tormento en que se debate, sin capacidad de discernimiento para evaluar los daños que produce en el grupo donde se encuentra, ni tiene la debida compresión de cuánto necesita para superarse y actuar correctamente.
Por eso mismo, se transforma en un desafío familiar, al ser el transmisor de altas cargas tóxicas de antipatía, de agresividad, de desequilibrio.
La constelación familiar recuerda el equilibrio que rige el Universo: los astros menores giran atraídos por la fuerza de los mayores, en el caso específico de las estrellas, los planetas, satélites y asteroides...En el tema que tratamos, son los padres las estrellas de primera magnitud cuya fuerza gravitacional se impone a los hijos, en la condición de planetas alrededor, así como de futuros satélites que girarán en su entorno bajo la atracción de los efectos, que son todos aquellos que se vinculan a los descendientes.
En los astros hay perfecta armonía debido a las leyes cósmicas que los mantienen en continuo equilibrio. No obstante, en la familia, en razón de los sentimientos, de las individualidades, de las experiencias pasadas, el fenómeno es muy diferente, puesto que el equilibrio oscila de acuerdo con el desarrollo ético-moral de cada uno, que se presenta conforme es y no como nos gustaría que fuese.
Por mas que sea combatida por los nuevos modelos de la locura que se extiende por al Tierra, la familia no desaparecerá del contexto social, en la condición de institución superada, porque el amor que siempre existirá en el hogar, núcleo de formación que es, para expandirse en dirección del colosal grupo humano.

Quien no consigue la capacidad de amar a aquellos con los cuales convive, difícilmente podrá amar a los que no conoce.
El combustible del amor se inflama con mayor potencia cuando es fortalecido por la convivencia emocional. En otras condiciones se trata sólo de una atracción física pasajera, de la libido exagerada que luego cede lugar al desencanto, al tedio, al desinterés.

Por lo tanto la familia es un núcleo de embellecimiento espiritual, que proporciona el aprendizaje de las relaciones futuras exitosas.
En el grupo animal, cuando los hijos adquieren la capacidad de conseguir alimento, los padres los abandonan; y excepcionalmente en algunas especies eso ocurre antes.
En el círculo humano de la familia es diferente: los lazos entre padres e hijos jamás se rompen, incluso cuando hay dificultades en la relación actual o que exige el traslado de los problemas a otras oportunidades en el futuro reencarnacionista, que se repite hasta la adquisición del equilibrio afectivo.
La Divina Ley establece que solamente a través del amor el espíritu encuentra la plenitud, y la familia es el lugar donde se perfecciona ese sentimiento, que se extiende en diversas expresiones de ternura, de abnegación, de afectos...
Con el entrenamiento doméstico el espíritu adquiere la capacidad de amar con mas amplitud, para alcanzar a la sociedad, que se le convierte entonces un familia universal.

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL












viernes, 28 de agosto de 2015

El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina según el Espiritismo

Allan Kardec

CAPÍTULO III
El Cielo


4. Las ideas del hombre están en proporción a lo que sabe, y, como todos los descubrimientos importantes, el de la constitución de los mundos debió dar a las ideas otra dirección: bajo el imperio de esos nuevos conocimientos, las creencias debieron modificarse. El cielo ha sido cambiado de sitio; la región de las estrellas, no teniendo límites, no puede ya servirle de mansión. ¿Dónde está, pues? A esta pregunta todas las religiones enmudecen.
El Espiritismo la resuelve demostrando el verdadero destino del hombre. Tomando por punto de partida la naturaleza de éste y los atributos de Dios, se llega a la conclusión de que, partiendo de lo conocido, se llega a lo desconocido por una deducción lógica, sin mencionar las observaciones directas que el Espiritismo permite hacer.
5. El hombre está compuesto de un cuerpo y de espíritu. El espíritu es el ser principal, el ser racional, el ser inteligente. El cuerpo es la envoltura material que viste temporalmente el espíritu para el cumplimiento de su misión en la Tierra y la ejecución del trabajo necesario para su adelanto.
El cuerpo gastado se destruye, y el espíritu sobrevive a su destrucción. Sin el espíritu, el cuerpo no es más que materia inerte, como un instrumento privado del brazo que le hace obrar; pero sin el cuerpo, el espíritu lo es todo: vida e inteligencia. Dejando el cuerpo, vuelve al mundo espiritual del cual salió para encarnarse. Hay, pues, el mundo corporal, compuesto de espíritus encarnados, y el mundo espiritual, formado por los espíritus desencarnados.
Los seres del mundo corporal, por el mismo hecho de tener una envoltura material, han de
residir en la Tierra o en otro planeta cualquiera. El mundo espiritual está en todas partes, alrededor nuestro y en el espacio, puesto que no tiene límites. En razón a la naturaleza fluídica de su envoltura, los seres que la componen, en lugar de arrastrarse penosamente por el suelo, traspasan las distancias con la rapidez del pensamiento. La muerte del cuerpo es la rotura de los lazos que los cautivaba.
6. Los espíritus son creados sencillos e ignorantes, pero con la oportunidad de adquirirlo todo y progresar, en virtud de su libre albedrío. A través del progreso adquieren nuevos conocimientos, nuevas facultades, nuevas percepciones, y como consecuencia, nuevos goces y comprenden lo que los espíritus atrasados no pueden ni oír, ni ver, ni sentir, ni comprender. La dicha está en proporción al progreso obtenido, de manera que, de dos espíritus, uno puede no ser tan feliz como el otro únicamente porque no está tan adelantado intelectual y moralmente, sin que deban estar cada uno en distinto sitio. Aunque ambos estén juntos, uno puede estar en tinieblas, mientras que todo puede ser resplandeciente para el otro; ocurre lo mismo entre un ciego y una persona que ve que se dan la mano: este último percibe la luz que no produce impresión alguna en el ciego. La dicha de los espíritus, siendo inherente a las cualidades que poseen, la toman en donde la encuentra, en la superficie de la Tierra, en medio de los encarnados o en el espacio.
Una comparación vulgar hará comprender aún mejor esta situación. En un concierto se encuentran dos hombres. El primero es un buen músico, con oído fino, el segundo sin conocimientos musicales y con poco oído. El primero experimenta una sensación muy agradable mientras que el segundo se queda insensible, porque el uno comprende y percibe lo que no produce impresión alguna en el otro. Así sucede con todos los goces de los espíritus: están en proporción de su aptitud para sentirlos. El mundo espiritual tiene en todas partes esplendores, armonías y sensaciones que los espíritus inferiores, todavía sometidos a la influencia de la materia, ni aún vislumbran, y sólo los espíritus purificados lo perciben.
7. El progreso de los espíritus es fruto de su propio trabajo, pero como son libres, trabajan para su adelanto con más o menos actividad o negligencia, según su voluntad. Adelantan o detienen así su progreso, y por consiguiente, su dicha. Mientras que unos adelantan rápidamente, otros se estacionan durante muchos siglos en rangos inferiores. Son, pues, los autores de su propia situación, feliz o desgraciada, según estas palabras de Cristo: “¡A cada uno según sus obras!” Todo espíritu que queda rezagado, sólo debe culparse a sí mismo, así como al que adelanta le corresponde el mérito de ello. La dicha, que es obra suya, tiene a sus ojos un gran precio.
La bienaventuranza suprema sólo es peculiar de los espíritus perfectos, es decir, de los espíritus puros. Sólo la alcanzan después de haber progresado en inteligencia y moralidad.
El progreso intelectual y el progreso moral rara vez marchan a la par, pero lo que el espíritu no hace en un tiempo, lo hace en otro, de manera que los dos progresos concluyen al llegar a un mismo nivel. Esta es la razón del por qué se ven frecuentemente hombres inteligentes e instruidos muy poco adelantados moralmente y viceversa.
8. La encarnación es necesaria para alcanzar tanto el progreso moral como el intelectual del espíritu. El progreso intelectual, a través de la actividad que tiene que desplegar en su trabajo. El progreso moral, mediante la necesidad que los hombres tienen los unos de los otros. La vida social es la piedra de toque de las buenas y de las malas cualidades. La bondad, la maldad, la dulzura, la violencia, la benevolencia, la caridad, el egoísmo, la avaricia, el orgullo, la humildad, la sinceridad, la franqueza, la lealtad, la mala fe, la hipocresía, en una palabra, todo lo que constituye el hombre de bien o el perverso, tiene por móvil, por objeto y por estimulante, las relaciones del hombre con sus semejantes. Para el hombre que viviera solo, no habría ni vicios ni virtudes: si por el aislamiento se preserva del mal, anula del mismo modo el bien.
9. Una sola existencia corporal es prácticamente insuficiente para que el espíritu pueda adquirir todo lo que le falta en bien y se deshaga de todo lo que es malo en él. El salvaje, por ejemplo, ¿podría quizá, en una sola encarnación, llegar al nivel moral e intelectual del hombre civilizado más adelantado? Esto es materialmente imposible. ¿Debe, pues, quedar eternamente en la ignorancia y la barbarie, y privado de los goces que sólo puede procurar el desarrollo de las facultades? El simple buen sentido rechaza tamaña suposición, que representaría, a la vez, la negación de la justicia y de la bondad de Dios y la de la ley progresiva de la Naturaleza. Por eso Dios, que es soberanamente justo y bueno, concede al espíritu todas las existencias necesarias para llegar al fin, que es la perfección.
En cada nueva existencia, el espíritu trae lo que ha adquirido en las precedentes, en aptitudes, conocimientos intuitivos, inteligencia y moralidad. Cada existencia es así un paso adelante en la vía del progreso.
La encarnación es inherente a la inferioridad de los espíritus: no es necesaria para aquellos
que traspasaron el límite y que progresan en el estado espiritual o en las existencias corporales de los mundos superiores, que nada tienen de la materialidad terrestre. La encarnación de estos seres superiores en mundos materializados es voluntaria, con el objeto de ejercer con los encarnados una acción más directa para el cumplimiento de la misión de la cual están encargados y por la cual deben estar cerca de ellos. Aceptan las vicisitudes y los padecimientos por abnegación.
10. En el intervalo de las existencias corporales, el espíritu vuelve, por un tiempo más o menos largo, al mundo espiritual, en el cual es feliz o desgraciado según el bien o el mal que hizo.
El estado espiritual es el estado normal del espíritu, ya que ese debe ser su estado definitivo, puesto que el cuerpo espiritual no muere, y el estado corporal sólo es transitorio y pasajero. En el estado espiritual, sobre todo, el espíritu recoge los frutos del progreso logrados por su trabajo realizado por la encarnación. También se prepara para nuevas luchas y toma las resoluciones que se esforzará en practicar a su vuelta a la Humanidad.
El espíritu progresa igualmente en la erraticidad. Allí adquiere conocimientos especiales que no podría lograr en la Tierra, y sus ideas se modifican. El estado corporal y el espiritual son para él el origen de dos géneros de progreso solidarios el uno con el otro, y por eso pasa alternativamente por estos dos modos de existencia.
11. La reencarnación puede verificarse en la Tierra o en otros mundos. Entre los mundos, hay unos más adelantados que otros donde la existencia se cumple en condiciones menos penosas que en la Tierra, física y moralmente. Pero en ellos sólo son admitidos los espíritus llegados a un grado de perfección acorde con el estado de aquellos mundos.
La vida en los mundos superiores es ya una recompensa porque allí no se sufren los males y
las vicisitudes con las cuales se lucha aquí en la Tierra. Los cuerpos, menos materiales, casi fluídicos, no están expuestos ni a las enfermedades ni a los accidentes, ni incluso a las
necesidades.
Estando excluidos de allí los malos espíritus, los hombres viven en paz, sin otro cuidado que el de su adelanto por el trabajo de la inteligencia. Allí impera la verdadera fraternidad porque no hay egoísmo, la verdadera libertad porque no hay orgullo, la verdadera igualdad porque no hay desórdenes que reprimir ni ambiciosos que quieran oprimir al débil. Estos mundos comparados con la Tierra son verdaderos paraísos; son etapas del camino del progreso que conduce al estado definitivo. La Tierra es un mundo inferior destinado a la depuración de los espíritus imperfectos, y ésta es la razón por la cual domina el mal, hasta que Dios quiera hacer de este planeta una mansión de espíritus más adelantados.
Así pues, el espíritu, progresando gradualmente a medida que se desarrolla, llega al apogeo
de la felicidad. Pero antes de haber alcanzado el punto culminante de la perfección, goza de una dicha en proporción con su adelanto, del mismo modo que el niño disfruta de los placeres de su edad infantil, más tarde de los la de juventud, y finalmente los más sólidos de la edad madura.
12. La felicidad de los espíritus bienaventurados no consiste en la ociosidad contemplativa, que sería, como a menudo se ha dicho, una terna y fastidiosa inutilidad. La vida espiritual, en todos los grados, es, por el contrario, una actividad constante; pero una actividad exenta de fatigas.
La suprema dicha consiste en el goce de todos los esplendores de la Creación, que ninguna lengua humana podría expresar y que ni la imaginación más desarrollada podría concebir. Consiste en el conocimiento y la penetración de todas las cosas, en la carencia de todas las penas físicas y morales, en una satisfacción íntima, en una serenidad de alma que nada turba, en el amor puro que une todos los seres, resultado de ningún roce ni contacto con los malos, y, sobre todo, en la visión de Dios y en la contemplación de sus misterios revelados a los más dignos. Consiste también en las funciones, cuyo encargo es una dicha. Los espíritus puros son los mesías mensajeros de Dios para la transmisión y la ejecución de sus voluntades. Llevan a cabo las grandes misiones, presidiendo a la formación de los mundos y a la armonía general del Universo, cometido glorioso al cual se llega con la perfección. Los espíritus de rango más elevado son los únicos iniciados en los secretos de Dios, inspirándose en su pensamiento, puesto que son sus representantes directos.
13. Las tribulaciones de los espíritus son proporcionadas a su adelanto, las luces que poseen, sus capacidades, su experiencia y al grado de confianza que inspiran al soberano Señor.
Allí no existen los privilegios ni los favores que no sean premio del mérito: todo está medido con el peso de la justicia divina. Las misiones más importantes sólo son confiadas a los que Dios reconoce como capaces de llevarlas a cabo e incapaces de faltar a ellas o de comprometerlas. Mientras que a la vista de Dios, los más dignos componen el consejo supremo, la dirección de las infinitas evoluciones planetarias está confiada a jefes superiores, y a otros está conferida la de mundos especiales. Vienen después en el orden de adelanto y de la subordinación jerárquica las tribulaciones más restringidas de aquellos que presiden la marcha de los pueblos, la protección de las familias y de los individuos, el impulso de cada ramo de progreso, las diversas operaciones de la Naturaleza hasta los más ínfimos detalles de la Creación. En ese amplio y armonioso conjunto hay ocupaciones para todas las capacidades, aptitudes y buenas voluntades. Ocupaciones aceptadas con alegría, solicitadas con ardor, porque son un medio de adelanto para espíritus que aspiran a elevarse.
14. Así como las grandes misiones son confiadas a los espíritus superiores, las hay de todos los grados de importancia, destinadas a los espíritus de diferentes rangos; de lo que puede deducirse que cada encarnado tiene la suya, es decir, deberes que cumplir para el bien de sus semejantes, desde el padre de familia a quien incumbe el cuidado de hacer progresar a sus hijos, hasta el hombre de genio que aporta a la sociedad nuevos elementos de progreso. A menudo en esas misiones secundarias se encuentran debilidades, prevaricaciones, apartamientos, pero sólo perjudican al individuo y no al conjunto.
15. Todas las inteligencias contribuyen, pues, a la obra general en cualquier grado que se encuentren, y cada una según la medida de sus fuerzas. Unas en el estado de encarnación, otras en el estado de espíritu. Todo es actividad, desde el pie hasta la cumbre de la escala. Todos instruyéndose, prestándose un mutuo apoyo, dándose la mano para llegar a la cima. Así se asienta la solidaridad entre el mundo espiritual y el mundo corporal, o dicho de otro modo, entre los hombres y los espíritus, entre los espíritus libres y los cautivos. Así se perpetúa y se consolidan, a través de la depuración y la continuidad de las relaciones, las simpatías verdaderas y los nobles afectos.
En todas partes, pues, todo es vida y movimiento. Ni un rincón hay en el infinito que no esté poblado, ni una región que no sea incesantemente recorrida por innumerables legiones de seres radiantes, invisibles a los sentidos groseros de los encarnados, pero cuya contemplación llena de admiración y de la alegría a las almas libres ya de la materia. En todas partes, en fin, hay una dicha relativa para todos los progresos, para todos los deberes bien cumplidos. Cada uno lleva consigo los elementos de su dicha, en proporción a la categoría en que le coloca su grado de adelanto.
La dicha radica en las cualidades propias de los individuos, y no en el estado material del centro en que se encuentran. La dicha está, pues, en todas partes donde haya espíritus capaces de ser felices, y no tiene ningún sitio señalado en el Universo. En cualquier lugar en que se encuentren los espíritus puros puede contemplarse la Divina Majestad, porque Dios está en todas partes.
16. Sin embargo, la dicha no es personal, es decir, tan sólo para uno mismo. Si no procediese más que de nosotros mismos, si no pudiéramos compartirla con otros, sería una dicha egoísta y triste; y de aquí que también consista en la comunión de pensamientos que une a los seres simpáticos. Los espíritus felices, atraídos los unos hacia los otros por la similitud de ideas, gustos y sentimientos, forman amplios grupos o familias homogéneas, en medio de las cuales cada individualidad irradia con sus propias cualidades, y recoge los efluvios serenos y benéficos que dimanan del conjunto, cuyos miembros, tan pronto se separan para desempeñar su misión como se reúnen en un punto del espacio para compartir el resultado de sus trabajos, o alrededor de un espíritu de un rango más elevado para recibir sus advertencias e instrucciones.
17. Si bien los espíritus están en todas partes, los mundos son los sitios en que se reúnen con preferencia según la analogía que existe entre ellos y los que los habitan. Alrededor de los mundos atrasados pululan los espíritus inferiores. La Tierra es todavía uno de estos últimos. Cada mundo tiene, pues, digámoslo así, su población propia de espíritus encarnados y desencarnados que progresan normalmente con la encarnación y la desencarnación de los mismos espíritus. Esa población es más material y grosera en los mundos inferiores, en los que los espíritus están más apegados a la materia, y más sutil y altruista en los mundos superiores. Pero, desde estos últimos mundos, centros de luz y de dicha, los espíritus misioneros se precipitan hacia los mundos inferiores para sembrar en éstos los gérmenes del progreso, llevar el consuelo y la esperanza, reanimar los ánimos abatidos por las pruebas de la vida, y a veces, encarnan en ellos para cumplir su misión con mayor eficacia.
18. En esa inmensidad sin límites, ¿dónde está, pues, el cielo? En todas partes; ninguna valla le sirve de límites. Los mundos felices son las últimas estaciones que a él conducen. Las virtudes abren el camino, mientras que los vicios cierran su entrada.
Al lado de este cuadro grandioso que puebla todos los rincones del Universo, que da a todos los componentes de la Creación un objeto y una razón de ser, ¡cuán pequeña y mezquina es la doctrina que circunscribe la Humanidad a un imperceptible punto del espacio, que nos la presenta empezando en un día con el mundo que la sustenta, no abrazando así más que un minuto en la eternidad! ¡Cuán triste, fría y helada es, cuando nos muestra el resto del Universo, antes, durante y después de la Humanidad terrestre sin vida, sin movimiento, como un inmenso desierto sumergido en el silencio! ¡Cuán desconsoladora es, según algunas doctrinas, que tan sólo destina a un pequeño número de elegidos a la contemplación perpetua, mientras que la mayoría de las criaturas quedan condenadas a padecimientos sin fin! ¡Cuán aflictiva es, para los corazones amorosos, por la barrera que interpone entre los muertos y los vivos! Las almas felices, se dice, sólo piensan en su dicha; y las que son desdichadas, en sus sufrimientos. ¿Qué tiene de extraño que el egoísmo domine en la Tierra, cuando nos lo enseñan en el cielo? ¡Cuán pequeña es entonces la idea que se da de la grandeza, del poderío y de la bondad de Dios! ¡Cuán sublime es, por el contrario, la que de ella da el Espiritismo! ¡Cuánto dilata las ideas esta doctrina! ¡Cuánto amplía el pensamiento! Más, ¿quién nos asegura que es la verdadera? Ante todo, la razón, después la revelación, y por fin, su concordancia con el progreso de la ciencia. Entre dos doctrinas de las cuales una amengua y la otra desarrolla los atributos de Dios; de las que una está en desacuerdo y la otra en armonía con el progreso; de las que una queda rezagada y la otra marcha adelante, el buen sentido dice de qué lado está la verdad. Ante estas dos doctrinas, que cada uno, en su fuero interno, consulte sus aspiraciones, y una voz íntima le contestará: Las aspiraciones son la voz de Dios que no puede engañar a los hombres.
19. Pero entonces, ¿por que Dios no les reveló toda la verdad desde el principio? Por la misma razón que no se enseña en la niñez lo que enseña en la edad madura. La revelación parcial era suficiente durante cierto período de la Humanidad; Dios la adecua a las fuerzas del espíritu. Los que reciben hoy una revelación más completa son los mismos espíritus que recibieron ya otra parcial en otros tiempos, pero que desde entonces han crecido en inteligencia.
Antes que la ciencia hubiese revelado a los hombres las fuerzas de la Naturaleza, la constitución de los astros, el verdadero objeto y la formación de la Tierra, ¿cómo habrían podido comprender la inmensidad del espacio, la pluralidad de mundos? Antes de que la geología hubiese probado la formación de la Tierra, ¿cómo habrían podido desalojar de su centro el infierno y comprender el sentido alegórico de los seis días de la Creación? Antes de que la astronomía hubiese descubierto las leyes que rigen el Universo, ¿cómo habrían podido comprender que no hay ni alto ni bajo en el espacio, que el cielo no está encima de las nubes, ni limitado por las estrellas? Antes de la ciencia psicológica, ¿cómo habrían podido identificarse con la vida espiritual? ¿Concebir, después de la muerte, una vida feliz o desgraciada, a no ser en un sitio circunscrito y bajo una forma material? No; comprendiendo más por los sentidos que por el pensamiento, el Universo era demasiado vasto para su cerebro. Era necesario reducir a proporciones menos extensas para ponerlo a su alcance, aunque más adelante tuvieran que ensancharlo. Una revelación parcial tenía su utilidad: era prudente entonces; hoy es insuficiente. La falta de razón está en aquellos que, no teniendo en cuenta el progreso de las ideas, creen poder gobernar a los hombres de edad madura con los andadores de la niñez.
(Véase El Evangelio según el Espiritismo, Cáp. III.)

Un abrazo fraterno.
AMOR FRATERNAL

martes, 30 de junio de 2015

Caridad

FUERA DE LA CARIDAD NO HAY SALVACIÓN


La caridad es una virtud que lleva implícita la acción. No es pasiva, no es perezosa ni se deja conducir por las ondas egoístas de la vida. 
La caridad, al contrario, es dinámica, activa y se mueve en la dirección del bien del prójimo. Es hermana de otras virtudes, tales como la bondad y la piedad. La piedad, incluso, es precursora de la caridad, tal como lo señala Miguel en El Evangelio según el Espiritismo. El individuo se apiada del sufrimiento del otro, se enternece y pone en acción los dispositivos mentales de la caridad, como elemento capaz de contribuir al alivio del dolor ajeno.
La caridad es fundamental para el ser humano. Es una de las leyes de Dios para la evolución de la criaturas, lo que equivale a decir que el desarrollo de esta virtud es imprescindible para la conquista de la felicidad. Nadie podrá ser feliz se carece de caridad en el corazón, porque su trabajo personal en el bien es el que le confiere su aroma. Es la acción caritativa la que coloca, unos sobre otros, los ladrillos de la edificación espiritual. No sin razón Allan Kardec señaló que "fuera de la caridad no hay salvación". ¿Cómo habríamos de evolucionar a solas, sin el prójimo? Los hombres se necesitan unos a otros para aprender juntos, para intercambiar afectos, para auxiliarse mutuamente. Si faltara la caridad sólo existirían la frialdad, la inacción, el egoísmo en su más alto grado y la indiferencia; en definitiva, los dolores humanos. Sucede lo que decía el humanitario Albert Schweitzer: "Siempre estamos juntos, pero morimos aislados".

Al analizar la actitud de las personas que dignificaron la raza humana, constataremos en todos los casos la presencia de actos virtuosos, de acciones que fluían de una psiquis afecta a la caridad, hábito saludable que estas personas tuvieron el coraje de ejercitar en todos los momentos de sus vidas. Esa firmeza en la dirección del comportamiento solidario define las características del individuo caritativo, de aquél que no se detiene ante ningún obstáculo.
Mientras algunos, pese a su idealismo, interrumpen la marcha porque les falta energía para enfrentar las dificultades del camino, quien posee caridad en el alma no se detiene. ¿De dónde provendrá esa fuerza interior, capaz de erguir a los desanimados y de impulsar las realizaciones? ¿Qué clase de seres son esos que logran lo que se proponen en pos de un ideal que los vincula estrechamente con su prójimo? Su vida esta absolutamente dedicada al bienestar de sus semejantes. Acostumbrados a observar las necesidades humanas, las detectan con relativa facilidad, al contrario de la mayoría que cierra los ojos ante los sufrimientos de los demás. El horario de trabajo de esos misioneros de la caridad abarca todos los momentos de dolor y todas las horas de amargura. No tienen límites de tiempo para prestar auxilio, ni determinan el momento conveniente para el socorro, porque saben que el dolor no tiene una hora fijada ni puede esperar. El ser humano que se pone la túnica de la fraternidad no espera que lo inviten a ayudar ni aspira a los laureles efímeros de la Tierra. Está siempre atento a un grito de angustia o un gemido de hambre. Tampoco necesitará diplomas: para servir basta con amar al hermano que está sufriendo.

Son fuertes porque no sienten apego a los valores materiales ni son cómplices de los juegos de intereses mundanos. Son poderosos porque triunfaron sobre el egoísmo desenfrenado, porque se han elevado por encima de los deseos de poder de la sociedad terrena, porque han sabido diferenciar los valores superfluos y efímeros de los valores auténticos y perennes. Así son los mensajeros de la caridad: han dignificado su existencia con el aroma de la renuncia a los placeres, para elevar a los que cayeron, curar heridas dolorosas, señalar caminos.

Hay ejemplos a seguir y eso constituye un rumbo seguro para la humanidad.
La abnegación de Albert Schweitzer y de la Madre Teresa de Calcuta, la entrega de la Hermana Dulce de Bahía, la obstinación en la no-violencia de Gandhi, el apostolado de la humildad de Francisco de Asís, el espíritu caritativo de un Bezerra de Menezes, la dulzura de un Frei Fabiano de Cristo, la renuncia y la bondad de Chico Xavier, la tenacidad en la divulgación del bien de un Divaldo Franco, y muchos otros. 
Todos son ejemplos de una conducta dedicada a la caridad, y nos han mostrado la mejor manera de servir al Cristo y al prójimo.

Texto extraído de: Educación de los Sentimientos (Jason de Camargo)


AMOR FRATERNAL















martes, 2 de junio de 2015

¡PERDONA SÍ!

Siempre estamos dispuestos a que nos perdonen.

¿Pero nosotros sabemos perdonar?


Siempre encontramos una auto-disculpa. En el libro El espíritu de la Verdad el espíritu Meimei dice:

- Un desconocido pasó en un auto y salpicó tu ropa con lodo, como si toda la calle le perteneciera...¡Compadécete de él! Corre desesperado en busca de alguien que socorra a su hijo en los estertores de la muerte.

- Una hermosa mujer, adornada con perlas y brillantes va a tu lado, mientras parece fingir que no percibe tu presencia.... ¡Compadécete! Tiene sus ojos vacíos por el llanto y no puede verte.

- Un joven admirablemente arreglado, al cruzarse contigo te dijo palabras de sarcasmo e injuria... ¡Compadécete! Sus pasos lo llevan en dirección al hospicio aunque todavía no lo sabe.

- El amigo que más amas te negó un favor... ¡Compadécete de él! No puedes ver la dificultad que tiene clavada en el corazón.

¡Compañeros del mundo!... Estarán contigo, especialmente dentro de tu hogar, donde tienen los nombres de padre y madre, esposo y esposa, hijos y hermanos. Muchas veces se levantan por la mañana, llorosos o doloridos, aguardando una sonrisa de comprensión, o vuelven del trabajo fatigados y apenados, mendigando tu entendimiento.
Todos son portadores de aflicciones y conflictos que ignoras.

¡Yergue tu alma y auxilia siempre!... ¡Indulgencia para todos! ¡Bondad para con todos!
Y si alguno te hiriera directamente en la carne o en el alma, no levantes el brazo ni la voz para replicar.
Busca en el silencio la inspiración del Señor, y del Maestro, como si descendiera nuevamente de la cruz en que pidió perdón para sus propios verdugos, te dirá compasivo:
¡Perdona, sí! Perdona siempre porque, en realidad, quienes no perdonan tampoco saben lo que hacen.











Por el espíritu Meimei


Publicado por el Blog de  Azucena
Texto extraído de: http://inquietudesespiritas.blogspot.com.ar/2015/05/la-fe-y-la-caridad-en-los-tiempos.html


AMOR FRATERNAL